Well, whatever, nevermind – 18 años sin Kurt Cobain

El primer disco de Nirvana que fue mío mío -es decir, que no era un cassette de canciones pirateadas-, fue el MTV Unplugged in New York. Me lo regaló mi padre en clarísima petición de tregua con la que entonces era su hija pre-adolescente de 12 años.  Pobre. No tenía ni idea de la que estaba liando.

Lo bueno de tener un hermano mayor es que, a pesar de que llegas tarde a una década de rock, la música siempre te cae de rebote. Cuando Nirvana lanzó su primer álbum de estudio, “Bleach”, en 1989, yo tenía 7 años. Robert Smith y Morrisey eran personas en blanco y negro colgadas de las paredes de la habitación de mi hermano. MTV era todavía un canal de música y el grunge estaba en su fase de despegue. Como yo crecí pensando que algún día me haría sacerdotisa wiccana, Nirvana para mí sólo era el estado utópico de la paz espiritual. Y Nirvana era un grupo al que tenía que escuchar. Qué descubrimiento. Nunca, creo que nunca, ni con todos los rituales de velas aromáticas e inciensos, estuve más cerca del estado de gracia que con Smells like teen spirit, el himno oficial de la hormona estudiantil.

Quizá por esto el grupo de Kurt Cobain tenía ese nombre. Porque ninguna utopía existe si no la llevas como una cruz a cuestas. Quizá incluso por eso nos dejó aquel 5 de abril, convirtiéndose en uno más del grupo de los 27 al que ahora también pertenece la Winehouse. Estrellas hipnóticas, artistas del desencanto, mentes incomprendidas e inalcanzables.

Hoy hace 18 años de la muerte de Kurt Cobain y la búsqueda por trazar el mapa de la mente que se voló con una pistola sigue en pie. Mientras Wikipedia te habla de su infancia y sus orígenes, el mundo se orgasmea con las cinco pinturas “inéditas” del músico que han salido a la luz, o con las fotos de su último cumpleaños exhibidas desde ayer en Nueva York. Incluso Tom Cruise estaría por rendirle homenaje interpretándole en un biopic producido por Clint Eastwood (risas… o llantos).

Me atrevo a asegurar que todos tenemos ganas de volver a escuchar sus temas hoy, reivindicar su sitio no sólo en la música, sino en nuestras vidas; pero como él mismo diría, well, whatever, nevermind.

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