ENREDADERA

Esta es la segunda (o tercera) versión de este texto poético. Lo estoy adaptando al contenido de una novela que estoy escribiendo. Me gusta cuando escribo cosas sobre mí que pueden también describir lo que sienten mis personajes…  

ENREDADERA

Hay algo en el sonido de las flores que no nos atrevemos a descubrir.
Hay algo en el aullido del lobo,
cuando no hay luna que nos proteja,
que deseamos no descifrar.
Aúllo desde las cenizas de un cigarrillo interminado
el miedo que siento en las noches sin estrellas.
¿Por qué no podemos parar?
Te pido, amigo, que me hagas un espacio en el fondo del abismo
donde nadie pueda encontrarme,
en donde nadie pueda escribir acertijos en las palmas de mis manos.

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DINERO OCUPADO

ROJO

Dicen que dinero llama a dinero
¿No sería mejor que pobreza llamara a dinero?
Así los que tienen compartirían con los que no
y borrararíamos ghettos y desencuentros.

Dicen que dinero llama a dinero
Por eso pierdo conocidos
y a diario posibles amigos.
El amor se mide con mi déficit bancario
El cariño tiene más ceros que un calendario.

Rojos son los valores
rojos los corazones del día del amor
rojos son los cheques
y rojas las puestas del sol
intercambiamos los números de teléfono
sólo si son Iphones los dos.

Dicen que dinero llama a dinero
pero a mí siempre me da ocupado
no hay tono de marcación,
tengo el número equivocado
Dinero, me llamas
y yo que desactivé el buzón.

TODOS DE PIE

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Quien me conoce bien sabe que no soy muy buen sobrellevando la incertidumbre. Sabe que, a pesar de que la capacidad de improvisación es una de mis habilidades más trabajadas (en mucho gracias a los años que pasé trabajando como locutora de radio), me provoca ansiedad no tener suelo firme al cual volver en uno de esos tantos paseos mentales a los que soy tan adicta.

Hace una semana me enteré de que me quedaré en paro. Otra vez. Se acaba la temporada estival y el ascenso que empecé a tener este 2013 en asuntos laborales vuelve a truncarse en otoño. No culpo a nadie. Mi jefa mira con tristeza un calendario prácticamente vacío de actividades para la empresa a la que le ha dedicado prácticamente la mitad de su vida. Es una guerrera que le tiene demasiadas ganas a la vida como para dejarse vencer por una crisis como ésta. Pero 2013 ha sido su año de descenso, y ahora, al parecer, tendrá que librar las siguientes batallas ella sola. Nos deja ir a prácticamente todos sus soldados.

Frustración. No es el mejor trabajo que he tenido en la vida. Creo que después de la radio no habrá un trabajo en el que me sienta más plena. El sitio tampoco es óptimo. Me he perdido la llegada y el clímax del verano metida en un búnker del barrio gótico, donde lo más luminoso son las caras de los turistas nórdicos a los que les entrego las llaves de sus gloriosos pisos en sunny Barcelona beer and tapas modernist capital. Soy buena con la gente, y hasta al más gilipollas le respondo con una spanish smile, les enseño a diferenciar entre “hola” y “adiós” a los italianos, y recibo los suspiros de los franceses cuando les digo Oui, je parle français.

Y también me voy. Al paro. Porque a partir de octubre no habrá guiris, ni sol, ni sangría en las terrazas. No habrá rublos rodando por nuestras calles, ni yenes, ni dirhams, ni dólares canadienses. No habrá euros alemanes, ni franceses, y tampoco habrá euros españoles en mis bolsillos.

Me pongo de pie y saludo a la incertidumbre. Me reiré de las cifras del paro, de cómo se engrosan y se atascan de ceros los números de los que volveremos a hacer cola en el INEM (o en el SEPE, que acá se llama SEPE), y no habrá playa que nos espere al salir de la jornada laboral. Me pondré de pie, moveré las piernas. El trabajo de oficina me está matando la espalda, el reflejo del ordenador los ojos, el duro y anacrónico teclado las articulaciones de los dedos. Y supongo que retomaré con la energía que ahorré estas no-vacaciones los proyectos míos que en verdad me emocionan y por los que pagaría para que me pagasen por ellos. En septiembre vuelve el Prostíbulo Poético, volveré a teclear las letras mi vieja Mac con nostálgica alegría, y volveré a la asquerosa rutina de enviar currículums al vacío, a la nada, a preguntar a oídos sordos si hay algo en lo que pueda ayudar, ya no por dinero, sino para no aburrirme, para no pensar que no hay nada al frente salvo un lienzo en blanco en el cual -otra vez- volver a volcarme. Y a comenzar de nuevo en otro trabajo de obrero del nuevo milenio: la interminable búsqueda intermitente.

VERANO 2013

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El verano es un limón que hay que exprimir y exprimir hasta que el utimo gajo minúsculo y deshidratado se pegue entre los dedos de las manos, diciéndonos que no, que no va a alcanzar la limonada, que el limón es amargo. Los veranos antes eran pegajosos pero mojados. Eran 40 grados a la sombra o a las 3 de la mañana, bikini y agua, gas y hielos en el balcón. Porrito, y a la cama, una cama imposible porque parecía una sopa. Si no fuera porque nos amábamos hubieran dado asco las sábanas; tenían demasiados restos de piel y agua de apenas hacía 12 horas. Habíamos desayunado y cenado juntos, y también nos habíamos quedado en casa. Las cerezas siempre estaba recién salidas de la nevera, ahí estaban mejor ellas y nosotros, casi desnudos frente al congelador. Tres hielos para el agua, raspado de limón.  Dormíamos en el sofá, viendo series de televisión dobladas a un castellano de risa porque no encontrábamos la versión original con subtítulos. Había alguien que no hablaba inglés. En el salón corría más el aire y nos invitaba al festival de música de los vecinos y del barrio, y de la ciudad entera, desde el monte Carmelo hasta donde el mar se convierte un momento en río. La utopía es aquel verano en el que cogíamos la bici y bajábamos hasta el Port Vell y cruzábamos la ciudad por su orilla más caliente. Llegábamos sudorosos y apestados a Marbella, a Cala Estreta o a donde fuera, lamiendo el sudor reciente y el de la noche anterior, haciendo caso omiso a la sal. La utopía era tirarse en pelotas en la Waikiki, en Menorca o si no, incluso en la misma Marbella, con su arena de ceniza y sus millones de turistas. Esa utopía era la nuestra, la que nos habiamos sacado de la manga cuando guardamos el jersey en la maleta y arrivederci, hasta el invierno siguiente. Éramos amigos y amantes y novios y compañeros de piso y confidentes secundarios. Lo éramos todo y lo teníamos todo. Podíamos hacer cualquier cosa si estábamos juntos,  y cuando estábamos separados, eramos un sólo dios en el panteón mediterráneo. Todo eso, junto con los kilos de arena que nos trajimos de la playa entre el cabello, la tonelada de lechuga que adornó las ensaladas y los litros de tónica en botellas de plástico, parecen hoy es un esfuerzo comercial. 2013 crece y vuelve a llegar la temporada estival. Llega gris, nubosa, inestable. Hablo de la tierra, pero el cielo tampoco no nos ha ayudado, y África y sus olas de calor, nos han dado la espalda. A veces me pregunto si en otros sitios también es así. Si allá, en Laos y Camboya, en el verano eterno, también les habrá dado la espalda el sol. O sólo es a nosotros que tan mal nos hemos portado. Pareciera el final de una profecía. Un castigo que está siendo agotador pero sin placer, sofocante pero sin calor, polvoriento, sucio, desgastado y marchito, pero sin resurrección. Ahora corremos, no caminamos. Cogemos la bici para no pagar más. Vamos a Ocata porque Marbella se ha suicidado. La música en vivo se está volviendo pecado, la playa… recatada, el parque… plástico, el placer, delito. ¿En qué momento el placer se hizo criminal? ¿Por qué alguien querría deprimir al triste y poner a dieta al hambriento? ¿Por qué quedarme aquí, en tierra de canibales? ¿En donde el amor se está volviendo un bien escaso y el miedo está al alza? O me vuelvo un cangrejo o me convierto en tiburón… El verano es un cigarro cuyo cenicero es un pulmón. Respira. No es humedad. Es sequía. Y hace calor, sí; pero ya no hay balcón, ni hielo en la nevera, no hay cerveza, no hay cerezas, no hay limonada. Siempre habrán Laos y Camboya, el sur de América y Nueva Zelanda, habrá utopía cuando volvamos a ponernos de acuerdo y quedemos para disfrutar del sol sin pensar siquiera en el ventilador. Cuando no nos importe envejecer, ni morir, y cambiaríamos nuestro reino por vivir en el agua, cuando volvamos a amarnos, a encontrarnos cómodos en la misma temperatura, y volvamos a ser amigos, y amantes, y confidentes enamorados, cómplices y hermanos. Tal vez entonces vuelvan el sol y la música, podamos fumar sin desconfianza, comprar cervezas de lata y bailar en mi habitación con las ventanas abiertas.

INMORTALIDAD Y TRASCENDENCIA

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Somos el presente, el pasado y la posibilidad del futuro.

La vida es mutable pero no deja de ser nuestra. El futuro también. “Ser” es un concepto atemporal, pero no sabemos controlar esa atemporalidad. Por eso buscamos la vida eterna y la trascendencia. Esa inmortalidad puede ser sólo materia, porque al fin y al cabo todo es materia o producido por la materia, y la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Somos inmortales porque somos moléculas.

Una vez que se comprende que la inmortalidad es meramente material, y que la trascendencia no depende sólo de ti, sino de una cantidad innumerable de factores externos, se separan conceptos de inmortalidad y trascendencia. Ésta última depende de la felicidad. El fin último es la felicidad. No se puede, y quizá ésta es la única certeza, cambiar el mundo como el todo que es. Cada quien puedes modificar el microuniverso del que es parte, y crear reacciones en cadena. Se pueden ralentizar los procesos ya en marcha, desde los ecológicos hasta los políticos. Se puede atrasar el momento de la autodestrucción con el aleteo de una mariposa o un sueño incomprensible.

La autodestrucción de la especie humana comenzó con lo que llamamos “aparición del homo sapiens”. Serlo involucra la autodestrucción misma, quizá no por instinto, porque el instinto es el de la supervivencia. Pero en el momento en el que el ser humano no tiene conciencia de “manada”, no se siente parte de nada (ni del cosmos, ni del planeta, ni de su especia), aparece la contradicción le hace boicotear su propia existencia. Así desde el principio de sus días.

El ser humano es incapaz de desarrollarse física, mental y espiritualmente a la par de su entorno. Su desarrollo va en retroceso, y cada vez es menos independiente. Su vida, trascendencia, felicidad, y subsistencia están ligadas totalmente a cuestiones materiales no renovables y prescindibles (máquinas, cremas, dinero), sin que logre racionalizar el autoboicot al que está sometido. Ha sido incapaz de generar un arraigo biológico a su tierra, al planeta y a sus cohabitantes. Ese desapego le provoca ansiedad e inseguridad, y por ende le vuelve violento. Le hace “dominar” tierras, cosas y a otros seres vivos. Le provoca una avaricia desmedida que tiene su raíz en el miedo a morir. Todo lo que la incertidumbre le genera es contrario a la adaptación que le llevaría a la verdadera trascendencia: el sentimiento de pertenencia.

MEDIOCRE

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Mediocre es:

1. Esperar que lo que son sólo migajas se conviertan mágicamente en una barra de pan.

2. Creer que aquel que se llevó a Suiza y a Uruguay el dinero de tus impuestos puede ayudarte a desenmascarar al líder que tú elegiste y que es el mismo que está permitiendo la venta de tus tierras, tu agua, tus recursos y tus libertades.

3. Seguir esperando que una huelga general, una acampada o una revolución de manos levantadas sea el útero donde crecerá el héroe nacional que te sacará de tu depresión.

4. Esconderte bajo el antifaz del cinismo porque te duele aceptar que la realidad es mucho más hermosa de lo que te hace creer la televisión. Negar que la música relaja, que la caricia del sol del verano es necesaria, y que tus vecinos pueden ser tus amigos.

5. Leer la Vice y sentirte irreverente.

6. Cobrar por una enseñanza inexistente sólo porque parece que sabes más, y darle al alumno un diez para que vuelva a matricularse el año que viene.

7. Cerrar el balcón con candados sólo porque alguna vez te entraron moscas en casa.

8. Negar que el amor existe porque es una reacción química del cerebro. Si es una reacción química, ¿no está científicamente comprobado que el amor es real?

9. Decir que te gusta el guacamole porque has comido la pasta verdosa que la marca Old El Paso llama guacamole.

10. Estar convencido de que Estados Unidos es un mejor país que aquél en donde naciste.

11. Creerte especial sólo porque alguien te elige a ti por sobre la televisión.

12. Creerte especial sólo porque alguien te elige a ti por sobre la literatura.

13. Hacer pasar tu hambre por arte, cambiarla por dinero, pero seguir sin comer.

14. Infravalorar la ingenuidad.

15. Tener miedo.