✼ Fue en un museo

Era en un museo y todo sucedía en los baños. Ríos de todo, de pintura abstracta. Se escondían en los retretes, esperando con impaciente tenacidad el momento del ataque. Hasta que entraron ellas y atacaron primero. Bombardeo de pintura abstracta, roja, densa, recalcitrante. Y luego agua. Yo me doy la vuelta, y sin mancharme, les dejo en el juego que al final he ganado yo. Lo veo entrar, preparado para el último golpe que no llegaría. Me saluda, sabe (cree) que ante la visita de los más de 10.000 invitados no puedo hacer nada. Entra y me deja fuera. Espero el momento del grito, de la descarga de su arma de juguete, llena hasta el fondo de más pintura abstracta, roja, todavía roja y brillante. Y entreabro la puerta, no para mirar, sino para dejarles un reloj de tiempo que les explote la última gota de energía. Y explota. Explota cuando estoy ya lejos, riéndome de ellos, encontrando el triunfo en todavía unos cuatro enemigos que he de minar. El juego sigue.

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✼ El silencio de los hombres hermosos 2

Hermoso

Eres hermoso le dijo ella, y retiró su cabello lacio de su rostro y lo colocó detrás de la oreja. La luna pudo iluminar esa cara que se perdía entre la brillantez de un cabello tan rojo como el fuego, tan brillante como limpios sus ojos.

Él se acercó a la barra. Quería pagar, como todas las veces, sin esperar a que le llevaran el ticket a la mesa. Ella le recibió el dinero y, mientras él contaba el cambio, lo tocó por primera vez; y por vez primera, él se fijó en sus veintitantos años, su acento extraño, sus ojos cansados.

Eres tan hermoso… le dijo mientras le devolvía una sonrisa a su perplejidad.

Y en verdad lo era. Tímido, así, como cada tarde, con la mirada baja, escondida tras su larga cabellera de ocaso. Era hermoso. Así, sin decir una sola palabra.

La miró volver al bullicio de las tazas y las copas. La miró toda su noche mientras se masturbaba y llegaba a su orgasmo solitario de las 11. Miró sus piernas negras y robustas, su ancha cadera y el cabello tan corto y tan profundo como las noches de verano. Soy hermoso, pensó. Y al mirar su reflejo en el cristal empañado del baño quiso poseerse, poseerla, poseer algo más largo que su propia cabellera. Soy hermoso, se dijo. Y creyó que en verdad lo era. Tan hermoso como un hombre solitario puede serlo cuando se ilusiona con una caricia y una mirada.

Volvió esa misma madrugada, pero ella ya no estaba allí. Ni la brillantez de su cabello rojo a la luz de las farolas pudo traerla de nuevo.

Aquellos mechones fulgurantes volvieron a cubrir su rostro, mas no su mirada. Aún quedaba la caricia en el borde de su oreja, allí donde descansaban sus gafas. Es hermoso, pensó. Y volvió a casa imaginando que se perdía entre las nubes naranjas de un cielo iluminado por la tierra, un horizonte en verdad maravilloso.