ALCOHOL Y OTRAS DROGAS

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He visto las caras del consumo, dice. Al principio relucientes, juveniles, cándidas y amorosos. Todos son ninfas y hadas y duendes. He estado con ellos por años, brincando con los muelles imaginarios de nuestras piernas. Yo era su dios porque les marcaba el ritmo. Ahora más alto y más fuerte, ahora suave y delicado. He superado las barreras de la muerte. Y he visto a todos aquellos seres mágicos llegar a la vida adulta como infames esqueletos polvorientos, haciendo el amor por necesidad más que por placer, esclavizados por el humo o la pastilla o el polvo y la piedra. El alcohol me ha dado más sinsabores que alegrías, declara. Mis recuerdos del vino son de náusea, lágrima, vómito, mierda y sangre. Me he vuelto desconfiado. El alcohol se ha llevado a la gente. No en accidentes asquerosos, ni en cuentos sensacionalistas. Me ha  aislado. Me ha sugerido el suicidio como remedio. Todo porque nadie, o casi nadie -aclara-, ha aceptado no tomarse una copa conmigo. Sufro de antialcoholismo, y eso me ha reducido a uno. Soy un antisocial, un sociópata, un enajenado egoísta. Yo, que me he negado a ser niñera de la desesperación, que me he quedado en medio de la luz hasta que amanece, a base de sueños profundos de entre 6 y 8 horas diarias. Yo, que bebo agua por deporte y me planteo la inmortalidad como objetivo, seré olvidado porque nadie nadie nadie se acordará de mí mañana. Están todos borrachos, afirma.

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