Palabra de hachís

Era mitad de semana. Las calles de Barcelona se llenaban de gente que, encogidos como caracoles buscaban el camino a casa. Nosotros nos reuníamos a las nueve en un bar cerca de Las Ramblas, tan cerca que resulta impensable que pueda ser inmune a los turistas. Los muros de piedra, las hormigas gigantes y el árbol fluorescente que vive en el fondo del bar nos servían de escenario para las sesiones de Micromiércoles, recitales de poesía en el que cualquiera estaba invitado a leer. Ahí conocí a Ramón Pereira, uno de los iniciadores de esos jams literarios.

Nos fuimos apuntando los colegas y asiduos al bar. Leíamos los textos, los propios y los clásicos. Nos descubrimos en el placer de la palabra y pasamos de ser meros bebedores de alcohol a piezas del puzzle literario. Poco a poco se fue uniendo más gente: espontáneos, veteranos, actores, poetas, narradores, payasos y payasas de esas noches que parecen sólo existir en las historias de París del siglo pasado. Los Micromiércoles calentaban nuestra mitad de semana y después nos enviaban a la vida normal. La poesía vivía, se encendía y se apagaba en una noche, con Ramón de estandarte cuando presentaba el happening del Rosa Poema para ser Quemado.

Hace casi tres años desde esas noches. La ley antitabaco nos envió a buscar otros escenarios. El arte con el que Ramón se enfrentaba al público entonces dista mucho de lo que logra hacer hoy, pero ya antes captaba nuestra atención con la sinceridad y el valor con el que defiende el verso. Ahora, el reflector se posa en su rostro. A los recitales le siguieron exposiciones de poesía visual y más presentaciones en La Papa, en la Xina, la Confitería, en el Harlem.

Lo he seguido desde entonces porque me une a su poesía un afecto personal y un entendimiento que habita en las letras y el refugio que en ellas encontramos. Y tres años después, con el Hachís en mano, Ramón nos deleita no sólo con su pasión por lo cotidiano, por la sangre, la muerte, el sexo, el amor y la hierba, sino con su sola presencia. Ramón ya no se pone el disfraz de poeta una vez por semana. La poesía se toma el cuerpo de Ramón todos los días. Con su voz llena los espacios, los oídos y los ojos de los que tenemos la oportunidad de verle enfrentarse al mundo con la potente pólvora de la palabra.

El viernes pasado, Ramón me contaba que su libro le ha pagado dos viajes en taxi. “De algo ha servido”, dijo. Con la cerveza en una mano y el Hachís en la otra brindamos por el éxito. Había leído su obra acompañado de la música de uno de los integrantes del grupo barcelonés Caballo Palmer, como un salto más hacia el abismo de la realización. Si se dice que los años no pasan en vano, Ramón puede estar seguro de que en su caso, los años hacen con él lo que hacen con el vino.


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