✼ El silencio de los hombres hermosos

Hace unos días estaba haciendo barring* en uno de mis sitios favoritos en Barcelona. Voy frecuentemente a ese bar/cafetería desde el día que me tiré el café amb llet encima y la camarera estalló contra el suelo un par de tazas en menos de cinco minutos. Era un mal día para las habilidades psicomotrices pero un buen día para las relaciones sociales. Así que como ya nos reconocemos, me gusta ir allí y sentarme en la barra a escribir, leer, cotorrear con los camareros y beber café. 

Una de estas tardes me fijé en una mesa donde habían unas cinco personas; uno de ellos, un chico de cabello largo, lacio, profundamente pelirrojo (de ese rojo tan intenso y naranjoso como el del fuego), y de gafas cuadradas de pasta negra.

Me llamó la atención el contraste de su cabello con el resto del mundo. Y escribí un texto para él, por él, y por esa belleza que se notaba aún por encima de sus gafas. Es un hombre hermoso, pensé; no guapo, hermoso. ¿Lo sabría él?

Cuando leí ese relatito en una de las jams poéticas del 2º Acto, Caro me dijo: Les has hecho, a los hombres que te han escuchado, sentir que son hermosos

Claro, es que esas dos palabras han sido escasamente relacionadas a lo largo de la historia: hombre-hermoso. El espejo no les habla, pero tampoco la otra gente, sus padres, incluso sus novias… Y empecé a darle vueltas a las implicaciones de este silencio.

En México hay un dicho popular que dice que el hombre verdadero es aquél que cumple con las tres F’s: Feo, Fuerte y Formal. No es regla universal, pero el ejemplo me sirve para ilustrar los adjetivos-parámetros con los que ha crecido y se ha regido el género masculino. 

No es de mi interés hablar de machismos, feminismos, ni abrir el debate de género. Mi curiosidad gira entorno a la psicología colectiva masculina, al hecho de ser un grupo de humanos que no se reconoce en la belleza. (¿Ha habido algún momento histórico donde el hombre se haya sabido bello y le haya interesado esa faceta de su ser?) Me llama la atención porque, no es que el hombre no sea bello, ¡lo es! Creo que sólo es que nadie se los ha dicho, por lo que les resulta una cualidad que les parece que no tienen ni tendrán, y entonces poco les importa. Pero pensemos, en todas las especies animales, aquellos quienes estética y físicamente son “más” hermosos, son los machos. ¿Por qué entonces el macho humano cree que no lo es?   

Quizá hubiera sido buena idea decirles que lo son, cuando niños, incluso, cuando adultos. Decirles un día que sí, que son hermosos, que sí, que está en su naturaleza serlo…

Y como los hubieras no existen, a ti chico, colega, primo, padre, hermano, vecino, camarero, novio, ex-novio, amante, amigo, desconocido, te dedico mi más sincero: “Eres hermoso.
 

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* barring: arte de sentarte en la barra de un bar a tomarte una o un par de bebidas de tu agrado. El arte del barring es complejo, alcanzas un nivel superior cuando te haces amigo del bartender. Si estás borrach@ y contándole tu vida, es que lo dominas de la A a la Z. 
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✼ El silencio de los hombres hermosos 2

Hermoso

Eres hermoso le dijo ella, y retiró su cabello lacio de su rostro y lo colocó detrás de la oreja. La luna pudo iluminar esa cara que se perdía entre la brillantez de un cabello tan rojo como el fuego, tan brillante como limpios sus ojos.

Él se acercó a la barra. Quería pagar, como todas las veces, sin esperar a que le llevaran el ticket a la mesa. Ella le recibió el dinero y, mientras él contaba el cambio, lo tocó por primera vez; y por vez primera, él se fijó en sus veintitantos años, su acento extraño, sus ojos cansados.

Eres tan hermoso… le dijo mientras le devolvía una sonrisa a su perplejidad.

Y en verdad lo era. Tímido, así, como cada tarde, con la mirada baja, escondida tras su larga cabellera de ocaso. Era hermoso. Así, sin decir una sola palabra.

La miró volver al bullicio de las tazas y las copas. La miró toda su noche mientras se masturbaba y llegaba a su orgasmo solitario de las 11. Miró sus piernas negras y robustas, su ancha cadera y el cabello tan corto y tan profundo como las noches de verano. Soy hermoso, pensó. Y al mirar su reflejo en el cristal empañado del baño quiso poseerse, poseerla, poseer algo más largo que su propia cabellera. Soy hermoso, se dijo. Y creyó que en verdad lo era. Tan hermoso como un hombre solitario puede serlo cuando se ilusiona con una caricia y una mirada.

Volvió esa misma madrugada, pero ella ya no estaba allí. Ni la brillantez de su cabello rojo a la luz de las farolas pudo traerla de nuevo.

Aquellos mechones fulgurantes volvieron a cubrir su rostro, mas no su mirada. Aún quedaba la caricia en el borde de su oreja, allí donde descansaban sus gafas. Es hermoso, pensó. Y volvió a casa imaginando que se perdía entre las nubes naranjas de un cielo iluminado por la tierra, un horizonte en verdad maravilloso.