TODOS DE PIE

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Quien me conoce bien sabe que no soy muy buen sobrellevando la incertidumbre. Sabe que, a pesar de que la capacidad de improvisación es una de mis habilidades más trabajadas (en mucho gracias a los años que pasé trabajando como locutora de radio), me provoca ansiedad no tener suelo firme al cual volver en uno de esos tantos paseos mentales a los que soy tan adicta.

Hace una semana me enteré de que me quedaré en paro. Otra vez. Se acaba la temporada estival y el ascenso que empecé a tener este 2013 en asuntos laborales vuelve a truncarse en otoño. No culpo a nadie. Mi jefa mira con tristeza un calendario prácticamente vacío de actividades para la empresa a la que le ha dedicado prácticamente la mitad de su vida. Es una guerrera que le tiene demasiadas ganas a la vida como para dejarse vencer por una crisis como ésta. Pero 2013 ha sido su año de descenso, y ahora, al parecer, tendrá que librar las siguientes batallas ella sola. Nos deja ir a prácticamente todos sus soldados.

Frustración. No es el mejor trabajo que he tenido en la vida. Creo que después de la radio no habrá un trabajo en el que me sienta más plena. El sitio tampoco es óptimo. Me he perdido la llegada y el clímax del verano metida en un búnker del barrio gótico, donde lo más luminoso son las caras de los turistas nórdicos a los que les entrego las llaves de sus gloriosos pisos en sunny Barcelona beer and tapas modernist capital. Soy buena con la gente, y hasta al más gilipollas le respondo con una spanish smile, les enseño a diferenciar entre “hola” y “adiós” a los italianos, y recibo los suspiros de los franceses cuando les digo Oui, je parle français.

Y también me voy. Al paro. Porque a partir de octubre no habrá guiris, ni sol, ni sangría en las terrazas. No habrá rublos rodando por nuestras calles, ni yenes, ni dirhams, ni dólares canadienses. No habrá euros alemanes, ni franceses, y tampoco habrá euros españoles en mis bolsillos.

Me pongo de pie y saludo a la incertidumbre. Me reiré de las cifras del paro, de cómo se engrosan y se atascan de ceros los números de los que volveremos a hacer cola en el INEM (o en el SEPE, que acá se llama SEPE), y no habrá playa que nos espere al salir de la jornada laboral. Me pondré de pie, moveré las piernas. El trabajo de oficina me está matando la espalda, el reflejo del ordenador los ojos, el duro y anacrónico teclado las articulaciones de los dedos. Y supongo que retomaré con la energía que ahorré estas no-vacaciones los proyectos míos que en verdad me emocionan y por los que pagaría para que me pagasen por ellos. En septiembre vuelve el Prostíbulo Poético, volveré a teclear las letras mi vieja Mac con nostálgica alegría, y volveré a la asquerosa rutina de enviar currículums al vacío, a la nada, a preguntar a oídos sordos si hay algo en lo que pueda ayudar, ya no por dinero, sino para no aburrirme, para no pensar que no hay nada al frente salvo un lienzo en blanco en el cual -otra vez- volver a volcarme. Y a comenzar de nuevo en otro trabajo de obrero del nuevo milenio: la interminable búsqueda intermitente.

OFICINISTA DE DÍA, ¿Y DE NOCHE?

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La crisis te alcanza. Aunque tengas un contrato de trabajo. Te alcanza porque vives día a día pensando que quizá el mañana no se parezca en nada al que habías soñado para ti y los tuyos. Porque sabes que ya no puedes planificar nada, y que los sueños pronto se convertirán -si bien te va- en nostalgia, o -si te va peor- en frustración. Te alcanza porque sabes que no puedes invitar ni ser invitado, no puedes no estar preocupado, no es posible quedarte sentado. Hay que hacer algo. Pero, ¿qué?

Se puede cerrar los ojos a la crisis. Pensar que del otro lado del mar lo teníamos peor y que la crisis financiera de Europa no es nada comparado con la del 94 en México o el Corralito argentino. Que si salimos de aquella, saldremos de ésta. Que la economía se reactivará y que no hay mal que dure cien años (ni tonto que los aguante). Sí. Puede ser. Al menos en México el panorama pintaba oscuro hace siete años, cuando le dije adiós a la tierra del tequila. Pensaba que no era vida eso de tener 4 empleos para poder hacer lo que quería. Y pensaba que en algún lugar del mundo debía haber un sitio donde mi pasatiempo fuera mi empleo. El problema es que mi hobby nada tiene que ver con robar, ni con estafar ni con saquear. Con mentir, un poco, sí, porque al final de cuentas, la literatura algo de mentira tiene. Pero mentir por amor al arte está tremendamente desvalorado.

Así que vine a Barcelona y pensé: lo he encontrado. Pero como nada es eterno salvo la adicción al placer, la abundancia se me quedó corta y ahora tengo mono. Llegó la crisis y yo todavía tenía una lista de planes pendientes exageradamente larga porque en teoría, mi generación tiene una mayor esperanza de vida, y yo paso de aburrirme.

Ahora vivimos en crisis y las cosas son un poco así: Belén y yo nos describimos entre risas: “oficinistas de día, putas de noche (y sólo los fines de semana)”. La verdad es que nos gustaría sólo dedicarnos a ser putas y monstruos y hadas y cantantes de rock-ópera, rancheras y pop electrónico avanzado. Nos gustaría no tener que sumar IVAs que no fuesen más que para beneficio directo nuestro y del placer espiritual que nos otorga lo que nosotras llamamos arte. Nos gustaría no tener que agotarnos la vista llenando tablas de Excel, sino llenando de letras documentos de Word y páginas de papel blanco y papelitos de colores con los cuales luego hacer una performance para presentar en el teatro más guay de la ciudad.

Pero los que mandan eligen que el arte, o eso que ellos no consideran arte, sea opcional. Eligen que tengamos que vender baratas nuestras aptitudes, nuestra energía, recursos, imaginación, vida, idiomas, títulos, capacidad para oprimir las teclas de una calculadora. Quieren que vendamos ropa, comida insensata o algun producto contaminante fabricado con los sueños rotos de algún otro pseudo artista venido a menos. Quieren que nos pudramos.

La crisis te alcanza, sí, pero sólo te mata si tú te dejas podrir. Yo es que, por inercia, por mero instinto de supervivencia, me niego a ello y aunque sea, en el tiempo que me queda entre factura y factura, intento llenar las páginas de este libro imaginario. Aunque sea sólo para pedir ayuda, aunque sea sólo para hacerte saber que no estás sol@, que yo también cumplo horario de oficina.

✼ The exciting and audacious adventures of a working-class princess

El viernes se ha echo fama. Es un día de un cansancio delicioso cuya magia proviene de ser el último día de trabajo/escuela (para la mayoría). El Friday I’m in love de Robert Smith es también la explicación a la promesa de un último y libre derroche de energía.

Sí. Pero cuando un viernes es igual a un sábado, a un domingo o a un miércoles, la cosa cambia. Los 1,4 millones de desempleados en España podrán estar de acuerdo conmigo. El viernes existe en una idea, mas no en la realidad.

Así que cuando tienes la suerte de encontrar un trabajo (y en estos tiempos encontrar trabajo no sólo es suerte sino una cuestión casi místico-milagrosa), no pasa desapercibida la emoción de los viernes (o de los miércoles o jueves, dependiendo de qué tipo de fin de semana te dé tu empleo).

Desde hace varias semanas que para mí los jueves significan levantarme (no sin resistencia), sabiendo que gracias-a-dios mañana es viernes y se acabó.

Es contradictorio… cuando tienes la libertad te pesa, cuando no, la ansías.

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