CIRCO BABYLON – Parte V: Dos días en bote

El río Mekong es uno de los grandes ríos del mundo. Nace en China, en la cordillera del Himalaya, y sigue luego por Birmania, Tailandia, Laos, Camboya y Vietnam. Se coge justo en la frontera entre Tailandia y Laos en el corazón del Triángulo de Oro. Ésta es una de las zonas más importantes de Asia en cuanto a la producción de opio. Incluye las montañas del sureste asiático en Birmania, Laos, Tailandia y abarca hasta Vietnam. Fue la zona de tráfico más importante de este producto en el siglo pasado, hasta que Afganistán le quitó el trono.

El opio estaría presente durante prácticamente todo el viaje. No es difícil conseguirlo. Ya en la montaña, uno de los días que cogimos la motocicleta para ir a las cascadas, veíamos como la gente local nos hacía señas con las manos. Primero no entendíamos si nos estaban saludando o si algo estaba mal con la moto. Cuando nos paramos a averiguar qué nos trataban de decir, los aldeanos nos ofrecieron algo para fumar: opio o marihuana. En todo Laos es posible encontrarlo, incluso en los mismos bares, junto con porros, hongos y otras sustancias.    

Al cruzar la frontera Tailandia-Laos te encuentras con la promesa de un barco en Huay Xai. El viaje comprende dos días en recorridos de 8 a 10 horas cada uno. El barco aloja a unas 70 personas, pero a veces, los laosianos meten a 100 personas para hacer más dinero. Los asientos no parecen cómodos pero en realidad lo son. Sirvieron en mejor vida a automóviles y autobuses. El colchón todavía aguanta los largos viajes diarios por el Mae Kong.

Pasar tanto tiempo en un bote es fascinante. Yo nunca había navegado en un río. Lo más cercano a un barco que había probado era el ferry que te lleva de Cancún a Isla Mujeres y el de Helsinki a Suomenlinna. Durante el recorrido, reina la calma. El trayecto te invita a la contemplación, el agua, las montañas, la vegetación, las pequeñas playas que se abren de entre las rocas, los pescadores, las chozitas escondidas entre los árboles. Dan ganas de fotografiarlo todo. Pasan las horas y la quietud te invita a volver a las letras. Las personas comienzan a sacar sus libros y las libretas de apuntes. La familia que lleva el bote se encarga de tener algunos alimentos y bebidas: patatas chips, sopas instantáneas, té y refrescos. Los previsores llevamos nuestra propia comida.

Además de la belleza natural del viaje, lo divertido es que terminas haciéndote amigo de los demás viajeros. Diez horas dan para hablar con los del asiento de al lado, los de atrás, los de adelante. Intercambias ron por vodka, cerveza por refresco, cigarrillo por fruta. Todo mundo te cuenta de los países que han visitado, las aventuras que han vivido. Nunca faltan los que han traído su guitarra y aquello se convierte en una fiesta. De hecho, nuestro barco tuvo que detenerse en una ocasión, en medio de la nada. Cuando nos levantamos a ver qué pasaba nos dimos cuenta de los niños que venían de entre las plantas cargando cajas de cervezas. Había que hacer refill al barco.

Para cuando haces la primera parada en Pak Beng ya tienes unos cuantos amigos. Elegimos a una pareja de checos para cenar en un restaurante indio. Ese pueblito montañoso tampoco es que tenga muchas opciones. El mayor negocio es el turismo y sólo hay guesthouses, restaurantes y puestos de comida en la terregosa calle principal. Hay que estar atentos con el precio de las habitaciones, ya que te las dejan a lo doble de lo que en realidad cuestan. Vale la pena regatear.

Turistas los hay de todos los tipos en el sureste asiático. La pareja con la que cenamos iba de high budget. Habían hecho eco-turismo de aventura en Laos. Se hospedaron en resorts construidos en lo alto de los árboles, muy a lo Tarzán, y hecho descensos en tirolesa. La conversación iba bastante bien hasta que la chica regañó a la camerera por haber hecho un error en su pedido.

Ella: ¿Qué te pedí?

La camarera: Un lassi con azúcar

Ella: ¿Y esto tiene azúcar?

La camarera (dudando): ¿Sí?

Ella: ¿Tiene azúcar?

La camarera: No sé… ¿sí?

Ella (ya enfadada del todo): Llevátelo y traeme lo que te pedí.

Cuando se trató de excusar, V. y yo lo teníamos claro: no habría intercambio de mails esa noche. “Tienes que ser muy firme cuando les pides algo. Siempre te traen lo que ellos quieren. Ha sido así todo el viaje”, nos dijo. Excusas.

Hablar con los demás viajeros es un juego. Luego del primer y obligado where are you from y las sucesivas sorpresas, quedan dos opciones como where have you been o where are you going to. Parece que todo el mundo está moviéndose. Son pocos los que deciden quedarse quietos. La conversación en este punto parece tornarse un concurso donde el ganador es el que tarda más tiempo en decir cosas como “No he estado allí”, o “Llevo quince días viajando” (poco, muy poco). Pierde el primero en delatarse novato. El otro no esperará a saber más. Te contará todas y cada una de sus hazañas. Desde cómo y por qué llegó allí, hasta las cosas que, si vas, ya no podrás ver porque “ahora es demasiado turístico”. Antes siempre será mejor. Antes: cuando él/ella estuvo allí.

Tras las primeras semanas de viaje aprendes a jugar el juego. O bien permances como oyente perpetuo, tomando nota de los sabios consejos de tu interlocutor, o empiezas a sacar tus mejores cartas. La nuestra era la de pareja intercultural viviendo en Barcelona. Prácticamente nadie pudo ganarle a eso.

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** Fotos de V. Bores y A. Oseguera
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