Foto de El Español.

No tenía claro a dónde se va a llorar a un padre muerto. O a dónde me apetecía ir a llorar a mi padre el día del aniversario de su muerte. No sabía exactamente qué quería o qué necesitaba. Creía querer sentarme, ante un paisaje perfecto, a describir con exactitud el dolor y el desamparo. Quería que me abrazaran, pero a la vez, quería estar sola. Deseaba que el mundo girara alrededor de mi pena. Ansiaba brindar por él hasta caerme, borracha y destruida, en una cama honda, hondísima, como si resbalara por la garganta interminable de una jirafa sin dientes. Descender buscaba, hundirme toda en el mar. Yo sola y el recuerdo de mi padre.

Pero era domingo.

Y el domingo la gente come helados y va a la playa.

Hay demasiada gente en la playa. Los que van allí en domingo escuchan música, están contentos, sonríen. Nadie te habla si te ven llorar. Simulan ver mar en las gotas que resbalan por tu cara. A veces, eso es mejor. Que se giren. Entonces ya puedes escuchar cómo se atora el piropo vulgar del pervertido de turno entre sus dientes. Cómo el comentario, esa bola de masa pegajosa, sandwich de pan Bimbo viejo y húmedo, se le pega al paladar y a la garganta, obstruyendo el aire y las palabras. Así con todos los que quisieran meterse contigo: la señora del carrito y los seis hijos, el abuelete cascarrabias, el adolescente impertinente, la camarera amargada. Nadie dice nada y es porque te ven llorar.

Todos hemos sentido una tristeza tan inevitable que nos vemos obligados a sacarla a pasear con nosotros a la calle. Y cruzamos con ella las avenidas y los parques. Las lágrimas en voz alta son un signo inequívoco del “Déjame en paz, hoy no puedo ni conmigo”. Ante eso, mejor callar. Hasta los pervertidos de la calle respetan el día de la orfandad.

Era domingo el día de la orfandad este año. Yo quería caminar por el banco de arena que me dijo una amiga que hay en Montgat. Llegar lo más lejos de la orilla posible sin que el agua me llegara al cuello. Y una vez al borde del abismo azul, cuando el camino lo decidiese, sumergirme. Escuchar desde abajo cómo estallan las olas en la arena, allá, lejos. Dejar que sus sabias palabras de mar lavaran el paso furioso de la locomotora de mis pensamientos. El viaje sólo tiene un destino: la muerte. Yo quería hundirme, lento, en una playa silenciosa, de esas a donde van los ancianos y los solitarios, a escuchar las olas atentos y acongojados, como en la visita a una tarotista. O a un psiquiatra.

Quería.

Pero era domingo.

Y los domingos salen de sus guaridas los reggeatoneros, los bachateros, los de la mákina, los fantasmas blancos del chill out, el carnaval rumbero y flamenquito. Los domingos nadie le habla al mar, pero tampoco le escuchan. El mar calla. El mar es la puta a la que azotan, mean y ensucian. El mar deja que le grites, lo mancilles, lo poseas por el culo y con dolor. La puta calla porque tú has pagado. Yo no había pagado. Yo no quería follarme al mar, tan sólo quería que enjugara mis lágrimas, darme toda a él, ofrecerle mi cuerpo apaleado por la pena.

Pero era domingo.

Aún así, fui a la playa. A ver todas aquellas sombrillas de colores conquistar la arena de Barcelona. Y mientras bajaba en bicicleta desde el Guinardó, pensé que quizá era mejor ir a misa en la iglesia de mi barrio. La parroquia de Sant Pacià tiene un mosaico firmado por un joven Gaudí, una buena excusa para entrar en ese templo que nunca he visitado y que no me interesa visitar. Mi padre había admirado la obra de Gaudí. ¿Por qué no? Encima, había una misa a las ocho de la tarde, que coincidía con las trece horas de México, la misma hora en la que mis parientes más cercanos irían a misa a cumplir con el día de la orfandad.

Me pareció cosa del destino, un acto casi psicomágico, escuchar el Evangelio a la misma hora que mi madre y mi hermana. Pero era domingo. Y el domingo las misas son cotidianas, ordinarias. A no ser que pagues y mencionen el nombre de tu padre muerto junto con el de los otros muertos cuyas familias también han dado dinero por poner sus nombres en el guión de ese ritual repetido semanalmente sin que se diferencie de nada. El domingo es un día vulgar hasta para la iglesia católica. El domingo nada te perturbará, es el día de descanso, el día del señor. Ese señor es mi padre y mi padre esta muerto.

¿Por qué, papá, tenías que morirte por segunda vez en domingo? Nadie necesita una huérfana desconsolada en domingo. ¿Por qué mejor no morirte este año en lunes? En lunes la gente está deprimida, fastidiada y triste. Los lunes son odiosos, detestables, insoportables. Aún cuando es agosto y estás de vacaciones, los lunes abren las puertas a obligaciones: comprar la comida de la semana, hacer gestiones en el banco, pedir cita con el dentista o el gastroenterólogo. El lunes te incita a trabajar, a producir, a cumplir con responsabilidades de las que, en domingo, te puedes olvidar. Y no deseas hacerlo, pero es el deber. Tiempo es dinero y dinero es sinónimo de éxito y satisfacción. Hay que aprovechar los lunes para avanzar en el camino del éxito. Aunque cause todo el estrés del universo.

Nadie quiere levantarse de la cama un lunes. Todo lo contrario del domingo, en el que te levantas porque el placer aguarda. Y el placer no tiene prisa. En domingo se puede desayunar durante tres horas: fruta, panquecas, huevos, menudo, jugos de colores, dos o tres cafés, cereales y yogur. En lunes te tomas un café horrendo, de pie y corriendo porque tienes que ir a trabajar. Caras hastiadas, letargo, la
decepción de la vida, el trancazo de los deseos malogrados, coito interrumpido, un mosquito que te arrebata el sueño, minutos que se sienten como horas, hambre, calambre y náusea. Así tenía que ser el día de la orfandad este año: incómodo y detestable. Un lunes.

Por eso ha sido hoy y no ayer el día en que bajé al mar a conmemorar el primer aniversario de tu muerte. El caluroso día en el que pude libremente cruzar la playa, caminar por el banco de arena, darle a las olas lágrimas que hacer estallar en la orilla, sumergirme en el azul profundo de mi tristeza y recordarte todo y mucho. Hoy, lunes, el día en que sólo vienen a las playas los viejos, los solitarios y los huérfanos de padre.

El día de la orfandad debería ser siempre un lunes.

 

 

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