VEINTICUATRO HORAS

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Lunes. Ocho de la mañana. Saqué la bici del anclaje. Me tomó media hora llegar al trabajo. Respiré el aire e ignoré a los conductores estresados que intentaban ganarle al semáforo. La luz verde era para mí.

Me tomé un té mientras hacíamos la lluvia de ideas. Chai, con leche y de azúcar, nada. Compré la cajita la semana pasada y tuvo el éxito esperado. Todos en el estudio estaban encantados. Es oficial, beberemos chai cuando acabe el verano.

Salí temprano y decidí volver en bus. Me gusta trasladarme en autobús. Los cristales dan paso a la luz del sol y al aire. Tambalea tanto que casi nadie tiene el móvil al alcance. Se puso a hablar conmigo el señor que venía al lado. Me contó que hacía sesenta años que vivía en Barcelona, en el barrio vecino. “Antes, ahí, podías comprar pollo fresco. Y conejo”, me dijo señalando un altísimo edificio de viviendas sin techo.

Llegué a casa a las seis. Herví la pasta. Me hice la comida de mañana y estoy esperando a que se enfríe. Luego, la meteré al refrigerador. Barrí la tierra que ensució el patio tras la tormenta. Las paredes seguían blancas, eso sí. La tierra mojada, las flores brillantes. La vista era perfecta.

Son las ocho y me pongo a escribir. Quiero decir algo de ti y me doy cuenta de que no te echo de menos. Han pasado veinticuatro horas desde que nos alejamos. Y no, pienso, hoy no te extraño. Porque hoy estás conmigo. Porque mañana estarás aquí.

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CIRCO BABYLON – Parte I: Aterrizaje en Bangkok

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Es la primera vez que vengo a Asia, y lo hago sobre la tradicional ruta del sureste. Quizá esperando encontrar lo exótico, lo diferente, el punto donde pueda encontrarme a mí misma con el método del contraste. Y lo que más me ha asombrado de Tailandia, hasta ahora, es lo mucho que se parece a México. Sigue leyendo

✼ La curiosidad viaja en bicicleta

Voy a empezar con una frase trillada que, quien la ha vivido, dirá que no hay verdad más grande que ésta. Yo, que soy de ciudad grande (8 millones de habitantes, si no me equivoco), sólo puedo hablar de experimentos. “Pueblo chico, infierno grande”.

Puede ser que en L’Empordà catalán, el infierno venga en los veranos, cuando el calor te quema la piel y te mantiene despierto por las noches. Puede ser que se refiera a que el catalán de turno utilice palabras para incendiar a otros, a los suyos mismos, a los que no encajen en el molde.

No lo sé.

El ensayo-error de estos días ha sido más bien del tipo silencioso. Con algunas frases en mi catañol que confunde a los dependientes de las panaderías, las cafeterías, los bares. Pero al margen de las no-barreras lingüísticas que podría tener (o no tener) en una ciudad como La Bisbal, la confusión va sobre ruedas.

¿Por qué me mira tanto la gente?

Me han dejado una bicicleta. Hermosa, verde-loro, ruedas y asiento blancos, una vieja pero bien conservada bicicleta vintage que me ha llevado a dar la vuelta de punta a punta de una ciudad pequeñita llamada La Bisbal. Y los locales me observan no sin fingir que no lo hacen. Pero sus miradas siguen las vueltas de las ruedas, el sube y baja de mis pantorrillas, el movimiento de mi cadera, el manubrio de los puños blancos y sueltos, mi piel tostada. Saco conclusiones.

Los bisbalencs:

1. Admiran la bicicleta. No se parece a ninguna que esté circulando por las calles. No hay ninguna tan vieja y tan bonita.

2. Reconocen la bicicleta. Pertenece a la madre de mi anfitrión (bisbalenc también). Y actualmente, es él quien se dirige con ella a los sitios a los que tiene que ir habitualmente en esta ciudad.

3. No identifican a “la noia”. Es decir, no parezco local. Y aunque pareciera una catalana más, no soy de esta ciudad pueblerina. Y eso se sabe cuando se vive y convive en un sitio donde se conoce todo lo que pasa.

4. Y no puedo omitir el hecho de que mis piernas al sol, pedaleando este maravilloso artefacto provocan una buena composición digna de fotografiarse (modestia completamente aparte).

Cualquier combinación de respuestas dará un resultado abrumador si eres un local.

Sé de buena fuente que hay quienes últimamente se refieren a mí como “la niña”. La tía de mi anfitrión, su madre, sus amigos. Un treintañero como él, hijo pródigo de La Bisbal, que se resiste a ser atrapado, que vive en una casa de tres plantas y un jardín, sin perro, ni gato, ni mujer, ni hombre, ni hijos, ya causa admiración (para bien o para mal), a un pueblo que está lleno de abuelos y jóvenes emparejados a quienes no les falta el carrito del bebé o la mascota de turno. Ahora que tiene a “la niña” en casa, quedándose por tiempo “indefinido” (porque no sé si me regreso a la gran Barcelona el martes o el miércoles y él tampoco lo deja muy claro cuando se lo preguntan) las incógnitas le rodean. ¿Son novios? ¿Están juntos? Y sobre todo, ¿quién es ella? Sobra decir que hemos recibido invitaciones a cenar. “Hemos”. Seguramente causa curiosidad que el gran misterioso solitario llegue acompañado a casa de otra pareja, a casa de sus padres, al bar de cada noche.

Yo sonrío. En otros sitios, esta “rareza” sería motivo de charlas larguísimas, de preguntas que traen más preguntas, intercambios de teléfonos. No en Catalunya. Aquí las cosas no funcionan así. Tener la piel de un color diferente no provoca palabras. Y, depende del tamaño de la ciudad, tampoco miradas. Así que supongo que, después de casi 4 años en una parte del mundo donde la curiosidad se calla, puedo sonreír al saber que la gente se interesa al menos por saber si me he robado la bicicleta de la Sra. Balaguer, o si finalmente, el ermitaño del pueblo ha encontrado a alguien igual de rara que él. Hay otra frase: “siempre hay un roto para un descosido”. Dejemos que los locales hablen (si es que lo hacen).