Mi perra murió anoche. Hoy. Hace rato. Mientras yo dormía. Se cayó por la escalera, se fracturó la columna vertebral, el dolor era extremo y ella era muy vieja. Tuvieron que dormirla. Estaba ciega. Y sorda. Tenía dieciséis años. Una de las veces que quise mucho y desesperadamente volver a México fue para ver a mis abuelos y ver a mi perra. Era verano de 2016. Mi abuelo murió en otoño. Antes de que yo pudiera hacer ese viaje. Maldije en aquel momento, con todas mis vísceras, a la Ley de Extranjería y sus malditos esclavo-funcionarios que no tuvieron la renovación de mi visado a tiempo. Mi abuelo también era sordo. Tenía más de noventa años. Era imposible tener una conversación telefónica con él. Me hubiera gustado que mi abuelo tuviera email o Whatsapp, para enviarle mensajes de texto. No sé qué le habría escrito. Seguramente nada. Pude haberle escrito cartas y tampoco lo hice.

Mi abuela aún vive. Mi abuela fue un manzano altísimo, frondoso, de frutos jugosos y ramas fértiles. Hoy apenas es una ramita. Una que se está secando poco a poco, poco a poco, pero con la fuerza suficiente para darte un zopapo si es necesario. Mi abuela tiene más de noventa años. Dieciséis años de perro equivalen a más de cien años humanos. Mi perra era una abuela también. Una viejita. Mi mamá le llamaba Mi Viejita. Yo le llamaba Nino. Se llamaba Camila, pero ya no respondía a ninguno de estos nombres. Estaba sorda. Y ciega. Se asustaba cada vez que la tocabas porque no sabía de dónde habías salido. Seguro le fallaba el olfato también.

La última vez que estuve en México, el pasado abril, cada mañana, bajaba a abrirle la puerta para que saliera a mear/cagar y ladrar, que era lo único que hacía en el último tiempo. Y dormir. Camila-Nino-MiViejita dormía mucho y muy profundamente. Yo la contemplaba allí, acostada e inmóvil en su canasto remordido y viejo como ella y temía, cada mañana, que ya no fuera a despertarse. Casi ni se le notaba el respirar. Mas cada día de ese mes, se levantó. Salió. Cagó, comió y ladró. Una vez incluso, me amenazó con un gruñido porque la estaba molestando demasiado. Como una anciana malhumorada se quita de encima los reclamos de una niña mimada y fastidiosa.

Esta mañana, hoy, hace rato, a kilómetros de distancia de mi perra y de mi abuela, me desperté con la noticia de que una de ellas había muerto hacía apenas unos minutos. Camila-Nino-MiViejita. Mi perra. Con dieciséis años. La que yo hice traer desde México DF a Guadalajara. La hija de la perra de una amiga que había tenido seis o siete cachorritos cocker spaniel color miel que necesitaban un hogar. Cero pedigrí. Un amor de mascota que llegó a nuestra casa con poco más de dos meses. Una bolita. Hay fotos de ella con esa edad. Seguro. La que tengo yo hoy es una foto de su cuerpo inmóvil en la mesa del veterinario, enviada por Whatsapp a las 07:25 de la mañana. Yo apenas me estaba despertando. He llorado. Sigo llorando cuando pienso en Camila-Nino-MiViejita. Pero no sé si lloro por ella, por mi abuelo o por mi padre. Los tres muertos en un lapso de dos años. Tal vez lloro por mi abuela, aún viva y resistiendo.

Después de la muerte de mi abuelo en otoño de 2016, la oficina de Extranjería me dio un respiro y el gobierno español una gran noticia. Pude viajar al extranjero. Pospuse un viaje de aventura y conocimiento interior —que llevo años posponiendo— al sudeste asiático. Mi prioridad era ver a mi abuela. Y a mi perra. De algún modo, sé que quería despedirme de ellas. Quién sabe cuándo tendría una nueva oportunidad de cruzar el Atlántico.

Debo hacer un paréntesis ahora; confesar que no me sienta bien poner en el mismo plano a mi abuela y a mi perra. Temo que  alguien, sobre todo alguien de mi familia, se ofenda. Pero debo ser honesta y es así. En aquel momento, mis seres queridos cuya “fecha de caducidad natural” estaba más próxima, eran ellas dos. Y yo quería verlas, abrazarlas, quererlas en vivo y en directo, tal vez, una última vez.

Pero poco sabemos de las jugarretas del destino (risa macabra que anuncia un giro en las expectativas).

Mi perra y mi abuela han estado ahí en muchos momentos importantes de mi vida. Mi abuela es mi admiración. Los ojos de mi padre la pusieron en un altar que, a mí, me causó siempre curiosidad y fascinación. A la vez que me imponía. Nino fue mi compañía, heredera del puesto de “paño de lágrimas particular de Ale Oseguera” después de que nuestra anterior mascota muriera. En el momento de aquel viaje de supuesta despedida, en marzo de 2017, mis padres no me preocupaban. Tenían una salud aceptable para sus sesentayalgo años y comenzarían pronto a vivir las libertades propias de su edad. Querían viajar. Mi padre ya me la había jurado: no volvería a Barcelona. Era su momento de ver el mundo y no iba a desperdiciar energía-esfuerzo-dinero en volver a Europa. “Si quieres verme, tendrás que venir a Argentina o a Chile”. Mi papá no pudo conocer ni Argentina ni Chile. Yo tampoco he ido nunca.

Mi padre, todavía sin destino claro, se quejaba de que Camila les ataría. Si querían irse a ver el mundo, debían primero ocuparse de dejar a La Perra en algún sitio. La Perra. Mi padre siempre le llamó La Perra a Camila. Decía odiarla. Aunque era mentira. Camila se había subido a su cama con él delante infinidad de veces. Y había reído porque Camila, cuando era joven, daba volteretas sobre sí misma, perra de circo. Le gustaba correr sin parar por la habitación de mis padres, haciendo un circuito que pasaba invariablemente por encima de la cama. Mi padre gritaba: “¡Nooooo! ¡La Perra me va a llenar de pelos la colcha!”. Pero nunca le hizo detenerse. Esperaba a que terminara y le decía con la autoridad del que se sabe jefe de la casa: “¡Largo de aquí!”. Y Camila se iba con la cabeza gacha. Mi padre se reía. Supongo que le hacía gracia la hiperactividad perruna. Y la docilidad.

Así que, durante aquel viaje, intenté respirarlas mucho. A mi Nino y a mi abuela. Y me despedí de ellas por dentro. Pensando que ya de mi perra no volvería a saber nada, salvo la noticia de su muerte. Prometí llamar a mi abuela con más frecuencia. Se lo prometí a mi padre, quien dijo que él me llamaría por Skype cada vez que fuera a visitarla. Así podría verla y saludarla. Poco sabíamos, mi padre y yo, que se iría primero él. Y que yo volvería a verlas a ambas con motivo de su funeral.

Pienso que mi abuela ahora no puede tolerar el seguir viva. Más de noventa años y un hijo muerto, un acto que los adultos califican como el más antinatural de los actos vida-muerte: ver a tu hijo morir. Algo que no se le desea ni al peor de tus enemigos. Mi perra, por su parte, en un movimiento desafortunado, muere tras una caída. Como mi padre, que murió tras una caída. Él, la roca inquebrantable, la voluntad de hierro, el muro de cemento, el digno heredero del carácter de acero de mi árbol-abuela de las manzanas. Muerto. Debía haber muerto primero mi perra. Antes que todos. Debían haber muerto por estricto orden numérico. Pura objetividad matemática. Dieciséis años de perro son más de cien años humanos. Mi padre, con sesenta y cinco, debería estar tomando café conmigo ahora, conectado con mi abuela por Skype. Aunque no hubiera ido nunca a Buenos Aires. Pero aquí, conmigo. Con nosotros. Y sigue pareciendo absurdo comparar las vidas y muertes de mis abuelos, mi padre y mi perra, pero es que todo está unido a un hilo. El hilo de mi familia fracturada por la columna vertebral. Como mi perra antes de morir. Rota.

Poco sé, todavía, de la fragilidad de la vida y la inmensidad de los abrazos. Sobre todo, de los que están llenos de adioses. Como los que le di a mi abuela y a mi perra en marzo de 2017 y que debían haber caído en mi papá (otra vez la risa macabra del destino), muerto el cinco de agosto de ese año. Mucho antes de lo que le tocaba.

Tengo que llamar a mi abuela.

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