YO FUI BECARIA DEL PROSTÍBULO POÉTICO – Tres años en el escaparate poético de Barcelona

Yo fui becaria del Prostíbulo Poético.

Foto: Diambra Mariani / Francesco Mion

Foto: Diambra Mariani / Francesco Mion

A quien no conoce este proyecto, ésta le parecerá una afirmación graciosa. Seguro habrá a quien le parezca provocadora y soez (es lo que tiene la palabra “Prostíbulo”).

Y quien conoce el proyecto -quien lo conoce de verdad- sabrá la magnitud del huracán de emociones que esa frase lleva consigo.

Yo debuté como becaria del Prostíbulo Poético de Barcelona hace más de 3 años. En la galería-taller de arte Corretger 5 del barrio del Borne. Esa noche actuaba, como parte del elenco, una mujer a quien había visto ganar, unos meses antes, un Poetry Slam. La verdad es que no recuerdo su poema ganador, pero sí lo que me había sorprendido de ella: la entereza y pasión con la que recitó sus textos ante cientos de personas en el CCCB.

Aquella primera noche como parte del elenco del Prostíbulo Poético, yo llevaba puesto un tutú de encaje, corsé y liguero. Era el dresscode del espectáculo: cabaret a la usanza de los años 20. En la vida habría pensado llevar en público prendas tan reveladoras como aquellas. Y sin embargo, la verdadera desnudez estaría en el momento en que, vestida de “Marea” -mi alter ego dentro de la compañía-, recitaría en voz alta y ante decenas de personas un texto mío. Mi “Cama Vacía”, tan personal, íntima y privada como lo es la poesía para su autor o autora.

Quien ha estado en el Prostíbulo Poético conoce de primera mano lo que la poesía puede hacer con nosotrxs durante las pocas horas que dura el espectáculo. El modus operandi del Prostíbulo Poético es un acto de transgresión.

Los juegos de poder que se dan ahí, tirando únicamente del arte como arma, logran romper las barreras de la cuarta pared, de la monotonía, de la timidez, de los géneros y las clasificaciones. El Prostíbulo Poético apela a la honestidad de la desnudez. Tiene como objetivo provocar y emocionar por al menos tres de los cinco sentidos. Prefiere que te lleves una experiencia amarga, rabiosa o triste, antes que dejarte indiferente. Y créanme, después de un recital “privado” con alguien del Prostíbulo Poético, es imposible quedar indiferente. Ni como público, ni como intérprete. ¿El objetivo? Que ambas partes (espectador-cliente y poeta-puta) puedan compartir poesía. La poesía de la noche. De la vida.

*

Antes de mi primera noche en el Prostíbulo Poético, yo sufría de pánico escénico. A pesar de haberle dedicado varios años de mi vida al teatro, no podía físicamente leer textos propios en voz alta y con audiencia. Ni siquiera en el más pequeño e íntimo recital de micro abierto. Se me secaba la garganta, sudaba, perdía la voz… No me pasó nunca cuando participé en representaciones escénicas con textos de Wilde, Rulfo, Sabines, Sor Juana o Shakespeare. ¡Por supuesto que no! Contar con sus letras es como tener un súperpoder. Pero mis textos…

Por aquella época sucedieron dos cosas involuntariamente encadenadas. Dos autobuses lanzadera:
1. Entrevisté para la revista LeCool (con la que colaboré hasta el año pasado) a la actual directora del Prostíbulo Poético, Sonia Barba, a propósito de su obra de teatro Bingo.
2. Conocí a Belén Berlín en un taller de performance poético que dirigían Tatiana Sánchez Garland y Gonzalo Escarpa. (El último día del taller conocí a Iván Hombreperro, pero esa es otra historia).

Para no hacer el cuento largo, ambas me invitaron a probar suerte en el Prostíbulo Poético. Y no sin poner resistencia, finalmente acepté.

Tres años después, aquí estoy. Viendo como crece ya no únicamente el Prostíbulo Poético, llegando a ciudades como París, Caracas, Valparaíso, Londres… Sino todos los eventos relacionados con la poesía en Barcelona.

Podríamos pasar horas (y me encantaría hacerlo) tirando de los hilos de nuestra historia reciente como sociedad para saber cómo hemos llegado a un momento en el que un evento de literatura oral llega a congregar a casi 1000 personas un día de fútbol. O el fin de semana de las rebajas. Cómo un grupo de poetas pasa de recitar en un bar a actuar en un teatro lleno. Cómo nacen, crecen y se reproducen los colectivos y las compañías de performance poético. Cómo las distancias se han acortado cuando se trata de ir a escuchar poesía. Cómo han logrado algunos poetas y performers de la palabra irse de gira (incluso giras trasatlánticas o a países donde no se habla castellano) con gastos pagados.

No cabe duda de que, en Barcelona (y en ciudades periféricas como Santa Coloma, Badalona, Sant Boi de Llobregat o Mataró), la poesía goza de una buena salud. ¡Enhorabuena!

Podríamos enumerar a quienes tienen el mérito de esta buena racha. Y en esa lista veremos nombres de escritor@s, promotor@s, actores y actrices, editor@s, performers, público, músic@s, bailarin@s y un largo etcétera. Es a la poesía y a lo que representa, y es a todas estas personas, a quienes debemos que, con todo y lo que nos está cayendo como sociedad en pleno 2016, podamos seguir haciendo de la literatura una fuente con la que calmar nuestras sed y vacíos.

*

En los últimos tres años yo he crecido también. Muchísimo. ¿Como poeta? No sé. Espero. Pero sí que siento que he crecido como persona gracias a lo que muchos llamamos poesía.

De dentro hacia afuera: He recitado en Poetry Slams de Madrid y Barcelona, he participado en festivales de teatro, dramaturgia, música y spokenword, he publicado un libro, he formado una compañía de literatura oral, he realizado recitales completamente en solitario, he descubierto la adrenalina de la escritura en vivo y he descubierto eso de la “multidisciplinareidad” (si es que eso existe).

POETRY SLAM

De afuera hacia adentro: He conocido a gente de círculos y ambientes tan variopintos que a veces parecía surrealista dónde y con quién me estaba tomando una cerveza. Tan bizarra la coincidencia espacio-temporal, que me parecía hasta insólito el poder compartir con alguien las partes de mí que sólo pueden expresarse con las letras.

Todo eso empezó con una noche. Una noche que ni siquiera fue aquella en la que debuté como becaria, sino tal vez, la primera vez que fui de público al Prostíbulo Poético, cuando aún ni existía en él Sonia Barba. O tal vez aquel primer Slam que vi en un bar del Poble Sec. O la primera vez que intenté recitar un texto propio en ese mítico bar que ya no existe llamado Segundo Acto. Tal vez mucho, muchísimo antes, cuando ni siquiera vivía aquí y rellenaba a mano cuadernos y cuadernos y cuadernos con la esperanza de que un día mis letras se hicieran realidad.

*

En los últimos tres años los cuestionamientos y críticas que he recibido han venido por todos los frentes: “¿No te da vergüenza?”, “¿Por qué lo haces si no te pagan?”, “¿Qué van a decir de ti?”, “Escribiendo te morirás de hambre”, “No deberías recitar eso en público”, “No deberías dejar que nadie se entere”, “La poesía que se recita no es para imprimir en un libro”, “Eso no es alta literatura”.

Se supone que Andy Warhol dijo que hay que dejar que hablen de ti, aunque sea algo malo. Pero que hablen. No tengo la certeza de que haya sido Warhol el autor de este pensamiento. Ni siquiera puedo afirmar que sea the right thing to do. Yo he dejado que hablen. ¿Por qué? Porque confío en que las cosas caigan por la fuerza de gravedad y que el tiempo nos dé la razón.

El cotilleo sin fundamento, las habladurías y el chisme barato son igual de perjudiciales que las obsoletas creencias de que un poema, por ser recitado, ya no puede ser impreso. O que una mujer “atractiva” no puede escribir bien. O que el humor y la ironía no pueden ser Alta Literatura.

Foto: Alina Cvetkova

Foto: Alina Cvetkova

¿O es que acaso Rimbaud era menos poeta por su edad? ¿O porque alguna vez lanzó sus textos en voz alta? ¿Es que acaso los textos de Cortázar perdieron valor en el momento en el que los dejó él mismo grabados con su voz? ¿O es que la poesía de Pizarnik es menos poesía porque era mujer?

Llevo tres años descubriéndome en el fascinante y doloroso mundo de la poesía. Tengo que confesarlo: desde los quince que sólo escribía narrativa y ya tengo más del doble de años. Otra confesión: No me he hecho rica con la literatura. Y con la poesía, al contrario, creo que he “perdido” dinero.

O más bien, he hecho una inversión.

Cada céntimo que he invertido en comprar un billete de metro que me lleve al recital, un bocadillo en un bar tras un show que termina tarde, un lápiz labial, accesorios para el vestuario, un taller de teatro, una clase de canto… Cada tarde y cada noche en casa sin salir para terminar de escribir un texto, montar un libro, ensayar un número, subir un vídeo al YouTube, es para poder seguir aliméntandome con arte.

Es también, espero, parte de mi contribución a esta sociedad tan falta de ese mismo arte que a mí me hace tan feliz y tan insanamente sana. Y si lo hago, es porque me he contagiado del entusiasmo con que otros ya hacían exactamente esto mismo antes que yo. Y por la ilusión de quienes quieren hacerlo también. Escribir. ¿Qué hay de malo en ello? Montar una obra de teatro, cantar una canción, recitar un poema, bailar un tango. ¿Qué hay de malo en ello? Dirigir una compañía de performance poético. Coordinar un evento de spokenword de carácter internacional. ¿Qué hay de malo en ello? ¿Por qué habría de ser desdeñable vivir del arte?

Y lo aún más insólito: ¿por qué alguien que intenta “ganarse la vida” con la literatura (oral o escrita) querría difamar a su igual? ¿Para qué?

La crítica y la retroalimentación son obvias. Y necesarias. También el espíritu competitivo (en una sociedad como la nuestra es imposible no tenerlo aunque no sea del todo sano). Pero los comentarios que pretenden restar mérito a uno u otro espectáculo, a uno u otro grupo de poetas, a uno u otro autor, sólo porque sí, no hacen sino comenzar a pudrir las manzanas del frutero. TODAS las manzanas del frutero. Incluida la que lanza el veneno.

Somos actualmente miles de personas disfrutando de una u otra manera de este pequeño boom de la literatura oral. Cierto. Y a pesar de que hubiera gente conectada al streaming de la Coupe du Monde de Poetry Slam la misma noche en que el Real Madrid ganaba la última Champions League, no hay que despegar los pies del suelo. Hay que admitirlo: no le hemos ganado ninguna gran batalla aún ni a la telebasura ni la web-basura.

Una propuesta: ¿Qué tal si dejamos que la gente decida a dónde quiere ir, a qué taller/colectivo/compañía quiere apuntarse, con quién se junta? Otra: ¿Qué tal si escribimos y escuchamos más, y hablamos menos? Una más: ¿Qué tal si, ante la duda, preguntamos antes de afirmar mentiras?

*

Foto: Diambra Mariani / Francesco Mion

Foto: Diambra Mariani / Francesco Mion

El próximo 10 de junio, el Prostíbulo Poético presenta a sus nuevas becarias, un grupo de hombres y mujeres que escribe, recita y se mueve. Un grupo de poetas que quieren conocer y conocerse en la literatura, movidos básicamente por amor al arte. No por amor al dinero o al reconocimiento individual. Al menos no como motor inicial. Cada quien luego tiene sus motivos personales para compartir sus textos. Y sí, ¡para eso están los escenarios! Éste, el del CCCB, el de las periferias, festivales, bares, teatros y hasta el escenario de la calle misma. O el de tu habitación una noche de primavera en la que encontraste esa inspiración que te faltaba, esa palabra exacta que describe la emoción de un momento clave de tu vida.

Somos pocos en el mundo de la literatura. Somos aún menos en la poesía. ¡Hay que alegrarnos de que cada vez haya más público yendo de un espectáculo a otro! Pero sobre todas las cosas, hay que alegrarnos de que cada vez haya menos poetas sin miedo.

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