✼ Corriendo

(Éste texto fue rechazado por Transports Metropolitans de Barcelona porque no cumplía con uno de los requisitos: respetar los valores ciudadanos de los usuarios del metro y autobús. Por ende, no pudo ni participar en su concurso de Sant Jordi… Pero a mí me gusta.)

 

Corriendo, siempre corriendo. Tanto que no alcanzo a respirar. Me persiguen. ¿Quién, quiénes? Me subo al metro. Me río. Me bajo, me vuelvo a subir. Sigo corriendo entre túneles y andenes, incluso en las vías. Voy, vengo. Estoy huyendo. Los metros no son como los de las películas, al menos no el de Barcelona. Las luces no tiritan, los metales no claquean, la gente no te mira raro; la gente no te mira, todos son extraños. La luz está siempre encendida, la música siempre está sonando. Suena mi móvil, mis cascos, el de la guitarra, el del acordeón, el que canta. Sigo corriendo. ¿Cómo llegué aquí?

Salif, Max y yo, llenos los tres, plenos, con el punk en el móvil y la cartera vacía. Son las 3 de la mañana y es sábado. Esperamos el momento frente a los donuts de la estación Catalunya. 

Hemos recorrido una y otra estación, siempre cambiando de línea, cambiando de tren. No hemos pagado la entrada ni hemos pensado en hacerlo. A las tres de la mañana puedes brincarte la seguridad y salir corriendo… si te pillan. Ha sido así esta noche. Hemos escrito en cada vagón de este tren. Siempre las mismas frases, las mismas pintadas, siempre el mismo color magenta: “Háblame”, “Escúchame”, “No te tengo miedo”, “¿Por qué no me miras?”. Un cigarro antes de seguir corriendo. Nos ha delatado nuestra nube gris. 

Me enferman todos los que no te miran a los ojos; por eso pinto, para que me miren. Lo hago en los vagones, las paredes, los asientos, los cristales. Dibujo bigotes en Penélope Cruz, muestro mi lengua al conductor, hago surfing en La Pau. Me cuelgo de las manivelas y los fierros del último vagón del tren que va de Bellvitge a Carrilet, que es donde vive Max. Y afuera de los donuts, esperamos el momento, tratando de perdernos entre todos estos guiris que se van de fiesta. 

El reggaetón comienza a sonar en el móvil de Max. Las suecas se incomodan. Les guiño el ojo, pero sólo tengo dieciséis años. Em dic Carles, Carles García Balaguer (eso no lo sabrán los mossos). Vivo al final de la línea roja (eso tampoco voy a decírselos… porque voy a huir). 

Viene el mosso, viene el guardia, arriba la autoridad. Hay cámaras por todas partes. No saben que yo soy Carles García Balaguer, pero saben que tienen que cogerme. Y corro. Patino sobre las bancas, salto sobre la gente. Me pierdo entre la línea verde y la roja, me pierdo entre el metro y el ferrocarril. Pierdo a Salif y pierdo a Max. No sé dónde estoy: línea roja, línea verde, ferrocarriles de la Generalitat, línea amarilla, azul, violeta, el bus número 34, avenida Diagonal. Tengo miedo. Tengo frío. Es mi culpa. Llamo a Salif, llamo a Max. No soy el único que pinta en el metro, le digo al de seguridad. No, me contesta, pero eso no quiere decir que… Le interrumpo. Ya lo sé; pero sólo tengo dieciséis años y mucha rabia contenida. Me llamo Carles García Balaguer y también soy usuario del metro, como toda esa gente que no me mira.

alguna estación de la línea roja

 

ale · oseguera

✼ El silencio de los hombres hermosos 2

Hermoso

Eres hermoso le dijo ella, y retiró su cabello lacio de su rostro y lo colocó detrás de la oreja. La luna pudo iluminar esa cara que se perdía entre la brillantez de un cabello tan rojo como el fuego, tan brillante como limpios sus ojos.

Él se acercó a la barra. Quería pagar, como todas las veces, sin esperar a que le llevaran el ticket a la mesa. Ella le recibió el dinero y, mientras él contaba el cambio, lo tocó por primera vez; y por vez primera, él se fijó en sus veintitantos años, su acento extraño, sus ojos cansados.

Eres tan hermoso… le dijo mientras le devolvía una sonrisa a su perplejidad.

Y en verdad lo era. Tímido, así, como cada tarde, con la mirada baja, escondida tras su larga cabellera de ocaso. Era hermoso. Así, sin decir una sola palabra.

La miró volver al bullicio de las tazas y las copas. La miró toda su noche mientras se masturbaba y llegaba a su orgasmo solitario de las 11. Miró sus piernas negras y robustas, su ancha cadera y el cabello tan corto y tan profundo como las noches de verano. Soy hermoso, pensó. Y al mirar su reflejo en el cristal empañado del baño quiso poseerse, poseerla, poseer algo más largo que su propia cabellera. Soy hermoso, se dijo. Y creyó que en verdad lo era. Tan hermoso como un hombre solitario puede serlo cuando se ilusiona con una caricia y una mirada.

Volvió esa misma madrugada, pero ella ya no estaba allí. Ni la brillantez de su cabello rojo a la luz de las farolas pudo traerla de nuevo.

Aquellos mechones fulgurantes volvieron a cubrir su rostro, mas no su mirada. Aún quedaba la caricia en el borde de su oreja, allí donde descansaban sus gafas. Es hermoso, pensó. Y volvió a casa imaginando que se perdía entre las nubes naranjas de un cielo iluminado por la tierra, un horizonte en verdad maravilloso.