VEINTICUATRO HORAS

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Lunes. Ocho de la mañana. Saqué la bici del anclaje. Me tomó media hora llegar al trabajo. Respiré el aire e ignoré a los conductores estresados que intentaban ganarle al semáforo. La luz verde era para mí.

Me tomé un té mientras hacíamos la lluvia de ideas. Chai, con leche y de azúcar, nada. Compré la cajita la semana pasada y tuvo el éxito esperado. Todos en el estudio estaban encantados. Es oficial, beberemos chai cuando acabe el verano.

Salí temprano y decidí volver en bus. Me gusta trasladarme en autobús. Los cristales dan paso a la luz del sol y al aire. Tambalea tanto que casi nadie tiene el móvil al alcance. Se puso a hablar conmigo el señor que venía al lado. Me contó que hacía sesenta años que vivía en Barcelona, en el barrio vecino. “Antes, ahí, podías comprar pollo fresco. Y conejo”, me dijo señalando un altísimo edificio de viviendas sin techo.

Llegué a casa a las seis. Herví la pasta. Me hice la comida de mañana y estoy esperando a que se enfríe. Luego, la meteré al refrigerador. Barrí la tierra que ensució el patio tras la tormenta. Las paredes seguían blancas, eso sí. La tierra mojada, las flores brillantes. La vista era perfecta.

Son las ocho y me pongo a escribir. Quiero decir algo de ti y me doy cuenta de que no te echo de menos. Han pasado veinticuatro horas desde que nos alejamos. Y no, pienso, hoy no te extraño. Porque hoy estás conmigo. Porque mañana estarás aquí.

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