✼ Volar (epílogo)

Se abre el paréntesis:

Y pocos saben que el ave quiere que le atrapen, pero no sabe dejarse atrapar, porque dejarse atrapar no está en el viento, ni en su tiempo de ave que es corto, muy corto. Por eso vuela alto, tan alto, y lejos… Y deja todo -aunque siga observándole, deja, sigue, sobre todo si mira hacia dentro-. El ave observa y mira, y alimenta al árbol, y ve nacer y morir el nido, o al menos sabe que nace y que muere ese nido. Y nadie agradece al ave, pero al ave no le importa -a veces-. El ave es ave, y el ave vuela, y sabe que poco ha de aterrizar, porque aunque no lo crea, hay quienes quieren capturarle…

Se cierra el paréntesis.

✼ ¿Hasta dónde te dejas tocar?

Dicen que los mejores amigos que haces en la vida son los del bachillerato, que los demás son colegas, relaciones laborales, contactos. ¿Es que en la adolescencia nos abrimos tanto que reforzamos a golpes nuestras relaciones sociales? ¿Entre más adultos nos hacemos, nos volvemos más reservados, paranoicos y precavidos? Si actualmente somos tan celosos de nuestra privacidad, ¿dónde está el límite entre ser el dueño de mi vida y único controlador de mi destino, y ser una hoja tan en blanco, tan nula y tan vacía que se adapta a todos y todo renunciando siempre a lo anterior y por ende a sí mismo?

El miedo marca el límite personal, la barrera, (el escudo AT). Pero al ser un zóon politikon, ¿cómo encontramos el balance si ya no confiamos ni en nuestra sombra?

¿Hasta qué punto están dispuestos los individuos a modificar su rutina diaria por influencia de un agente externo (aka alguien a quien apenas conoce)? ¿Cuán ajustadas y estrictas son las agendas individuales que permiten la entrada a nuevas experiencias, nuevas aventuras, nuevas decepciones y malos ratos en nuevas compañías?

Ilustremos el caso: Yo conozco a alguien, poco, qué sé yo, por amigos en común, en una fiesta, en una clase de francés, hay buen rollo, química personal (que no sexual), ¿cuándo sé que puedo tomarme la libertad de pedirle ayuda en un momento de crisis? O no nos pongamos tan dramáticos, ¿cómo sé que es el momento de invitarle por un helado dominguero?

Y poniéndonos del otro lado, ¿cuándo es esto un abuso de confianza? ¿Cómo distingo si estoy yo rendid@ a mis propios complejos e inseguridades que la idea de que alguien me saque de mi rutina diaria me parece una perturbación grosera?

Me pregunto si es de verdad tan bueno para el enriquecimiento vivencial el hecho de crear campos tan delimitados y seguros. ¿Por qué habría yo de querer un strawberry fields forever perfectamente enmarcado para mí sol@ cuando puedo irme a recorrer el campo abierto de la mano de alguien nuevo y diferente?

Según las reglas de las buenas costumbres, ¿cómo funciona esto de “Tu libertad termina donde empieza la del otro”? ¿Cuándo es “educado” invitar a alguien por un helado? ¿Cuándo y cómo sé que si estoy llorando a las 3 de la mañana puedo llamarle a Persona X sin que ésta no vuelva a cogerme el teléfono nunca más porque le asustó toda mi basura interna? Yo tengo un montón de basura, kilos de mierda. Igual que Persona X, igual que todos. ¿Entonces? (Puede ser que X no sea un antipátic@ egoísta, sino simplemente no puede ni consigo mismo. Sí, lo acepto. ¿Pero por qué Persona X no acepta la ayuda de alguien más para salir de su hoyo? Vuelta a empezar…)

¿Por qué la gente se asusta si los invitas a una travesía? ¿Por qué piensan que tienes un interés escondido, que sólo te l@s quieres follar, que estás enamorad@, que estás planeando utilizarle?

¿Tenemos tanto miedo a que nos lastimen? ¿O es que simplemente nos volvemos mucho más exigentes con quienes dejamos entrar?

Yo me pierdo. ¿Hay parámetros? Yo tengo los míos, que no son ley ni regla. Y tú, ¿hasta dónde te dejas tú tocar? ¿cuándo?


· Apéndice ·
Quédate en tu huerto de 30 m2. Yo me voy a ver el mundo… y a comer helado en la playa.