MADRE DE MIS HIJOS

Le decías que no querías ser terapueuta pero él insistía y te contaba los problemas con su madre. Tú le escuchabas y al final, cansada del todo, terminabas por darle la respuesta que te negabas a darle.

Pero harta de que se muerda la cola el pez, de que se persiga a sí mismo una y otra vez, decides hablar, ya con la voz ronca, las cuerdas desgastadas y las ganas que se han ido por haber reventado.

Han estado hablando, y hablando, hasta les tres de la madrugada. Le dices lo que piensas y él se convierte en un niño. Srinca de un lado a otro y te dice gracias, gracias, gracias, me has devuelto la luz, me has traído la esperanza.

Y tú piensas que puede quedarse. Le dices que te haga el amor, que te tome, que eres suya. Porque te gusta verlo feliz y te excita que sonría. Estúpida. Te pone que sonría porque sabes que tú has provocado esa sonrisa.

(Y él, aún cansado y sudoroso, te dice gracias linda, me voy con mis amigos a buscar a la madre de mis hijos.)

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