ALTAR Y OFRENDA

FOTO DE: cecilia-coleccionistadesecretos.blogspot.com.es

Mi tía Alma siempre tuvo el cabello corto, como un varón. Salvo en la fotogafía que tenía sobre su cama. Salía en un jardín, sentada en una silla de rattan que tenía un respaldo anchísimo de fibra tejida, majestuoso como un pavorreal. Ella llevaba un vestido color rojo, corto hasta las rodillas, las piernas juntas, los pies ligeramente entrecruzados, los brazos también cruzados. Una sonrisa justa, críptica, le daba un aire a lo Mona Lisa, semblante sereno aunque un poco triste y cansado. Parecía más vieja de lo que era. Tal vez porque siempre se aumentaba veinte años cuando le preguntaban su edad. Yo tenía diez. Sesenta me parecían demasiados. 

En la foto Alma lleva el cabello como una cascada. Le alarga el rostro más allá de los hombros y se lo estira hasta que rebasaba el límite de la cintura. Negro, espeso, estrecho. Mi tía Alma contaba historias sobre su cabello llenas de nostalgia. Decía tener una trenza guardada en alguna parte, o tal vez la había llevado a la iglesia como ofrenda.

Cuando yo la conocí, Alma ya no llevaba esa cabellera. Era impensable hacerlo. Desde la operación sufría de calores exagerados, no obstante la temperatura. Escupía sudor como una fuente, por lo que siempre estaba provista de toallas de baño pequeñitas con las que secaba su cuello y frente de manera contínua.

Ella culpaba a las válvulas. Nos hablaba a mí y a mis primos de las operaciones. De la primera, en la que se equivocaron, le quedaban aún unas mangueras en la cabeza. El paso siguiente era agarrarte la mano y trazar zurcos por entre su cabello con tus deditos infantiles hasta encontrarlas. La geografía de su cabeza de repente se elevaba. Se palpaba una especie de tubito de plástico suave por debajo de su piel. Podías aplastarlo con los dedos. Mi tía Alma mencionaba algo sobre el Dr. Curiel y la segunda intervención. La exitosa. Volvías a recorrer su cráneo hasta encontrarla. De nuevo palpar y palpar ese canal subcutáneo, llenarte de sudor los dedos y tratar de comprender en qué tipo de realidad o mundo interno vivía una persona con tubos en el cerebro.

Mi tía Alma dormía. Cuando yo la conocí, la única manera de poder hacerlo era tomando pastillas. Pero se ve que antes, cuando llevaba el cabello largo, dormía sin problemas. Podía durar así semanas enteras. Y nada se podía hacer para despertarla. Sus hermanos se iban a la cama pensando que quizá esa noche, durante la cena, podía ya haber sucedido: la última vez que hablé con ella, que la vi despierta. En una de esas sesiones de sueño profundo, se recordaba acostada, y que la gente a su alrededor la arrastraba de las piernas por un lugar arenoso. Cuando me lo contaba, yo me imaginaba esa cabellera larguísima de la foto como un río negro, ahora abriéndose paso por entre la arena de la playa de Vallarta.

Mi tía Alma quiso ser enterrada en Ojo Caliente, el pueblo donde nacieron ella y sus hermanos. Antes de morir, hizo un viaje o quizá un par, al pueblo. Volvió diciendo que había apartado una tumba en el cementerio. No sé si al final pudieron cumplirle el traslado. Me perdí su muerte y con ella el funeral y el enfrentamiento. El haber estado tan lejos me hace sentir que no ha muerto. Pero no es por la distancia, es porque pienso que, tal vez, mi tía Alma jamás existió.

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DESPERTADORES

 

despertadores2

Te preocupas tanto por vivir tu vida bajo tus propias reglas que olvidas que hay entes superiores que deciden por ti. Unos les llaman dioses o santos, otros les llaman karma o “el sistema”, para otros es la alarma del reloj biológico. 

Quizá la rebeldía tiene fecha de caducidad porque no es eterno el cuerpo que le contiene. El cansancio es el peso de la Historia. Nadie es inmortal y no hay fórmulas para mantenerte vigoroso, ni joven, ni impetuoso, ni audaz. 

Hay momentos en que quisieras que la vida te detuviera para así no sentir que estás traicionando tu propia irreverencia. Como si lo único que te quedara es la coherencia para sentir que ha valido la pena. “Murió coherente” diría tu epitafio, fiel a sus ideales, honesto consigo mismo.

¿Y para qué?

Si nadie es dueño de sus libertades. Si la libertad no existe. Lo único real es la inminente llegada del destino. 

✼ Cuerpo/Conciencia/Razón

El homo-sapiens ha evolucionado también hacia un punto en el cual se ha alejado de su faceta animal para reinventarse a partir de una idea de animal superior. Sin embargo, nuestras funciones primarias nos mantienen con un par de extremidades en la tierra (al menos por ahora). Dormir, por ejemplo, es una actividad completamente orgánica y animal. 

Partamos de aquí.

Cuando dormimos actuamos no-racionalmente, incluso sobre aquellas funciones básicas sobre las que hemos desarrollado un control racional. Un ejemplo básico: echarse pedos.

Cuando estamos despiertos, se dice que estamos concientes. Obviamente luego entramos a que hay una sub-conciencia que sigue actuando mientras dormimos… conciencia igualmente. 

Partiendo de la aceptación de que existe una conciencia (con sus sub-partes), podemos reconocer al ser humano en el siguiente esquema:

esquema del ser humano

La conciencia, al estar presente las 24 horas del día sería el archivo o disco duro donde se almacenan todas las experiencias de tu vida y por ende, sería este “ente superior” que estaría encargado de tomar cada decisión en tu vida, desde las decisiones voluntarias, hasta aquellas motividas por impulsos. De este modo, obtenemos fácilmente una explicación a esa famosa frase: “Me traicionó mi conciencia”. 

Me surge una pregunta: ¿bajo qué criterios nuestras conciencias nos “mueven”? La primera teoría que me surge es la de que actuamos siempre pensando en nuestra propia súpervivencia… (Pero luego pienso en todas esas acciones autodestructivas que el hombre realiza y ha realizado en la búsqueda de su propia adaptación a su entorno -que ha resultado en la adaptación de su entorno para sí mismo-. Y pienso hasta qué punto el hombre es conciente de su autodestrucción.)

Me surge otra: ¿la conciencia se aprende o es innata?

Y otra: Si la conciencia es todopoderosa y omnipresente dentro de nuestro microuniverso personal, ¿podemos equipararnos con el concepto (repito, el concepto) de Dios?

Pongo un ejemplo: 

JU era un chico de diecisiete años. Estaba por terminar el bachillerato y lo más seguro es que obtendría una beca para estudiar su carrera profesional en una prestigiosa universidad por ser el alumno modelo de su generación. Meses antes de graduarse, JU muere durante una excursión familiar a la montaña. Al parecer dio un paso en falso en un camino nada peligroso y que él conocía, y cayó. Se ve que no sufrió al morir, que murió al primer golpe de manera instantánea. 
El día de su velorio, escuché decir a su madre que quizá JU ya había terminado su misión en la vida. JU era no sólo un estudiante modelo, sino un hijo modelo, un católico modelo, un vecino modelo, un cuidadano modelo, un novio modelo. Pero JU, a sus diecisiete años, ni siquiera podía imaginarse a sí mismo en el futuro, no había elegido aún nada para lo cual dedicar toda esa capacidad. 

Su madre dijo que Dios se lo había llevado. Si volvemos a nuestro tema, entonces estaríamos hablando de un suicidio de la conciencia

Si cada una de nuestras acciones pasa por la conciencia, ¿pasan antes o después de que sucedan?

Según la definición de la RAE…

 

ale · oseguera