México: políticas de la Edad Media para el siglo XXI

Foto: Reuters/BBC

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Querer criminalizar el aborto y creer que sin “Familia Tradicional” no hay patria o Dios, en pleno 2016, es de irresponsables. Detrás de la fe “en Dios” en la que se escudan quienes defienden esta idea, esconden un profundo miedo y odio. Lamentablemente,  a veces sin saberlo. Son personas peligrosas. La gente que salió ayer a la #MarchaXLaFamilia en México es peligrosa.
Entiendo que en una región como el occidente de México, donde en los años 30 del siglo XX se levantaron en armas campesinos y otros civiles, manipulados por los curas, en nombre de Cristo Rey, hoy se lleve a cabo una marcha en contra de las familias que no sean mamá-papá-hijos. Entiendo que se lleva en la sangre el oscurantismo católico. Pero no porque sea lógica la Historia y su naturaleza cíclica es justificable que un grupo de intolerantes pretenda manipular las leyes del país.

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VIVO MÉXICO

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A pesar de los resentimientos y las diferencias no resueltas, es imposible negar que el origen de México —como cultura y país— está en la llegada de Colón al continente americano. ¿Que lo de descubrimiento queda racista? Quizá. Pero para la Historia oficial, América no existía —y a veces tampoco parezca que existe en pleno 2013—, y antes de Hernán Cortés no habían mexicanos.

Nuestra cultura nace de la mezcla de macho ibérico con hembra azteca, o maya, o totonaca o de cualquier pueblo a donde iban de tour los primeros exploradores. Le daban a todo lo que se movía. ¿Y cómo no? Después de toda una vida de represión sexual y mojigatería cristiana, el modus vivendi azteca parecía la verdadera espiritualidad. Todo en conexión con la naturaleza pero con mucha pasión en la sangre. No por nada eran un pueblo guerrero que tenía sometido a todo el mundo por aquellos lugares; una especie de imperio romano, si les gustan las analogías. Era, digamos, lo que el yoga y la meditación son ahora a nuestra estresada cultura “occidental”; pero mezclado con armas, sangre y destrucción a lo película de Tarantino. Aquellos hombres, que además habían estado encerrados en un barco durante meses enteros, habían efectivamente llegado al paraíso.

Todo hubiera ido de maravilla. Los tripulantes de la Niña, la Pinta y la Santa María (las tres carabelas que llegaron a América) se habrían hecho perdedizos. ¿A qué volver? ¿A quién? Si todos eran exconvictos, ratas, lo que la sociedad de entonces catalogaba como escoria. Estoy segura de que se hubieran quedado allí de no ser por el fanatismo monárquico-religioso de algunos como Cortés, Guzmán o Narváez. Si ellos no hubieran ido a contarle del descubrimiento a Isabel, la hubieran todos mandado a tomar por culo y a vivir la vida loca.

En la escuela y en la vida cotidiana nos cuentan que la caída del Imperio Azteca la forjaron los españoles con abusos, que se robaron todo, que violaron a las mujeres. ¿Tres barcos? Eso es ser muy ingenuo. La conquista de México la hicieron los mexicanos. Fue una especie de guerra civil en la que un agente extranjero armó a los rebeldes para que derrocaran al emperador. Luego, lo normal: caído el tirano, el gobierno lo ponen los que ganan. Los gobernantes eran títeres al servicio de su majestad y el pueblo mexicano, aún en periodo fetal, pasaba hambre y penurias. Para cuando estuvo listo para nacer tenía dos opciones: morir o matar. Y entre todos decidieron matar. La Nueva España pasó a llamarse México, con todo lo que eso conlleva: crisis de identidad, inexperiencia, y más abusos e injusticias. La vida misma, vaya.

No sé cómo lo hemos hecho los mexicanos desde que somos país porque, si bien hay diferencias abismales entre los del norte, los del sur, los del este y los del occidente, todos de alguna manera encontramos el mínimo común denominador. A veces es algo sólido, como la religión o la comida, a veces es algo frágil, como el fútbol o el himno nacional. Y eso es lo que hace que aún no nos hayamos exterminado entre nosotros. Aún.

México, como cultura, como nación, como país, y como territorio, atraviesa hoy mismo por una crisis, la crisis de confianza más grande que se haya tenido en la Historia. Nos hemos creído que el enemigo está dentro, que tenemos que mutilar una parte de nosotros para seguir viviendo. Nos declaramos la guerra, le cerramos la puerta al vecino, hablamos de “los otros”, los malos, los que vienen de un pueblo del norte, los que vienen del sur, los que vienen del Golfo. México es un país al borde del suicidio.

La celebración de hoy debería apelar a lo que tenemos en común. Debería ser una tregua, no un negocio de maquillaje para el centro de la capital. Debería ser una protesta multitudinaria hacia lo que nos ha separado, hacia las injusticias de quienes nos han gobernado, y una reconciliación: la del empresario con el agricultor, la del descendiente de judíos con el descendiente de mayas, la del religioso con el ateo, el hombre y la mujer, el ibérico y la indígena, el blanco y el moreno. Tendríamos que volver a fundarnos, pero no con base en el odio y el miedo que hoy impera en la nación, sino con la seguridad de que somos y tenemos algo valioso que aportar al mundo y a nosotros mismos. Tal vez toca encontrar esa paz, primero dentro de nosotros, para después instaurarla a lo largo del país.

Hoy, 15 de septiembre de 2013, gritamos “Viva México” por instinto. Muy en el fondo, queremos enfundarnos con la bandera como nos contaron que hicieron los niños héroes. Queremos que las águilas, las plantas, los monumentos, las canciones e incluso el fútbol, tengan sentido. Queremos que haya valido la pena. Es por esto que deberíamos poder salir todos juntos a la calle. Y que sea el viento de septiembre el que haga resonar el “¡Viva!” en todo el país, no el volumen del televisor. Al menos para darnos cuenta de que ni hemos muerto ni nos han matado.

OFICINISTA DE DÍA, ¿Y DE NOCHE?

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La crisis te alcanza. Aunque tengas un contrato de trabajo. Te alcanza porque vives día a día pensando que quizá el mañana no se parezca en nada al que habías soñado para ti y los tuyos. Porque sabes que ya no puedes planificar nada, y que los sueños pronto se convertirán -si bien te va- en nostalgia, o -si te va peor- en frustración. Te alcanza porque sabes que no puedes invitar ni ser invitado, no puedes no estar preocupado, no es posible quedarte sentado. Hay que hacer algo. Pero, ¿qué?

Se puede cerrar los ojos a la crisis. Pensar que del otro lado del mar lo teníamos peor y que la crisis financiera de Europa no es nada comparado con la del 94 en México o el Corralito argentino. Que si salimos de aquella, saldremos de ésta. Que la economía se reactivará y que no hay mal que dure cien años (ni tonto que los aguante). Sí. Puede ser. Al menos en México el panorama pintaba oscuro hace siete años, cuando le dije adiós a la tierra del tequila. Pensaba que no era vida eso de tener 4 empleos para poder hacer lo que quería. Y pensaba que en algún lugar del mundo debía haber un sitio donde mi pasatiempo fuera mi empleo. El problema es que mi hobby nada tiene que ver con robar, ni con estafar ni con saquear. Con mentir, un poco, sí, porque al final de cuentas, la literatura algo de mentira tiene. Pero mentir por amor al arte está tremendamente desvalorado.

Así que vine a Barcelona y pensé: lo he encontrado. Pero como nada es eterno salvo la adicción al placer, la abundancia se me quedó corta y ahora tengo mono. Llegó la crisis y yo todavía tenía una lista de planes pendientes exageradamente larga porque en teoría, mi generación tiene una mayor esperanza de vida, y yo paso de aburrirme.

Ahora vivimos en crisis y las cosas son un poco así: Belén y yo nos describimos entre risas: “oficinistas de día, putas de noche (y sólo los fines de semana)”. La verdad es que nos gustaría sólo dedicarnos a ser putas y monstruos y hadas y cantantes de rock-ópera, rancheras y pop electrónico avanzado. Nos gustaría no tener que sumar IVAs que no fuesen más que para beneficio directo nuestro y del placer espiritual que nos otorga lo que nosotras llamamos arte. Nos gustaría no tener que agotarnos la vista llenando tablas de Excel, sino llenando de letras documentos de Word y páginas de papel blanco y papelitos de colores con los cuales luego hacer una performance para presentar en el teatro más guay de la ciudad.

Pero los que mandan eligen que el arte, o eso que ellos no consideran arte, sea opcional. Eligen que tengamos que vender baratas nuestras aptitudes, nuestra energía, recursos, imaginación, vida, idiomas, títulos, capacidad para oprimir las teclas de una calculadora. Quieren que vendamos ropa, comida insensata o algun producto contaminante fabricado con los sueños rotos de algún otro pseudo artista venido a menos. Quieren que nos pudramos.

La crisis te alcanza, sí, pero sólo te mata si tú te dejas podrir. Yo es que, por inercia, por mero instinto de supervivencia, me niego a ello y aunque sea, en el tiempo que me queda entre factura y factura, intento llenar las páginas de este libro imaginario. Aunque sea sólo para pedir ayuda, aunque sea sólo para hacerte saber que no estás sol@, que yo también cumplo horario de oficina.

LA PROMESA DE LAS PLANTAS CACTÁCEAS

bandera de mexico

Cuenta la leyenda que el pueblo de Aztlán recibió el llamado de su dios más amado. A Huitzilopochtli, que comparte con Zeus, Yahveh y Ra la voluntad del capricho, le pareció que toda aquella gente debía moverse de sitio, ver mundo. ¿A dónde vamos?, le preguntaron los sacerdotes de Aztlán. Y Huitzi, que es creativo y le gusta pasarlo bien, les contestó que debían viajar sin rumbo fijo, como mochileros en el sureste asiático. Pero que cuando encontraran un águila, posada sobre un nopal, devorando una serpiente, habrían llegado a la tierra prometida. Los dioses, como los políticos, siempre están prometiendo tierras (o casas, o riquezas).

Lo que el dios de Aztlán no sabía, era que existe un lugar mágico, donde todo sucede y donde todo es posible, donde crecen flores en el desierto, los volcanes escupen nieve y los ríos fluyen por debajo de la tierra. Ahí, en medio de un lago, en un minúsculo islote, estaba la señal prometida. Ni el mismo Huitzilopochtli podía creer que el azar pudiera ser tan perverso. Le había parecido divertido tener vagando a un pueblo por más de trescientos años. Era como ver una mezcla de documental del Discovery Channel con la casa del Gran Hermano. No tenía ni que moverse de su trono para conocer el mundo. El primer sorprendido fue él. El segundo, el sacerdote mayor de Aztlán. ¡Oh, gran Huitzilopochtli!, le dijo, ¿es en serio? ¿Tenemos que fundar nuestra ciudad encima de un lago? Al menos me divertiré viendo como se les hunde dentro de 2000 años, pensó el dios.

Así nació la gran Tenochtitlán, hoy conocida como México. Un imperio tan absurdo, que las fiestas más coloridas pueden tener como escenario las guerras más sanguinarias, un lugar donde su gente sufre por amor y goza por dolor. Un pueblo que ha olvidado, a base de nopales y otras plantas cactáceas, que está ahí por un tal Huitzilopochtli. Él ahora vive retirado de su pueblo, en la international house de la jubilación. Con sus tantos y tantos extravagantes colegas, se reparte hoy el oficio y el beneficio. Ah, y mira la televisión.

LEJOS NO ES AUSENTE

PORTADAPensar en México me duele porque los recuerdos de color, olor y sabor están hoy manchados con sangre. Temo algún día convertirme en una de esas personas que en su vejez dice cosas como: “Yo estaba en Barcelona cuando comenzó la guerra”. Y ahora mismo sé que si tengo suerte, ésta será la frase con la que empiece a narrar mi paso por este capítulo de la Historia de México.

Hace unos días se presentó en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara el libro Tú y yo coincidimos en la noche terrible, editado por el colectivo Nuestra Aparente Rendición (NAR) que coordina la escritora Lolita Bosch. El libro es un compendio de 127 artículos, cada uno dedicado a los 127 periodistas asesinados y desaparecidos en suelo mexicano desde que inició la guerra contra el narcotráfico.

El trabajo para los redactores consistió en recabar la información sobre un nombre, investigar en qué circunstancias desapareció, en qué trabajaba en ese momento, y si se ha hecho justicia en su caso. Mi experiencia consistió contactar con México desde Barcelona. A veces, marcando a teléfonos extraños a mis 4 de la mañana. El arma más importante:  la máxima discreción posible, porque sabía que eran muchas las probabilidades de que mi llamada comprometiera ya no mi integridad física, sino la de la voz al otro lado del océano.

Asumí este proyecto como un compromiso. Así lo hice porque creo que no tengo más opción. Yo también soy parte de esta guerra. Tengo algo en común no sólo con el nombre al cual le puse rostro, sino también con el que le ha matado, con el que cruza la frontera norte con pelotas de harina en la panza, con los que yacen en fosas comunes, y hasta con quien se sienta hoy en la silla más ostentosa del país.

Me pongo en el lugar del periodista asesinado, del secuestrado, del desaparecido, del exiliado. Pienso que él o ella trabajaban con lo mismo que yo: la información. En Cataluña, el mayor problema que tuve fue que un partido político me apagara el micrófono. ¿Si esto hubiera sucedido en México me hubieran metido una bala en la cabeza? ¿Sería yo parte de los otros 127? ¿Los que necesitaron las manos de otros 127 para contar su historia? ¿Habría sido amenazada, secuestrada, violada, asesinada? ¿Por hacer mi trabajo?

La guerra me ha hecho volver a México. Me ha hecho buscar mi parte de culpa y mi responsabilidad en la corrupción en la que está sumida la sociedad. Alejarse no es escapar, ni siquiera culpando al que no hizo nada por prevenir el caos y la muerte. Y piensas: nadie puede prever el horror de la guerra. Nadie puede conocer lo efímero de la vida hasta que ésta no se te cruza enfrente mientras vuelves a tu casa un viernes por la noche. Nadie se sabe muerto hasta que se hace soldado. Y a más de 110 millones de personas nos han obligado a ser soldados, sin importar dónde estemos.

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