QUE EL TIEMPO ESTÉ CONTIGO

salonEso de no llevar reloj es una farsa, no ha servido para nada. Lo he comprobado 15 años después, cuando me descubro esclava de las alarmas del móvil. Alarma para despertarme. Segunda alarma para despertarme en caso de que entre sueños fulmine a la primera con el poder de mi dedo índice. Tercera alarma 15 minutos antes de ir a trabajar para no colgarme con el desayuno. Alarma para que no se me olvide la cita con el médico (la tercera es la vencida). 

No sirve de nada no traer un reloj en la muñeca. Ni negarse a ello. Una vez me regalaron un lindo reloj suizo color morado. Hace tres años. Todavía hace tic tac a pesar de que está enterrado bajo una pila de calcetines dentro de un cajón del armario (calidad la de los relojes suizos, vaya…). Nunca lo usé porque no quería sentirme dependiente del tiempo. Ahora me doy cuenta de que un reloj es una redundancia. El reloj viene dado dentro del estómago y el corazón, la piel y los dientes y los intestinos, la vista, el olfato, las uñas y el pelo. Se supone que cada cosa a su tiempo y todo objeto tiene su lugar. Pero, es confuso. Hemos inventado demasiadas libertades, todo para no sentirnos los simples monos que somos. ¡Nooooo! ¿Cómo? ¿Mono, animal, primate, gorila? ¿Yooooo, ente racional criatura superior, dueña y señora de todas las cosas que existen en el universo? Bla… Nos hemos comido nuestro propio cuento. El de que todo es posible. Somos víctimas de nuestras propias mentiras y de nuestra falta de autoestima. Ahora creemos que tenemos que dejar huella. Es extremadamente abrumador. ¿Qué hay que hacer con tanta inmortalidad?

Promesas. ¿Cuál es el fin último del camino? ¿Cumplir esas promesas que nos hacemos a nosotros mismos? ¿A los otros simios? Despertarse a tiempo, lavarse los dientes, la cara, salir al mundo. Hacer lo que a una le gusta: cantar, bailar, hablar, escribir. Llevar una doble vida: la de quien se supone que debes ser, y la de quien en realidad eres. Jugar el juego del mono político y social, aparentar que eres tan sapiens como se espera, y a la vez dejarte llevar por el instinto animal. Todo esto mientras violas cuantas leyes puedas, las del patriarcado, las del matriarcado, las de la Iglesia Católica Romana y Apostólica y la de todos los santos. Con tantas reglas que tengo que romper porque se espera de mí que sea tan libre como el viento (¡pffff!), me siento atrapada.

La verdad, tampoco está tan mal vivir en la prisión de alguien. Que el palpitar de otro corazón le dé el sentido a tu vida. Que tus reglas impongan un ritmo y que la norma sea no mirar el reloj del móvil salvo para cuando hay que ir a trabajar. Pero sobre todo, saber que, a veces, no hay razón para ir a trabajar. A veces hay que quedarse en casa, en la cama, conectar los altavoces, ponerlos a tope y dejar que Mick Jagger cante esta canción:

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