✼ Fue en un museo

Era en un museo y todo sucedía en los baños. Ríos de todo, de pintura abstracta. Se escondían en los retretes, esperando con impaciente tenacidad el momento del ataque. Hasta que entraron ellas y atacaron primero. Bombardeo de pintura abstracta, roja, densa, recalcitrante. Y luego agua. Yo me doy la vuelta, y sin mancharme, les dejo en el juego que al final he ganado yo. Lo veo entrar, preparado para el último golpe que no llegaría. Me saluda, sabe (cree) que ante la visita de los más de 10.000 invitados no puedo hacer nada. Entra y me deja fuera. Espero el momento del grito, de la descarga de su arma de juguete, llena hasta el fondo de más pintura abstracta, roja, todavía roja y brillante. Y entreabro la puerta, no para mirar, sino para dejarles un reloj de tiempo que les explote la última gota de energía. Y explota. Explota cuando estoy ya lejos, riéndome de ellos, encontrando el triunfo en todavía unos cuatro enemigos que he de minar. El juego sigue.

✼ Corriendo

(Éste texto fue rechazado por Transports Metropolitans de Barcelona porque no cumplía con uno de los requisitos: respetar los valores ciudadanos de los usuarios del metro y autobús. Por ende, no pudo ni participar en su concurso de Sant Jordi… Pero a mí me gusta.)

 

Corriendo, siempre corriendo. Tanto que no alcanzo a respirar. Me persiguen. ¿Quién, quiénes? Me subo al metro. Me río. Me bajo, me vuelvo a subir. Sigo corriendo entre túneles y andenes, incluso en las vías. Voy, vengo. Estoy huyendo. Los metros no son como los de las películas, al menos no el de Barcelona. Las luces no tiritan, los metales no claquean, la gente no te mira raro; la gente no te mira, todos son extraños. La luz está siempre encendida, la música siempre está sonando. Suena mi móvil, mis cascos, el de la guitarra, el del acordeón, el que canta. Sigo corriendo. ¿Cómo llegué aquí?

Salif, Max y yo, llenos los tres, plenos, con el punk en el móvil y la cartera vacía. Son las 3 de la mañana y es sábado. Esperamos el momento frente a los donuts de la estación Catalunya. 

Hemos recorrido una y otra estación, siempre cambiando de línea, cambiando de tren. No hemos pagado la entrada ni hemos pensado en hacerlo. A las tres de la mañana puedes brincarte la seguridad y salir corriendo… si te pillan. Ha sido así esta noche. Hemos escrito en cada vagón de este tren. Siempre las mismas frases, las mismas pintadas, siempre el mismo color magenta: “Háblame”, “Escúchame”, “No te tengo miedo”, “¿Por qué no me miras?”. Un cigarro antes de seguir corriendo. Nos ha delatado nuestra nube gris. 

Me enferman todos los que no te miran a los ojos; por eso pinto, para que me miren. Lo hago en los vagones, las paredes, los asientos, los cristales. Dibujo bigotes en Penélope Cruz, muestro mi lengua al conductor, hago surfing en La Pau. Me cuelgo de las manivelas y los fierros del último vagón del tren que va de Bellvitge a Carrilet, que es donde vive Max. Y afuera de los donuts, esperamos el momento, tratando de perdernos entre todos estos guiris que se van de fiesta. 

El reggaetón comienza a sonar en el móvil de Max. Las suecas se incomodan. Les guiño el ojo, pero sólo tengo dieciséis años. Em dic Carles, Carles García Balaguer (eso no lo sabrán los mossos). Vivo al final de la línea roja (eso tampoco voy a decírselos… porque voy a huir). 

Viene el mosso, viene el guardia, arriba la autoridad. Hay cámaras por todas partes. No saben que yo soy Carles García Balaguer, pero saben que tienen que cogerme. Y corro. Patino sobre las bancas, salto sobre la gente. Me pierdo entre la línea verde y la roja, me pierdo entre el metro y el ferrocarril. Pierdo a Salif y pierdo a Max. No sé dónde estoy: línea roja, línea verde, ferrocarriles de la Generalitat, línea amarilla, azul, violeta, el bus número 34, avenida Diagonal. Tengo miedo. Tengo frío. Es mi culpa. Llamo a Salif, llamo a Max. No soy el único que pinta en el metro, le digo al de seguridad. No, me contesta, pero eso no quiere decir que… Le interrumpo. Ya lo sé; pero sólo tengo dieciséis años y mucha rabia contenida. Me llamo Carles García Balaguer y también soy usuario del metro, como toda esa gente que no me mira.

alguna estación de la línea roja

 

ale · oseguera

✼ El silencio de los hombres hermosos

Hace unos días estaba haciendo barring* en uno de mis sitios favoritos en Barcelona. Voy frecuentemente a ese bar/cafetería desde el día que me tiré el café amb llet encima y la camarera estalló contra el suelo un par de tazas en menos de cinco minutos. Era un mal día para las habilidades psicomotrices pero un buen día para las relaciones sociales. Así que como ya nos reconocemos, me gusta ir allí y sentarme en la barra a escribir, leer, cotorrear con los camareros y beber café. 

Una de estas tardes me fijé en una mesa donde habían unas cinco personas; uno de ellos, un chico de cabello largo, lacio, profundamente pelirrojo (de ese rojo tan intenso y naranjoso como el del fuego), y de gafas cuadradas de pasta negra.

Me llamó la atención el contraste de su cabello con el resto del mundo. Y escribí un texto para él, por él, y por esa belleza que se notaba aún por encima de sus gafas. Es un hombre hermoso, pensé; no guapo, hermoso. ¿Lo sabría él?

Cuando leí ese relatito en una de las jams poéticas del 2º Acto, Caro me dijo: Les has hecho, a los hombres que te han escuchado, sentir que son hermosos

Claro, es que esas dos palabras han sido escasamente relacionadas a lo largo de la historia: hombre-hermoso. El espejo no les habla, pero tampoco la otra gente, sus padres, incluso sus novias… Y empecé a darle vueltas a las implicaciones de este silencio.

En México hay un dicho popular que dice que el hombre verdadero es aquél que cumple con las tres F’s: Feo, Fuerte y Formal. No es regla universal, pero el ejemplo me sirve para ilustrar los adjetivos-parámetros con los que ha crecido y se ha regido el género masculino. 

No es de mi interés hablar de machismos, feminismos, ni abrir el debate de género. Mi curiosidad gira entorno a la psicología colectiva masculina, al hecho de ser un grupo de humanos que no se reconoce en la belleza. (¿Ha habido algún momento histórico donde el hombre se haya sabido bello y le haya interesado esa faceta de su ser?) Me llama la atención porque, no es que el hombre no sea bello, ¡lo es! Creo que sólo es que nadie se los ha dicho, por lo que les resulta una cualidad que les parece que no tienen ni tendrán, y entonces poco les importa. Pero pensemos, en todas las especies animales, aquellos quienes estética y físicamente son “más” hermosos, son los machos. ¿Por qué entonces el macho humano cree que no lo es?   

Quizá hubiera sido buena idea decirles que lo son, cuando niños, incluso, cuando adultos. Decirles un día que sí, que son hermosos, que sí, que está en su naturaleza serlo…

Y como los hubieras no existen, a ti chico, colega, primo, padre, hermano, vecino, camarero, novio, ex-novio, amante, amigo, desconocido, te dedico mi más sincero: “Eres hermoso.
 

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* barring: arte de sentarte en la barra de un bar a tomarte una o un par de bebidas de tu agrado. El arte del barring es complejo, alcanzas un nivel superior cuando te haces amigo del bartender. Si estás borrach@ y contándole tu vida, es que lo dominas de la A a la Z. 

✼ El silencio de los hombres hermosos 2

Hermoso

Eres hermoso le dijo ella, y retiró su cabello lacio de su rostro y lo colocó detrás de la oreja. La luna pudo iluminar esa cara que se perdía entre la brillantez de un cabello tan rojo como el fuego, tan brillante como limpios sus ojos.

Él se acercó a la barra. Quería pagar, como todas las veces, sin esperar a que le llevaran el ticket a la mesa. Ella le recibió el dinero y, mientras él contaba el cambio, lo tocó por primera vez; y por vez primera, él se fijó en sus veintitantos años, su acento extraño, sus ojos cansados.

Eres tan hermoso… le dijo mientras le devolvía una sonrisa a su perplejidad.

Y en verdad lo era. Tímido, así, como cada tarde, con la mirada baja, escondida tras su larga cabellera de ocaso. Era hermoso. Así, sin decir una sola palabra.

La miró volver al bullicio de las tazas y las copas. La miró toda su noche mientras se masturbaba y llegaba a su orgasmo solitario de las 11. Miró sus piernas negras y robustas, su ancha cadera y el cabello tan corto y tan profundo como las noches de verano. Soy hermoso, pensó. Y al mirar su reflejo en el cristal empañado del baño quiso poseerse, poseerla, poseer algo más largo que su propia cabellera. Soy hermoso, se dijo. Y creyó que en verdad lo era. Tan hermoso como un hombre solitario puede serlo cuando se ilusiona con una caricia y una mirada.

Volvió esa misma madrugada, pero ella ya no estaba allí. Ni la brillantez de su cabello rojo a la luz de las farolas pudo traerla de nuevo.

Aquellos mechones fulgurantes volvieron a cubrir su rostro, mas no su mirada. Aún quedaba la caricia en el borde de su oreja, allí donde descansaban sus gafas. Es hermoso, pensó. Y volvió a casa imaginando que se perdía entre las nubes naranjas de un cielo iluminado por la tierra, un horizonte en verdad maravilloso.