TORMENTA DE TIERRA – Mi primer libro

Siempre pensé que si algún día publicaba un libro, sería una novela.

Jamás me imaginé que mi primer libro sería una recopilación de poemas. Tal vez, para empezar, porque nunca llamé a mis textos “poemas”.

Quien ha leído este blog en los ya casi siete años que tiene de vida, sabrá que a todo esto que voy posteando aquí le llamo “paranoias”. Son ideas, emociones, fotografías en palabras que voy depositando en papel. Muchos de esos fragmentos de mí se publican en el blog en forma de… poemas.

Ahora tienen ese nombre. Y ahora me llaman poeta.

La editorial valenciana Neopàtria llegó a mí por internet. Facebook, Twitter, este blog… Y decidió apostar por mí. Por eso existe esta Tormenta de Tierra, cuyo nombre es una evolución de mi Doble Aire innato.

Ahora tengo una Tormenta de Tierra en forma de libro. Y estoy muy contenta por ello. Ahora toca hacer que esa tormenta crezca y se convierta en huracán, y nos lleve volando a todos esos lugares donde podamos seguir sintiéndonos vivos.

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En Barcelona, el libro está disponible en:

 

 

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Leer la prensa es un colocón

Qué puta paraonia. Intento escribir por el solo berrinche de vencer la hoja en blanco. Tengo las palabras en la punta de la letra, pero el inicio es el que no marcha. Busco inspiración viendo en qué anda la gente. Me interesan los diarios porque hablan de personas de verdad teniendo las más extraordinarias aventuras. Hombres y mujeres enfundados en traje y corbata que trabajan en edificios antiquísimos tramando misiones conspirativas. Matanzas y suicidios con tanta sangre que ni en la mejor película de Tarantino. Personas glamorosas con maquillaje estilizado que levantan libros, guitarras, piernas.

Los diarios últimamente sólo sobreviven si generan en sus lectores altas dosis de adrenalina. Y saben que la lucha es perpetua y carnicera. Las portadas lo dicen todo. Es como comprar un libro por su portada, la entrada al cine por su póster. Entre más jugosos los labios de Angelina y más ensombrecidos los ojos de Jhonny Depp, más devoradores habrá del contenido; aunque sea una chorrada.

Se esmeran tanto los diarios en la paranoia que ya las fotos son lo que David LaChapelle al artista moderno. Un wow. El espectáculo del espectáculo en versión sublime. Qué ganas de ver a Mariano Rajoy en el American Jesus en lugar de Michael Jackson. No falta mucho para que algún monero (como les decimos en mi tierra) haga algo así de impactante en formato cortina de baño para incluir con el suplemento dominical.

Ahora que si a uno le gustan las letras, el lector se  encuentra con textos como éste:

“El joven se mantiene atrincherado en casa con un número indeterminado de armas y probablemente podría disponer de elementos explosivos, como el gas u otros artefactos de elaboración casera. Los investigadores no confían en el perfil del joven, más aún cuando habría cometido las masacres contra los niños y contra los militares disparándoles a sangre fría y de forma indiscriminada con lo que podría ser una persona muy determinada y con un objetivo claro: provocar el máximo número de víctimas de fuerzas representantes del Estado francés.”
 

¡Es como leer a Carlos Zanón con los efectos especiales de Dan Brown y los exóticos escenarios de una peli con Jean Reno de prota! Oscuro, explosivo y casi morboso. ¡Si hasta los deportes son un drama! Victorias, rupturas, viajes internacionales, separaciones, reencuentros, pasiones desmedidas, drogas, sangre y cuerpos sudorosos.

¡Hay qué comentar el contenido del diario! ¡Cómo no hacerlo! Si aún cuando ya uno cierra la última página, todavía quedan promesas de porno. Hay que compartir la experiencia, intercambiar comentarios, defender las opiniones. No todo mundo lee el mismo diario y eso es maravilloso. Imagina. Es como si la historia de Macondo, además de ser contada por Gabo, la contaran Amélie Nothomb, Stanley Kubrick, Man Ray y Madonna en una canción. Confusión múltiple. Se generará tal tensión que habrá que ir por cervezas.

A veces el problema es volver a casa. Cerrar la puerta y encontrarse consigo mismo. Uno empieza a comerse las uñas, a jalarse los pelos. Son los efectos secundarios. Como con cada droga, te da mono. Yo intento escribir un poco. Es lo que hago para sacarme la ansiedad. Un escritor me dijo un día que los que escriben, en realidad, son unos neuróticos. Pero es que así como unos van al gimnasio, yo tengo que vomitar letras para despejar la mente.

Ver el mundo, y verlo a través de la prensa, es un colocón. Y como el que no sabe cuánto se metió la noche anterior, hay mañanas en que uno corre al ordenador, abre el periódico, el que sea, y comprueba si algo ha cambiado desde ayer.    

✼ The exciting and audacious adventures of a working-class princess

El viernes se ha echo fama. Es un día de un cansancio delicioso cuya magia proviene de ser el último día de trabajo/escuela (para la mayoría). El Friday I’m in love de Robert Smith es también la explicación a la promesa de un último y libre derroche de energía.

Sí. Pero cuando un viernes es igual a un sábado, a un domingo o a un miércoles, la cosa cambia. Los 1,4 millones de desempleados en España podrán estar de acuerdo conmigo. El viernes existe en una idea, mas no en la realidad.

Así que cuando tienes la suerte de encontrar un trabajo (y en estos tiempos encontrar trabajo no sólo es suerte sino una cuestión casi místico-milagrosa), no pasa desapercibida la emoción de los viernes (o de los miércoles o jueves, dependiendo de qué tipo de fin de semana te dé tu empleo).

Desde hace varias semanas que para mí los jueves significan levantarme (no sin resistencia), sabiendo que gracias-a-dios mañana es viernes y se acabó.

Es contradictorio… cuando tienes la libertad te pesa, cuando no, la ansías.

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✼ ¿Hasta dónde te dejas tocar?

Dicen que los mejores amigos que haces en la vida son los del bachillerato, que los demás son colegas, relaciones laborales, contactos. ¿Es que en la adolescencia nos abrimos tanto que reforzamos a golpes nuestras relaciones sociales? ¿Entre más adultos nos hacemos, nos volvemos más reservados, paranoicos y precavidos? Si actualmente somos tan celosos de nuestra privacidad, ¿dónde está el límite entre ser el dueño de mi vida y único controlador de mi destino, y ser una hoja tan en blanco, tan nula y tan vacía que se adapta a todos y todo renunciando siempre a lo anterior y por ende a sí mismo?

El miedo marca el límite personal, la barrera, (el escudo AT). Pero al ser un zóon politikon, ¿cómo encontramos el balance si ya no confiamos ni en nuestra sombra?

¿Hasta qué punto están dispuestos los individuos a modificar su rutina diaria por influencia de un agente externo (aka alguien a quien apenas conoce)? ¿Cuán ajustadas y estrictas son las agendas individuales que permiten la entrada a nuevas experiencias, nuevas aventuras, nuevas decepciones y malos ratos en nuevas compañías?

Ilustremos el caso: Yo conozco a alguien, poco, qué sé yo, por amigos en común, en una fiesta, en una clase de francés, hay buen rollo, química personal (que no sexual), ¿cuándo sé que puedo tomarme la libertad de pedirle ayuda en un momento de crisis? O no nos pongamos tan dramáticos, ¿cómo sé que es el momento de invitarle por un helado dominguero?

Y poniéndonos del otro lado, ¿cuándo es esto un abuso de confianza? ¿Cómo distingo si estoy yo rendid@ a mis propios complejos e inseguridades que la idea de que alguien me saque de mi rutina diaria me parece una perturbación grosera?

Me pregunto si es de verdad tan bueno para el enriquecimiento vivencial el hecho de crear campos tan delimitados y seguros. ¿Por qué habría yo de querer un strawberry fields forever perfectamente enmarcado para mí sol@ cuando puedo irme a recorrer el campo abierto de la mano de alguien nuevo y diferente?

Según las reglas de las buenas costumbres, ¿cómo funciona esto de “Tu libertad termina donde empieza la del otro”? ¿Cuándo es “educado” invitar a alguien por un helado? ¿Cuándo y cómo sé que si estoy llorando a las 3 de la mañana puedo llamarle a Persona X sin que ésta no vuelva a cogerme el teléfono nunca más porque le asustó toda mi basura interna? Yo tengo un montón de basura, kilos de mierda. Igual que Persona X, igual que todos. ¿Entonces? (Puede ser que X no sea un antipátic@ egoísta, sino simplemente no puede ni consigo mismo. Sí, lo acepto. ¿Pero por qué Persona X no acepta la ayuda de alguien más para salir de su hoyo? Vuelta a empezar…)

¿Por qué la gente se asusta si los invitas a una travesía? ¿Por qué piensan que tienes un interés escondido, que sólo te l@s quieres follar, que estás enamorad@, que estás planeando utilizarle?

¿Tenemos tanto miedo a que nos lastimen? ¿O es que simplemente nos volvemos mucho más exigentes con quienes dejamos entrar?

Yo me pierdo. ¿Hay parámetros? Yo tengo los míos, que no son ley ni regla. Y tú, ¿hasta dónde te dejas tú tocar? ¿cuándo?


· Apéndice ·
Quédate en tu huerto de 30 m2. Yo me voy a ver el mundo… y a comer helado en la playa.