CUERDA

 corazon-atado

Cuerda es con lo que te ato a la silla
cuando quiero someterte,
cuando quiero que escuches el reclamo de los errores,
los tuyos, los míos, los que no tienen perdones.

Cuerda es con lo que me aseguro
de que no nos perdemos caminando entre tanta gente,
la serpiente de los mil pecados,
la línea divisoria entre tú y yo, la última frontera.

Cuerda es el arma de mi suicidio,
el collar que me pongo las noches de fiesta
para que no se note que soy una cualquiera,
para que todos crean que tengo un estatus, que soy una diva,
que estoy arriba de la cadena alimenticia.

Cuerda es lo que guardo bajo la almohada,
lo que sujeta las cuentas del rosario
con el que pido a una virgen que no existe que me cuide,
que me acoja bajo su manto.

Cuerda es con lo que subo muebles a mi apartamento nuevo,
el hilo umbilical con el que sigo unida a mi madre, a mi padre,
la enredadera que rodea mis piernas
las fibras de muerte que me hunden en la tierra.

Cuerda es lo que cortamos cuando inauguramos algo,
es con lo que enlazo tu regalo de cumpleaños.
El instrumento con el que te arrastro a la cárcel de mis tumores,
la firma indeleble de nuestro unión permanente.

Cuerda son mis venas
llenas de sangre y sacrificio.
Cuerda es con lo que me tú me salvas
cuando caigo al precipicio.

VEINTICUATRO HORAS

vintage_bike-wallpaper-3200x2400

Lunes. Ocho de la mañana. Saqué la bici del anclaje. Me tomó media hora llegar al trabajo. Respiré el aire e ignoré a los conductores estresados que intentaban ganarle al semáforo. La luz verde era para mí.

Me tomé un té mientras hacíamos la lluvia de ideas. Chai, con leche y de azúcar, nada. Compré la cajita la semana pasada y tuvo el éxito esperado. Todos en el estudio estaban encantados. Es oficial, beberemos chai cuando acabe el verano.

Salí temprano y decidí volver en bus. Me gusta trasladarme en autobús. Los cristales dan paso a la luz del sol y al aire. Tambalea tanto que casi nadie tiene el móvil al alcance. Se puso a hablar conmigo el señor que venía al lado. Me contó que hacía sesenta años que vivía en Barcelona, en el barrio vecino. “Antes, ahí, podías comprar pollo fresco. Y conejo”, me dijo señalando un altísimo edificio de viviendas sin techo.

Llegué a casa a las seis. Herví la pasta. Me hice la comida de mañana y estoy esperando a que se enfríe. Luego, la meteré al refrigerador. Barrí la tierra que ensució el patio tras la tormenta. Las paredes seguían blancas, eso sí. La tierra mojada, las flores brillantes. La vista era perfecta.

Son las ocho y me pongo a escribir. Quiero decir algo de ti y me doy cuenta de que no te echo de menos. Han pasado veinticuatro horas desde que nos alejamos. Y no, pienso, hoy no te extraño. Porque hoy estás conmigo. Porque mañana estarás aquí.

CÍRCULOS

CIRCULOS

De pie en los extremos del círculo. Mirando al frente. Nos movemos en curva de un punto a otro. En la circunferencia. Siempre pensando en el centro. El círculo de vueltas para que no nos encontremos. Para que nos abandonemos.

En el centro hay un pozo. Otro círculo. Negro. Como el de mis ojos. Un círculo en el que podría hundirme si me atreviera a desenterrar al muerto, a desahogar al que no respira, a mimar las caricias. Tu voz me pide lejana que lo reanime. Y yo miento, me hago pasar por occisa.

Nuestros pasos son cortos y precavidos, los de un par de cobardes heridos. De vida. Nos da envidia el que baila, el que saliva, el que salta de línea en línea. Te sugieres desde mi punta. Y dismulas. Las manos en los bolsillos, el labio encendido, un cuello frío de sudor esquivo. Y aparentas.

El círculo es una cuerda tensa bajo los pies. Si nos movemos, creemos que el mundo se puede caer. Pero es mentira. Hay vida después de la vida y el amor sólo lastima. Nos creemos inmortales, eternos, par de pedantes sin riesgo. Cobardes.

Nos movemos en círculos porque si no, nos veríamos la cara. Caeríamos en el negro, el de tus ojos, mis ojos, en el vacío. Descenderíamos al abismo, cuerda alrededor del cuello, sin sudor ni frío, ni líneas imaginarias, ni diámetros de distancia, ni responsabilidades inventadas.

No, no seremos inmortales. Y no, no habrá nada de qué presumir ni de qué jactarse. No habrá más que cadáveres. El tuyo y el mío, pendiendo, pendientes, al centro, flotando en el pozo. Muertos. De amor, sí. Pero eternamente muertos.

AHORA MISMO

Ahora mismo
tengo que asignarte
un tiempo y un espacio
un por qué
y un nombre.
Hacerlo me parece
limitar la eternidad,
describirla para
borrar con negligencia
lo mayúsculo y lo infinito.
Reducirla a verbo o sustantivo
es ponerle al fin su punto.
Y no quiero.
Por eso callo,
me escondo,
dejo que tú hables
mientras no dices nada.
Tampoco.
Imposibilitado también
para hablar de nosotros,
para guardarme en el capítulo de un libro,
este fragmento que debía ser novela,
un poema que debía ser canción.

MADRE DE MIS HIJOS

Le decías que no querías ser terapueuta pero él insistía y te contaba los problemas con su madre. Tú le escuchabas y al final, cansada del todo, terminabas por darle la respuesta que te negabas a darle.

Pero harta de que se muerda la cola el pez, de que se persiga a sí mismo una y otra vez, decides hablar, ya con la voz ronca, las cuerdas desgastadas y las ganas que se han ido por haber reventado.

Han estado hablando, y hablando, hasta les tres de la madrugada. Le dices lo que piensas y él se convierte en un niño. Srinca de un lado a otro y te dice gracias, gracias, gracias, me has devuelto la luz, me has traído la esperanza.

Y tú piensas que puede quedarse. Le dices que te haga el amor, que te tome, que eres suya. Porque te gusta verlo feliz y te excita que sonría. Estúpida. Te pone que sonría porque sabes que tú has provocado esa sonrisa.

(Y él, aún cansado y sudoroso, te dice gracias linda, me voy con mis amigos a buscar a la madre de mis hijos.)