VEINTICUATRO HORAS

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Lunes. Ocho de la mañana. Saqué la bici del anclaje. Me tomó media hora llegar al trabajo. Respiré el aire e ignoré a los conductores estresados que intentaban ganarle al semáforo. La luz verde era para mí.

Me tomé un té mientras hacíamos la lluvia de ideas. Chai, con leche y de azúcar, nada. Compré la cajita la semana pasada y tuvo el éxito esperado. Todos en el estudio estaban encantados. Es oficial, beberemos chai cuando acabe el verano.

Salí temprano y decidí volver en bus. Me gusta trasladarme en autobús. Los cristales dan paso a la luz del sol y al aire. Tambalea tanto que casi nadie tiene el móvil al alcance. Se puso a hablar conmigo el señor que venía al lado. Me contó que hacía sesenta años que vivía en Barcelona, en el barrio vecino. “Antes, ahí, podías comprar pollo fresco. Y conejo”, me dijo señalando un altísimo edificio de viviendas sin techo.

Llegué a casa a las seis. Herví la pasta. Me hice la comida de mañana y estoy esperando a que se enfríe. Luego, la meteré al refrigerador. Barrí la tierra que ensució el patio tras la tormenta. Las paredes seguían blancas, eso sí. La tierra mojada, las flores brillantes. La vista era perfecta.

Son las ocho y me pongo a escribir. Quiero decir algo de ti y me doy cuenta de que no te echo de menos. Han pasado veinticuatro horas desde que nos alejamos. Y no, pienso, hoy no te extraño. Porque hoy estás conmigo. Porque mañana estarás aquí.

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✼ Corriendo

(Éste texto fue rechazado por Transports Metropolitans de Barcelona porque no cumplía con uno de los requisitos: respetar los valores ciudadanos de los usuarios del metro y autobús. Por ende, no pudo ni participar en su concurso de Sant Jordi… Pero a mí me gusta.)

 

Corriendo, siempre corriendo. Tanto que no alcanzo a respirar. Me persiguen. ¿Quién, quiénes? Me subo al metro. Me río. Me bajo, me vuelvo a subir. Sigo corriendo entre túneles y andenes, incluso en las vías. Voy, vengo. Estoy huyendo. Los metros no son como los de las películas, al menos no el de Barcelona. Las luces no tiritan, los metales no claquean, la gente no te mira raro; la gente no te mira, todos son extraños. La luz está siempre encendida, la música siempre está sonando. Suena mi móvil, mis cascos, el de la guitarra, el del acordeón, el que canta. Sigo corriendo. ¿Cómo llegué aquí?

Salif, Max y yo, llenos los tres, plenos, con el punk en el móvil y la cartera vacía. Son las 3 de la mañana y es sábado. Esperamos el momento frente a los donuts de la estación Catalunya. 

Hemos recorrido una y otra estación, siempre cambiando de línea, cambiando de tren. No hemos pagado la entrada ni hemos pensado en hacerlo. A las tres de la mañana puedes brincarte la seguridad y salir corriendo… si te pillan. Ha sido así esta noche. Hemos escrito en cada vagón de este tren. Siempre las mismas frases, las mismas pintadas, siempre el mismo color magenta: “Háblame”, “Escúchame”, “No te tengo miedo”, “¿Por qué no me miras?”. Un cigarro antes de seguir corriendo. Nos ha delatado nuestra nube gris. 

Me enferman todos los que no te miran a los ojos; por eso pinto, para que me miren. Lo hago en los vagones, las paredes, los asientos, los cristales. Dibujo bigotes en Penélope Cruz, muestro mi lengua al conductor, hago surfing en La Pau. Me cuelgo de las manivelas y los fierros del último vagón del tren que va de Bellvitge a Carrilet, que es donde vive Max. Y afuera de los donuts, esperamos el momento, tratando de perdernos entre todos estos guiris que se van de fiesta. 

El reggaetón comienza a sonar en el móvil de Max. Las suecas se incomodan. Les guiño el ojo, pero sólo tengo dieciséis años. Em dic Carles, Carles García Balaguer (eso no lo sabrán los mossos). Vivo al final de la línea roja (eso tampoco voy a decírselos… porque voy a huir). 

Viene el mosso, viene el guardia, arriba la autoridad. Hay cámaras por todas partes. No saben que yo soy Carles García Balaguer, pero saben que tienen que cogerme. Y corro. Patino sobre las bancas, salto sobre la gente. Me pierdo entre la línea verde y la roja, me pierdo entre el metro y el ferrocarril. Pierdo a Salif y pierdo a Max. No sé dónde estoy: línea roja, línea verde, ferrocarriles de la Generalitat, línea amarilla, azul, violeta, el bus número 34, avenida Diagonal. Tengo miedo. Tengo frío. Es mi culpa. Llamo a Salif, llamo a Max. No soy el único que pinta en el metro, le digo al de seguridad. No, me contesta, pero eso no quiere decir que… Le interrumpo. Ya lo sé; pero sólo tengo dieciséis años y mucha rabia contenida. Me llamo Carles García Balaguer y también soy usuario del metro, como toda esa gente que no me mira.

alguna estación de la línea roja

 

ale · oseguera