Este es un ejercicio.

Quiero crearme el hábito de escribir cada día sin estresarme porque abrir el ordenador signifique ocio, procrastinación y muchas horas perdidas en el Twitter. O que el acceso a tantas y tantas letras de calidad a través de mi pantalla signifique la excusa perfecta para no escribir lo que estoy pensando, sintiendo, viviendo.

Hoy, cuando volvía a casa, pensaba en esto. Pensaba en que el periodista tiene una función muy importante: dejar constancia del hoy. Leo artículos de opinión sobre cosas de las que se ha hablado infinidad de veces. Al fin y al cabo, también la literatura universal está compuesta por cuatro o cinco temas básicos. Leo textos clasificables, como literatura de viajes, acerca de lugares que están más que visitados y explorados. Al mundo, gracias a Google, le quedan pocos sitios vírgenes. Y aunque no lleguemos a movernos de casa, podemos visitarlos con sólo pasar unos cuantos minutos haciendo click tras click tras click.

¿De qué escribir entonces?

Descubro pues, que tengo el poder —las herramientas, las armas—, para dejar constancia de mi presente, aunque mi día-a-día no tenga una gran notoriedad. Mi vida no es la de una exploradora o una aventurera. Hoy, por ejemplo, soy una paciente más con gingivitis a quien le han raspado las encías. Una de tantas personas que odian las inyecciones. Una de las decenas de mujeres que pensamos que ir al dentista es peor que visitar al ginecólogo/a.

Con la anestesia adormeciendo todavía mi cara, crucé el Poble Nou y me interné en Plaza Glories. No tenía nada a qué volver a casa todavía. Es decir, sí, tenía a qué volver. Hace tiempo que quiero empezar a escribir una novela, pero distraerme significa no enfrentarme a que todavía no encuentro el hilo bueno del cual tirar. Así que pasée por las tiendas de ese centro comercial. Pensé que es un sitio al que habría traído a mi padre.

A mi padre le gustaban los centros comerciales. Le gustaba saber que podía comprar. No compraba nunca nada, pero le gustaba ir y hacer un estudio mental de la situación socioeconómica actual. Si veía mucha gente paseando sin bolsas en la mano, lo señalaba con preocupación: “Nadie está comprando”. Daba igual cuán felices eran las familias compartiendo un solo helado o una bolsa de palomitas, o el simple oxígeno, él tronaba un poco los labios y negaba con la cabeza en claro desasosiego. Se quedaba pensando, como si dentro de sí se estuviera maquinando la solución a la crisis del peso mexicano. Mas si, al contrario, la economía del día era saludable y mi padre veía a muchas personas entrando y saliendo de las tiendas con sus bolsas de compras, callaba. Sonreía. Y como mucho, se le antojaba un helado.

Hoy crucé Plaza Glòries descubriendo las reformas que yo no había visto. A saber cuándo las terminaron. Creo que la última vez que estuve allí fue para comprar jamón y productos alimenticios en el Carrefour. Regalos que haría a mis padres. En 2015. Bajé a la planta inferior para ver más y más tiendas, más y más productos. Buscaba un helado. Se supone que cuando vas al dentista y te ponen anestesia puedes tomar un helado. Pero no se me antojó lo que vi. Además, con eso de la intolerancia a la lactosa, mi gama de sabores si reduce. El Starbucks había quedado ya atrás, así que eso tampoco era opción.

Seguí viendo tiendas. Entré a un par de ellas. Tampoco me apetecía comprar nada. Vi muchísimas cosas bonitas, sobre todo blusas y camisetas. Pocos vestidos, eso sí. No quise comprar absolutamente nada. Ni aunque los colores, las telas y los precios fuesen tentadores. Se supone que en las terceras rebajas está todo increíblemente más barato y asequible. Quizá era así, pero “¿para qué?”, pensé.

Volví a casa andando, esperando a que poco a poco se deshincharan mis labios y mis encías. Que mi cara volviera a la normalidad. Desde Clot hasta casa es algo más de media hora. Lo decidí: Media hora bajo el sol de la tarde. Sin parar. Mi psicóloga dice que tengo que caminar media hora sin parar cada día. Sin escaparates. ¿Qué tantos escaparates puede haber en Bac de Roda, en La Sagrera? Eso hice. Crucé los barrios hasta el mío sin detenerme.

Ahora estoy en casa. Escribiendo esto en un ejercicio de convertir mi vida cotidiana en algo escrito. Como cuando llevaba un diario en la adolescencia donde contaba, con o sin detalles, que el concierto del grupo tal había sido toda una experiencia. O que hoy había hablado con aquel niño que me gustaba. O que tal amiga estaba triste. O que tal o cual chico tenía tal o cual novia. Escribir sin juicios. Sin decir: “hoy no me pasó nada interesante”, que es mi cruz. O sí: decirlo, pensarlo, pero escribirlo igualmente.

Aquí está.

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