Si me quedo sola por no dar el paso, por no saltar…
Salir del abismo tiene sus consecuencias, salir del vacío te abre huecos nuevos.
Y puede que esta libreta se quede sola, porque el formato no es el adecuado. Y el tiempo. El tiempo no es tiempo si estás ocupado. La vida se acorta. Aunque la vida es siempre corta, porque está llena de huecos.
Y no.
Quizá la liberta no se quede vacía, porque lo que hay que vaciar es la estúpida necesidad de llenar algo, dejar algo.
Entonces puede que yo nunca termine de vaciarme, porque quizá el tiempo no me alcance para alcanzar a mi pensamiento y hablar, o escribir, o saltar y dar el gran paso hacia un vacío lleno de necesidades.
Si todos tenemos un vicio, un estanco de perdiciones,
una moneda al aire de valor ficticio… como el cacao.
Al menos nada, si nada existe y todo es irreal.
¿Qué pureza entonces?
¿Qué puta y redentora pureza?
¿Cuántos pecados a confesar?
Si todo es una moneda al aire que compra vicios,
que vende desquicios.
Y sólo te calma el cacao… otro vicio.
Qué maldita pureza veo en tus ojos, en tus labios,
en tu cabello color del cacao, marchito y sediento.
Qué pureza en tu alma y la mía, vacías de costilla a costilla.
Y me relleno la pureza en una taza oscura,
oscura como mis cuentas pendientes conmigo,
contigo,
con una pureza con la que no he nacido.
Porque ya era oscuro entonces,
antes incluso de mí, de la tierra.
Qué pureza queda si hasta el cacao me recuerda a ti,
al vicio de ti,
a mi impureza de ti…
Luchas en contraste y plena oposición de las virtudes cosechadas. Defectos que no se van. Tres kilos de ropa por lavar. No hay espacios… Rebeldía adolescente pendiente aún de salir.
(Y todavía no me gusta la autoridad impositva.) Commi por instinto, anacrónica por vocación, olvidada por descuido, creciendo por resignación.
27 pensamientos inclasificados e inconclusos. 27 generaciones de reflexiones sin vértebras ni principios. 27 mudanzas de alma, vida y corazón. 1 sola persona. 1 sola especie. 1 sola nada sin trascendencia. El infinito cigarrillo de la vida, la intransigente y despojada juventud, la renuente insatisfacción de las escaleras que suben (o bajan), filtros de cartón. 27 hojas de papel mojado para una primavera temporalmente eterna e indecisa. Impredicción. Introspección. Infructosidad y reducción. 27 teoremas sin resolución.
En una de las fases de mi proceso de re-armado, en el proceso post-corte de pelo, comencé a fijarme en mi sombra. Me gustaba como mi cabello saltaba libremente por ecima de mis hombros, intentando tocarles, con cada paso que yo daba sobre la acera de la calle Urgell, subiendo hacia Gran Vía. Me gustaba ver la sombra de las 4 de la tarde… Y por las mañanas… Esas mañanas de invierno decadente y pre-primaveral. Yo misma dibujaba mi silueta en la calle, frente a mí misma y me gustaba verla sobre todo cuando iba a la Biblioteca del barrio. Me gustaba la Biblioteca. Me gusta. Mi cabello seguramente daba más saltos cuando iba allí.
La primavera me trajo todo un torbellino de sombras, graffiteó conmigo en spray negro mis paredes, mis suelos, la acera, el pavimento… La sombra me definía, me estilizaba, me encerraba en algo que yo estaba entonces contruyendo. Yo no tuve un lienzo en blanco, tuve un lienzo en negro. Y a partir de ahí vinieron luego los cristales y los reflejos en esos cristales que me devolvieron poco a poco la alegría del color (aunque en marzo los tonos aún eran oscuros en la chaqueta, bufanda y gorrito bajo las lluvias de primavera).
El verano prometía color y lo cumplió. El sol ha llegado a todas partes. Las sombras se hacen obvias pero se pierden entre la gente, se mezclan con todos y con todo se emborrachan de sí mismas. Ha explotado la revolucion de las sombras, todas construyendo una, la más grande, la supersombra que nos consume.
Me he construido a partir de mi sombra, la más coqueta, la mas ingenua, la de la primavera, la reluciente y exquisita primavera, pero sobre todo en la del invierno. Con ese sol que es escaso y refulgente, blanco, blanco, blanco, sobre azul cortante, fino, exacto. El sol del invierno es exacto, filoso como un cuchillo, preciso como un compás y punzante como una inyección.
Yo confío en mi sombra. La sombra es un espejo (pero sobre todo, vivo reflejo).
El viernes se ha echo fama. Es un día de un cansancio delicioso cuya magia proviene de ser el último día de trabajo/escuela (para la mayoría). El Friday I’m in love de Robert Smith es también la explicación a la promesa de un último y libre derroche de energía.
Sí. Pero cuando un viernes es igual a un sábado, a un domingo o a un miércoles, la cosa cambia. Los 1,4 millones de desempleados en Españapodrán estar de acuerdo conmigo. El viernes existe en una idea, mas no en la realidad.
Así que cuando tienes la suerte de encontrar un trabajo (y en estos tiempos encontrar trabajo no sólo es suerte sino una cuestión casi místico-milagrosa), no pasa desapercibida la emoción de los viernes (o de los miércoles o jueves, dependiendo de qué tipo de fin de semana te dé tu empleo).
Desde hace varias semanas que para mí los jueves significan levantarme (no sin resistencia), sabiendo que gracias-a-dios mañana es viernes y se acabó.
Es contradictorio…cuando tienes la libertad te pesa, cuando no, la ansías.
No sufras, trabaja
Tengo una teoría: El trabajo es medicina o placebo, pero igualmente una droga psicológica que nos ayuda a vivir con nosotros mismos, a sobrevivirnos; de hecho creo que es la máxima droga. Mi experiencia (y lo que me ha enseñado la experiencia de muchos de los que me rodean) es que si tuviéramos 24 horas para nosotros mismos y la satisfacción de nuestras necesidades básicas, pasaríamos mucho más tiempo pensando. Tanta paranoia nos produciría una insanidad mental bastante dolorosa dada por la confusión mental.
De algún modo, el ser humano ha tenido que mantenerse ocupado para no pensar. Quizá por el miedo a descubrir la verdad sobre su existencia. Creemos que aquél que piensa demasiado es el que inventa cosas, descubre la cura del cáncer, Bill Gates, Einstein. Inventar no es lo mismo que pensar, aunque sean labores hermanas.
Sin caña pero con pescado
Erróneamente se cree que el trabajo satisface una necesidad básica: la de comer. El trabajo nos hace ganar dinero, pero con el trabajo no conseguimos el alimento. Si la naturaleza nos da el alimento directamente, ¿por qué tenemos intermediarios?
Yo misma me encuentro actualmente trabajando para un intermediario, contestando llamadas, organizando papeles. Tener un horario de oficina y llevarme el tupperware con la comida, hacer la pausa para el cigarrillo y escuchar las quejas de mis colegas sobre el jefe, el sueldo y la falta de papel de baño, se han sumado a mi lista de por qués. ¿Por qué habría yo de cobrarle una comisión a una persona que no puede por sí misma encontrar una escuela en Inglaterra para hacer un curso de inglés?
El debate se abre con los siguientes puntos: los intermediarios son empresas que dan empleo a la gente para que pueda comer; un intermediario valoriza su conocimiento y sus capacidades y puede vivir de ellos, entre otros.
El sistema actual que el hombre se ha inventado y en el que vivimos cansa el cuerpo y entume la mente. El viernes queda uno tan cansado que el siguiente paso es tomarse una cerveza y no pensar, meterse al gimnasio y no pensar, tirarse al sol y no pensar, bailar y no pensar, amar y no pensar. Y el siguiente lunes, otra vez a la dulce rutina de ganarse el pan con el sudor de la frente. “Ganarse el pan”… como si fuera un premio y no un derecho natural.
Hay un dicho que dice: “Enseña a pescar, no des el pescado”. La legitimación del trabajo se ha dado desde hace mucho tiempo al grado de que no concebimos una vida sin un desarrollo laboral que conlleve al desarrollo biológico (ya sin entrar en temas de la realización personal). Pero realmente nadie, o casi nadie, está aprendiendo a pescar.
· Apéndice ·
Es muy chistoso, yo a veces me siento un poco así*:
¿Quién dijo aquello que el arte imita a la vida y la vida imita a la televisión?
* The Office, una serie original de Ricky Gervais y Stephen Merchant.
Imáginate que vas a comprarte un coche y para ello tienes una cantidad ajustada de dinero. Cuando le anuncias al vendedor dicho monto, él saca una sierra gigante y parte un auto por la mitad porque sólo para eso te alcanza.
La publicidad siempre está tratando de hacernos creer que pagamos menos de lo que en realidad vale algo. El cliente de ese anuncio publicitario (el de la sierra gigante) al final obtiene un coche entero por la misma cantidad. Claro, de la marca que ha pagado el anuncio.
Los críticos de nuestro tiempo coinciden en el punto en el que afirman que sobrevaloramos el dinero. Por mi parte, reflexiono que en realidad se ha producido hasta hoy un efecto de no percepción del valor de las cosas (tangibles e intangibles). Al contrario, no estamos valorando el dinero, sino los billetes y las monedas y su subsecuente acumulación.
Si hubiera una valorización del dinero no nos supondría ningún esfuerzo pagar lo justo por artículos que percibimos como “caros”; por ejemplo, una prenda fabricada con materiales reciclados/bles, ecológicos y sostenibles (para usar esta popular palabra), y que no está hecha por niños explotados de algún país de esa parte del mundo que aún está “en vías de desarrollo”. De lo contrario, estaríamos equiparando el VALOR REAL de esta prenda con el valor de los billetes que desembolsamos por ella.
Para seguir con el ejemplo, una pieza de vestir producida en condiciones insalubres, infrahumanas, donde los obreros son tratados como máquinas y no como personas tiene un precio bajo a diferencia de su valor. Debería tenerlo si consideramos que no estamos pagando por la prenda, sino por la vida del trabajador que la fabrica. Lo altamente decepcionante es que la vida humana no está valorada, únicamente lo material, y un pequeño porcentaje de la mano de obra (hasta que logremos que ésta desaparezca gracias a la tecnología).
Confieso que yo no soy de las que cree que el ser humano es lo más importante en este planeta. De hecho, tuve mis diferencias y posterior quiebre con el grupo barcelonés del Movimiento Humanista porque estoy en total desacuerdo con su idea base. No obstante, creo en el equilibrio (dentro del desequilibrio que supone el ser humano), y creo en la justa repartición de los recursos entre las personas.
Al menos en la televisión española, ya hace un tiempo que veo anuncios publicitarios donde las marcas como Pascual (que produce leche) te informa que lo que estás pagando también es por un servicio que tiene un valor importante (la pasteurización, distribución, manutención del ganado, el diseño del empaque, las condiciones de éste, etc.). El detergente Ariel lo hace también. En épocas de crisis, cuando tanto Ariel y Pascual tienen como fuertes competidores a las “marcas blancas” (o “marcas propias”), tienen que revelar el valor real de su producto.
¿Podría esto abrirnos una nueva perspectiva del valor de las cosas?
Hay una buena cantidad de personas que sólo visten “de marca”, y hay otras tantas que las han condenado por la superficialidad que les han dicho que representan ellas y el gasto que conllevan. Pero, ¿qué hay más allá de la marca per se? Hay quediferenciar la palabra precio de la palabra valor (y prescindir ya de esas poses/etiquetas de neo-hippie o ultra-yuppie). Porque precio y valor son dos cosas diferentes, con consecuencias humanas y ecológicas completamente distintas. Hay mucha diferencia no monetaria de la cual no estamos del todo concientes, en comprar camisetas de dos euros en comparación de una de doce o de cincuenta (muy independientemente de la marca y la etiqueta).
Y sin embargo, muy pocas personas tienen el poder adquisitivo para cuidar el ambiente cuando visten. Hay procesos que por lo pronto son irreversibles, pero eso no está peleado con ser conscientes de la realidad en la que vivimos. Digamos que no soy Humanista, soy Concientista. Si es que eso existe…
Yo, por lo pronto, lo confieso: no lavo mi ropa con Ariel…
Un día vino A. Molins a preguntarme lo siguiente: “¿Tú eres de raza negra?”. No recuerdo si ese mismo día o unos antes nos habían dicho que existen tres razas de humanos en el mundo: negra, blanca y amarilla. Supongo el asombro de Molins al voltear a su alrededor y descubrir que entre las muchas personas blancas que había, se encontraban algunas café-con-leche, y otras tantas más bien tirando a ron-con-coca. Y si sólo había tres razas…
Yo, como Molins, no me reconocí en el blanco. Ella me metió en el chocolate para desconcierto de mi madre, quien sutilmente se lo tomó como un insulto discriminatorio y me pidió que no me sintiera mal. Yo seguía sin entender; ni siquiera cuando hice dibujito tras dibujito de unos muñequitos antropomórficos negro-noche, blanco-papel y amarillo-sol, aunque nunca hubiera visto a nadie tan blanco, tan negro o tan amarillo.
Tras el desconcierto inicial, no sólo frente al espejo, sino también frente a la decisión de si Molins me había insultado o no, me pregunté quién se había inventado esta excluyente clasificación y por qué. Pero como se suponía que yo debía sentime ofendida, nunca pedí explicaciones. Ahora no sé si allá por el año 88 únicamente en aquella primaria de ultraderecha católica enseñaban que los color tierra no tenemos clasificación o era algún hueco bajoautoestimesco en el sistema educativo mexicano. Y me pregunto por qué, si somos bastantes, no teníamos una clasificación superior en el catálogo mundial de tinturas. Ya no sólo me refiero a los latinoamericanos, sino también a los de India, Bangladesh, Irán, Turquía y/o Paquistán, por mencionar sólo unos cuantos.
Octavio Paznos presentó con todas sus letras esa verdad irrefutable de que en la actualidad (incluso en nuestra actualidad) el pueblo mexicano vive con el conocimiento (sub)conciente de que ha surgido de una violación. Aún los que visiblemente no parecen los hijos bastardos de una etnia superior siempre lo reflejan en algo porque, como todos, tienen la cabeza agachada y buscan encontrarse en un reflejo mucho más claro de sí mismos; y cuando miran hacia arriba, siempre encuentran un blanco que les ciega.
Piotr y Ale antes del verano... ni negro ni blanco.
Si alguien allí afuera tiene hijos, sobrinos o amigos en alguna primaria mexicana, pregúntenles por favor si les han enseñado cuántas y cuáles razas existen en el mundo. Espero que de 1988 a la fecha hallamos logrado entrar en la paleta dermatológica del sistema. Y si no, díganle la verdad a las Molins y a las Ales del mundo… y repítanselo a ustedes mismos.
Dicen que los mejores amigos que haces en la vida son los del bachillerato, que los demás son colegas, relaciones laborales, contactos. ¿Es que en la adolescencia nos abrimos tanto que reforzamos a golpes nuestras relaciones sociales? ¿Entre más adultos nos hacemos, nos volvemos más reservados, paranoicos y precavidos? Si actualmente somos tan celosos de nuestra privacidad, ¿dónde está el límite entre ser el dueño de mi vida y único controlador de mi destino, y ser una hoja tan en blanco, tan nula y tan vacía que se adapta a todos y todo renunciando siempre a lo anterior y por ende a sí mismo?
El miedo marca el límite personal, la barrera, (el escudo AT). Pero al ser un zóon politikon, ¿cómo encontramos el balance si ya no confiamos ni en nuestra sombra?
¿Hasta qué punto están dispuestos los individuos a modificar su rutina diaria por influencia de un agente externo (aka alguien a quien apenas conoce)? ¿Cuán ajustadas y estrictas son las agendas individuales que permiten la entrada a nuevas experiencias, nuevas aventuras, nuevas decepciones y malos ratos en nuevas compañías?
Ilustremos el caso: Yo conozco a alguien, poco, qué sé yo, por amigos en común, en una fiesta, en una clase de francés, hay buen rollo, química personal (que no sexual), ¿cuándo sé que puedo tomarme la libertad de pedirle ayuda en un momento de crisis? O no nos pongamos tan dramáticos, ¿cómo sé que es el momento de invitarle por un helado dominguero?
Y poniéndonos del otro lado, ¿cuándo es esto un abuso de confianza? ¿Cómo distingo si estoy yo rendid@ a mis propios complejos e inseguridades que la idea de que alguien me saque de mi rutina diaria me parece una perturbación grosera?
Me pregunto si es de verdad tan bueno para el enriquecimiento vivencial el hecho de crear campos tan delimitados y seguros. ¿Por qué habría yo de querer un strawberry fields forever perfectamente enmarcado para mí sol@ cuando puedo irme a recorrer el campo abierto de la mano de alguien nuevo y diferente?
Según las reglas de las buenas costumbres, ¿cómo funciona esto de “Tu libertad termina donde empieza la del otro”? ¿Cuándo es “educado” invitar a alguien por un helado? ¿Cuándo y cómo sé que si estoy llorando a las 3 de la mañana puedo llamarle a Persona X sin que ésta no vuelva a cogerme el teléfono nunca más porque le asustó toda mi basura interna? Yo tengo un montón de basura, kilos de mierda. Igual que Persona X, igual que todos. ¿Entonces? (Puede ser que X no sea un antipátic@ egoísta, sino simplemente no puede ni consigo mismo. Sí, lo acepto. ¿Pero por qué Persona X no acepta la ayuda de alguien más para salir de su hoyo? Vuelta a empezar…)
¿Por qué la gente se asusta si los invitas a una travesía? ¿Por qué piensan que tienes un interés escondido, que sólo te l@s quieres follar, que estás enamorad@, que estás planeando utilizarle?
¿Tenemos tanto miedo a que nos lastimen? ¿O es que simplemente nos volvemos mucho más exigentes con quienes dejamos entrar?
Yo me pierdo. ¿Hay parámetros? Yo tengo los míos, que no son ley ni regla. Y tú, ¿hasta dónde te dejas tú tocar? ¿cuándo?
· Apéndice ·
Quédate en tu huerto de 30 m2. Yo me voy a ver el mundo… y a comer helado en la playa.
Paz es una palabra contundente. Pero cuando la he escuchado en catalán (pau) me ha sonado inservible, superficial. Ya, ya… no me lapiden los defensores de la lengua catalana. Paz para mí, es más que una palabra que describe algo; es toda una noción tatuada en la raíz de mi cabeza como una obligación utópica, una responsabilidad cívica. No, paz no es una palabra… Es un concepto redondo, con un sonido que se provoca a sí mismo y se traduce en sensaciones (in)estables. La paz es una idea, un sueño, un estado, un todo, el final de los finales, y siendo así, para mí, paz termina en la Z.
Universo en expansión: Desde el centro de la burla hasta la fama perpetua. Las moléculas de aire se empujan y la fricción entre ellas crea un ambiente cálido y cómodo. Las moléculas se sienten libres; libres pero acompañadas porque hay algo que los une: el conocimiento del centro, el recuerdo constante de ese hecho íntimo que originó la gran bola pesada y etérea a la vez. La masa que aplastó su propia cuna y vive de la aceleración constante de energía y de la fama perpetua de su victima.