En la película The Stranger, el personaje de Orson Welles camina por la calle, preocupado. Le han localizado. Su nueva vida como profesor en el pequeño pueblo de Connecticut, se ve amenazada. Un grupo de unos de adolescentes, alumnos suyos, le interrumpen el paseo para invitarle al bosque a una especie de juego del escondite. Están comentándole la dinámica cuando pasa detrás de ellos, en segundo plano, una chica rubia. Podría ser una de sus compañeras de escuela. Se le ve apenas dos segundos, pero todos, excepto Welles, que está ensimismado en su problema, se giran para mirarla. Le silban, le dicen algunos piropos. Luego, continúan con su charla con el profesor. Termina la escena.

La película es del año 1946. Premeditadamente, el guionista y/o el director (Welles mismo, por supuesto) han considerado necesaria esa pausa en la escena para lo que hoy llamaríamos “acoso callejero”.

2018. Salgo a comprar el pan por la mañana. La panadería está a calle y media de mi edificio. Estoy volviendo. Un hombre de unos cuarentaytantos camina en la acera de enfrente en dirección contraria a la mía. ¿Cuánto tiempo podremos habernos visto? ¿Dos, cinco segundos? Pues ese escaso tiempo le es suficiente para gritarme: “¡buenos días!”.

Le miro pensando si acaso es un vecino al que conozco. En mi barrio la gente es muy amable, muy educada. Me grita otro “buenos días” mientras sigue caminando, aún en la acera de enfrente, en dirección mía. No, me aseguro, no le conozco. Así que no le contesto. Quizá pille la indirecta: no me hables. Cuando ya está enfrente mío, me vuelve a gritar su insistente “buenos días”. Son las nueve de la mañana. ¿Tan temprano tengo que aguantar estas cosas? No voy ni totalmente despierta. Me levanto las gafas de sol para verle mejor. “¿Qué quieres?”, le digo, evidentemente hosca y hostil. “¿Quieres tomar un café conmigo?”.

¿Qué? ¿De verdad?

Me molesto. Evidentemente, me molesta. Me molesta el desparpajo y la sonrisa ingenua con la que me invita un café. Me molesta tres veces más la invitación que su saludo tres veces ignorado. Le digo: “¿De verdad vas a acosarme por la calle?”. Igual no era la respuesta indicada, pero si a él le sale de los huevos invitarme a un café, a mí me sale de los ovarios llamarle acosador. Entonces, el hombre se disculpa. “No quería molestarte”, dice. Yo no vuelvo a verlo, sigo mi camino. Nos ha oído una señora que camina por la acera también, pero no dice nada. Vuelvo a casa enfadada. Son las putas nueve de la mañana y ya me peleado con un desconocido por la calle. Pero no, no puedo pasar de largo eso. Y no, no me parece una situación para llevarla a tribunales. Y sí, él tal vez es un pésimo ligador, un idiota social, un paria del coqueteo. Seguramente es un malfollado (¿qué persona bienfollada tiene necesidad de invitarle un café a una desconocida que le ha evitado?). No, no quería molestarme, dijo; pero lo ha conseguido. Si no quería molestarme, ¿para qué se esfuerza en llamar mi atención? Esto es 2018. Hasta el menos letrado ve la televisión y se da cuenta de que los tiempos han cambiado. No puedes, no debes ir gritándole a una mujer por la calle. No estamos en 1946.

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