México: políticas de la Edad Media para el siglo XXI

Foto: Reuters/BBC

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Querer criminalizar el aborto y creer que sin “Familia Tradicional” no hay patria o Dios, en pleno 2016, es de irresponsables. Detrás de la fe “en Dios” en la que se escudan quienes defienden esta idea, esconden un profundo miedo y odio. Lamentablemente,  a veces sin saberlo. Son personas peligrosas. La gente que salió ayer a la #MarchaXLaFamilia en México es peligrosa.
Entiendo que en una región como el occidente de México, donde en los años 30 del siglo XX se levantaron en armas campesinos y otros civiles, manipulados por los curas, en nombre de Cristo Rey, hoy se lleve a cabo una marcha en contra de las familias que no sean mamá-papá-hijos. Entiendo que se lleva en la sangre el oscurantismo católico. Pero no porque sea lógica la Historia y su naturaleza cíclica es justificable que un grupo de intolerantes pretenda manipular las leyes del país.

Tampoco es justificable que los otrora líderes de la izquierda progresista (AMLO) que promovieron en su momento grandes avances en materia de derechos civiles, ahora aprovechen que EPN tenga en contra a los sectores más conservadores y retrógradas del país (que ironía), para ofrecer alianzas a la Iglesia Católica. Evidentemente, lo hacen con el fin de obtener votos. Tener a la Iglesia del lado es casi que tener al jinete ganador.
Lo que está pasando en México, país del absurdo por antonomasia, debe de servir de ejemplo de lo dañino que puede ser la intromisión de la Iglesia, cualquier Iglesia, en los asuntos del desarrollo del pensamiento. Lo dañino que es que tenga la libertad y el beneplácito del gobierno para educar/manipular a la población. Lo que digo es un cliché pero: usar el nombre de Dios para promover el odio es peligroso. Y hoy, Occidente, lo estamos viendo no en un país desconocido y lejano, sino en un país “alineado”.
El odio que promueven no las religiones, sino sus instituciones y representantes es peligroso, asqueroso y vergonzoso. La Marcha por la Familia debe no sólo preocuparnos, sino indignarnos y ocuparnos. Pero, ¿qué salida nos dejan? ¿Empezar la guerra de las marchas callejeras? ¿Seguir, como si de un partido de fútbol se tratase, los debates parlamentarios?
Los otros debemos estar atentos y sobre todo, mantenernos firmes, para que la importancia de la familia, una institución que debería ser sinónimo de unión, fortaleza y amor en cualquier de sus formas, no sea propiedad de unos cuantos: los retrógradas del Frente Nacional por la Familia. Y tal vez sí, aceptar que no somos un país unido, sino que estamos divididos en dos bandos: los que vivimos en el siglo XX y los que anhelan la vuelta a la Edad Media.
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