Hoy terminé de leer Los Pissimboni, un libro del que nunca había escuchado, de una autora cuyo nombre no me sonaba de nada: Sònia Hernández. Empecé la lectura entusiasmada, sin googlear sobre aquel tesorito que me habían regalado por Navidades. Tampoco leí la contraportada. Nunca lo hago a menos que vaya ya a la mitad del libro. Detesto encontrarme con spoilers.

La primera parte del libro me emocionó. Es inquietante. Disfruté cada párrafo con cada vez más ganas del siguiente. La primera frase dice “Nadie quería a los Pissimboni”. Y con ella, empieza a hilvanar la historia de la familia que vive en la casa cubierta de hiedra en lo alto de la colina. La narrativa de Hernàndez es magia, pero magia oscura, de la que permite vislumbrar cavernas pero no adentrarse en ellas del todo. Con ella nos pone en cuestionamiento grandes temas como las raíces, el afecto, el arraigo o la incomunicación, además de la libertad, el tema central. En un diario calificaron su escritura Hernández como perturbadora. No puedo estar más de acuerdo.

Como lector, es difícil no querer a los Pissimboni. Pero no quererlos con afecto, sino con ganas de hacer arqueología en sus memorias. Mamá y papá Pissimboni viven de la melancolía, contándoles cada día a sus hijos las maravillas de su origen perdido en la ciudad de Sandofar, un lugar al que anhelan volver y del que nadie sabe por qué salieron. Sandofar se presenta como una ciudad donde todo es perfecto, donde los ciudadanos se respetan y las personas pueden ser en toda su plenitud. No así el pueblo que hay bajando la colina, habitado por personas llenas de odio.

Entrada la novela, Hernández se centra en Yago, uno de los hijos. Yago se nos presenta silencioso y tranquilo pero curioso. Haciendo uso de su libertad, se adentra en el pueblo a descubrir otros olores, sabores, sonidos. El joven Yago termina buscando el origen de su familia en la Casa del Pueblo, la versión de Hernández de lo que podría ser El Castillo de Franz Kafka.

A partir de la mitad, lo kafkiano se apodera de la novela y pasamos de una tranquilidad melancólica a una impotencia casi irascible ante una autoridad incomprensible e incoherente. No cuento más porque no tiene sentido tratar de explicar lo que allí pasa con Yago. Si alguien ha leído El Proceso o El Castillo, que antes cité, sabrá a lo que me refiero cuando hablo de esa sensación de absurdidad o irracionalidad. De lo kafkiano.

Bien cargada de paciencia, cuando vi que me pasaría un buen tramo de esta novelita con la asfixia amenazando mi cuerpo, avancé por las páginas hasta que tuve la sensación de haber entrado en un bucle. Me parecía que, ya no Yago ni los funcionarios de la Casa del Pueblo, sino la mismísima Sònia Hernández había caído presa en su propia trampa literaria. Comenzaron a repetirse los verbos, adjetivos, argumentos, preguntas, situaciones, explicaciones. Claro, todo muy acorde con la situación que estaba viviendo el personaje, pero me llegué a preguntar si no podíamos haberle quitado unas cinco páginas de redundancia a la novela. No habría pasado nada, en efecto. O ¿por qué mejor no escenificar más, en lugar de soltar discursos conceptuales?

De cara al final, el efecto refrescante casi místico del principio no retorna. Y no es por qué vayamos avanzando hacia un final de desgracia y patetismo y esa es la intención de la autora; sino porque cae en el error de sobreexplicarse. Al menos ese fue mi sentir de cara al desenlace. Aprecié el final, tanto por ser algo inesperado como porque de haber sido más largo el texto yo habría muerto de sopor.

Obviamente esta es una novela que no es apta para quien busca entretenerse y nada más. Es un texto que requiere cabeza, paciencia y la valentía para cuestionarse los muros físicos y mentales de nuestras sociedades. También, para pensarnos en el concepto familiar y los vicios y patrones que esto conlleva.

¿La recomiendo? Sí, pero no a todo el mundo.

Ficha
LOS PISSIMBONI
Sònia Hernández
Ed. Acantilado. 2015

 

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