LEJOS NO ES AUSENTE

PORTADAPensar en México me duele porque los recuerdos de color, olor y sabor están hoy manchados con sangre. Temo algún día convertirme en una de esas personas que en su vejez dice cosas como: “Yo estaba en Barcelona cuando comenzó la guerra”. Y ahora mismo sé que si tengo suerte, ésta será la frase con la que empiece a narrar mi paso por este capítulo de la Historia de México.

Hace unos días se presentó en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara el libro Tú y yo coincidimos en la noche terrible, editado por el colectivo Nuestra Aparente Rendición (NAR) que coordina la escritora Lolita Bosch. El libro es un compendio de 127 artículos, cada uno dedicado a los 127 periodistas asesinados y desaparecidos en suelo mexicano desde que inició la guerra contra el narcotráfico.

El trabajo para los redactores consistió en recabar la información sobre un nombre, investigar en qué circunstancias desapareció, en qué trabajaba en ese momento, y si se ha hecho justicia en su caso. Mi experiencia consistió contactar con México desde Barcelona. A veces, marcando a teléfonos extraños a mis 4 de la mañana. El arma más importante:  la máxima discreción posible, porque sabía que eran muchas las probabilidades de que mi llamada comprometiera ya no mi integridad física, sino la de la voz al otro lado del océano.

Asumí este proyecto como un compromiso. Así lo hice porque creo que no tengo más opción. Yo también soy parte de esta guerra. Tengo algo en común no sólo con el nombre al cual le puse rostro, sino también con el que le ha matado, con el que cruza la frontera norte con pelotas de harina en la panza, con los que yacen en fosas comunes, y hasta con quien se sienta hoy en la silla más ostentosa del país.

Me pongo en el lugar del periodista asesinado, del secuestrado, del desaparecido, del exiliado. Pienso que él o ella trabajaban con lo mismo que yo: la información. En Cataluña, el mayor problema que tuve fue que un partido político me apagara el micrófono. ¿Si esto hubiera sucedido en México me hubieran metido una bala en la cabeza? ¿Sería yo parte de los otros 127? ¿Los que necesitaron las manos de otros 127 para contar su historia? ¿Habría sido amenazada, secuestrada, violada, asesinada? ¿Por hacer mi trabajo?

La guerra me ha hecho volver a México. Me ha hecho buscar mi parte de culpa y mi responsabilidad en la corrupción en la que está sumida la sociedad. Alejarse no es escapar, ni siquiera culpando al que no hizo nada por prevenir el caos y la muerte. Y piensas: nadie puede prever el horror de la guerra. Nadie puede conocer lo efímero de la vida hasta que ésta no se te cruza enfrente mientras vuelves a tu casa un viernes por la noche. Nadie se sabe muerto hasta que se hace soldado. Y a más de 110 millones de personas nos han obligado a ser soldados, sin importar dónde estemos.

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NO ES UN NARCOBLOQUEO, ES UNA BATALLA

Foto tomada de Twitter

Cuando me preguntan si la “cosa” en México está muy jodida, les contesto que sí. Muchos de mis compatriotas responden que “no es como lo pintan los medios”, porque lo que acá a Barcelona llega, da miedo: asesinatos, balaceras, secuestros, decapitados, mutilados, incendios, corrupción, etc. No es que le crea a los medios, es que en ciertas zonas de México no se vive bien. Punto. 

Gracias a años de “pasarlo mal” los mexicanos tenemos sentido del humor, y nos reímos (por no llorar) de nuestras desgracias. La vida sigue. Los jóvenes, cada vez con mayor libertad y apertura de mente, salen a divertirse, crean, aprenden, transforman las ciudades. Hay muchos de los emprendedores de proyectos culturales, de entretenimiento, ecológicos y sociales, que han tenido la oportunidad de salir de México. Vuelven con la mente bien estimulada y con una creatividad exagerada. Y es que dicen que para avanzar hay que tener mentalidad de inmigrante.

Artículo relacionado:
Adopt an Immigrant Mindset to Advance in your Career en Harvard Business Review.

Pero en México hay que luchar para salir adelante, incluso para sobrevivir el día a día. Y eso es jodido.

La última vez que estuve allí, en diciembre del año pasado, hablé con Paco, un colega de la universidad. Me contaba las nuevas opciones culturales de Guadalajara, la ciudad donde nací. También me llevó de bar en bar y me contó sobre sus proyectos y oportunidades de negocio. Él es productor audiovisual. Sobre la inseguridad y la violencia del narcotráfico que ha llegado a la ciudad (de la que se decía que “levantas una piedra y hay un escritor o un músico”), me comentaba que la gente de Guadalajara sabe que “el desmadre lo están organizando gente que ni es de aquí. Y nosotros, los tapatíos, no nos vamos a esconder ni amedrentar. Ésta es nuestra ciudad”.

Para muestra, un botón:

El pasado 25 de agosto salir a la calle resultó imposible. O bien porque viste la tele y te dio miedo. O bien porque los narcobloqueos te pillaron a media ruta hacia el lago de Chapala.

¿Qué es un narcobloqueo?
Consiste en obstruir el paso en ciertas calles y/o avenidas. Se comienza con violencia. Generalmente, tipos armados amenazan a conductores de autobuses o vehículos privados, bajan a todos los pasajeros, y después le prenden fuego.

En tono de broma y en internet (uy, qué risa, ja-ja-ja), puedes encotrar también está definición: “Es un bloqueo del gobierno argentino y brasileño a los mexicanos”. También en Tailandia nos niegan la entrada junto con Colombia, India y Paquistán. Ser el patito feo del mundo no es tan divertido, se los aseguro.

Total que el pasado sábado, hubo 22 puntos obstruidos con violencia, varios heridos, obviamente, y se habla de un fallecido.

Y resulta que los bloqueos podrían haber sido la reacción a un operativo del ejército y la policía federal para detener a un capo.

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✼ Siempre eres el guiri de alguien

Nací en la frontera social con la premeditación de quien busca lo mejor para sus hijos. Pienso en T. y B. Ella me cuenta que ambos se sentirían irresponsables si hicieran nacer a su hijo en Turquía cuando ellos han vivido y sobrevivido la agonía de persistir en territorio… en el territorio legalmente conocido como España.

Mis padres, de algún modo, hicieron lo mismo. Y me destinaron a ser una outsider.

Tendríamos unos 16 y 18 años, tal vez. Era de noche y estábamos en un bar en Manzanillo. Se acercaron dos chicos. Querían ligar conmigo y con mi hermana. ¿Estudian o trabajan? Típico. Y después: ¿De dónde son? Cuando contestamos, dijeron: ¡Claro! Ya decía yo que de ahí los ojazos tapatíos*. Repliqué: Pues mira, mi papá es de Michoacán y mi mamá de Zacatecas. Así que no sé de dónde habrán salido los ojos tapatíos que dices ver. Se fueron.

Mis padres quisieron que yo naciera en un sitio lejos del rancho y el pueblo. En la gran ciudad. Tenían una perspectiva mayor -que no necesariamente mejor- de la vida. Así pues, nací en Guadalajara, justo a la mitad de camino entre el pueblo y el rancho, en la segunda ciudad más grande del territorio mexicano. Mis padres, si aplicamos la visión catalana, fueron inmigrantes. Guadalajara es para ellos la tierra de las oportunidades.

Yo llegué a Barcelona hace cuatro años con la inconsciente idea de que ésta era la tierra de mis posibilidades. Sigo aquí. Rodeada de otros guiris**. Barcelona es una tierra de outsiders. Mi Barcelona es una tierra de outsiders.

Septiembre 24 de 2010. Estoy en un sitio enorme, con un tejado alto, alto, muy alto. Abierto por los lados. Al frente disparan luces de color violeta y dos chicos hacen sonar música desde sus ordenadores. Hay una fiesta. Y bailo. Entre mi grupo de amigos hay colombianos, franceses, mexicanos, argentinos, italianos, uruguayos, finlandeses, suecos, portugueses, checos, alemanes, chilenos, brasileños, turcos, bolivianos y alguno que otro nacional. ¿Qué hacemos todos aquí?

Me muevo entre mi grupo, me abro paso entre ellos, salgo del círculo. Me ubico frente a C. y atrás de un desconocido. La frontera. Frente a mí, otro grupo. Frente a este grupo, otro. Ahora no puedo bailar con calma porque ríos de gente avanzan delante de mí, tratando de ubicar algún punto para ellos dentro o fuera de la aglomeración. Y por alguna razón quiero estar en el centro. Nunca estuve en un centro y jamás me sentí parte de ningún grupo. Fui hippie, skater, nerd, bohemia, fresa, ñoña. He hecho turismo en todos, pero en realidad no fui nada. Sólo he sido yo. Ni anarquista, ni comunista, ni intelectual, ni de izquierdas, ni de derechas, ni de ningún color. Ni siquiera soy de Guadalajara. Siempre he sido el guiri de alguien.


* Por alguna razón que desconozco, se habla de que los ojos “tapatíos” son hermosos. Un tapatío es una persona de Guadalajara, México.
** Guiri: dícese del turista en España. Tiene una connotación originalmente despectiva, pero es asumida con naturalidad por los inmigrantes, sobre todo los comunitarios. Quizá porque son europeos o “primer mundistas” nunca dejan de ser guiris y no reciben el estatus social de inmigrantes.