CIRCO BABYLON – Parte IV: La aldea hippie

Tuvimos la primera discusión apenas volver a Chiang Mai. No recuerdo bien por qué razón específica fue, pero era algo que se había quedado sin resolver desde hace mucho tiempo. Viajar con alguien requiere mucha paciencia y a veces, negociación directa; pero hay puntos muertos donde nadie puede dar su brazo a torcer. Cuestión de principios. De alguna manera entendía a Paul cuando decidió irse de trekking sin la polaca, pero no me quedaba claro si el problema eran las diferencias culturales.

La frustración de toparse de nuevo con la misma pared hace que las soluciones aparezcan solas y fáciles. V. y yo decidimos que al volver a Barcelona, nos separaríamos. La incomodidad era evidente. Paul se lamentaba. “No lo dejen, loca. Yo daría lo que fuera por tener algo como lo que tienen ustedes”, me dijo ya terminada la noche, cuando sólo él y yo nos quedamos a fumarnos el último.

Esa noche fuimos al rooftop bar, los tres, ya que Dee nos dijo que estaría allí y teníamos ganas de conocerle más. La cerveza no es tan barata pero la música que pinchan es realmente buena. Pero cuando vimos que Dee no aparecería, nos mudamos al techo del hostal con birras del Seven Eleven, y lo que había sobrado del trekking. Fue una despedida emotiva, tengo que decir, un intercambio de mails honesto, y un abrazo que prometía un “hasta pronto”. Algún día.

A la mañana siguiente, V. y yo continuamos el viaje, ya con menos exhaltación y con renovadas expectativas. Destino: Pai. V. y yo hemos improvisado cada paso. Tenemos la Lonely Planet, la que tiene todo el mundo, pero la usamos sólo para conocer un poco las generalidades del sitio al que llegaremos. A Pai fuimos por Dee. Él es originario del Tibet, pero creció en Pai. Nos dijo que era precioso. Y no mentía.

El pueblo está en lo alto de una montaña en Tailandia, al norte. Han contado el número de curvas que hay para llegar allí: más de 700. Estando allí se puede alquilar una moto para ir a las cascadas. Donde el alquiler consigues un mapa bastante sencillo y puedes ir hasta un cañón. Al parecer, el secreto es levantarse tempranito (por temprano quiero decir tipo 8am) desayunar y tomar la ruta. Así la cascada es sólo para ti y unos cuántos madrugadores más. El agua cristalina te permite unos cuántos chapuzones sin temor a lo que haya en el fondo. Y afortunadamente, las piedras están lo suficientemente calientes como para salvarte de la hipotermia.

Pai tiene alma de comuna hippie. Tanto tailandeses como extranjeros se mueven en paz, llenos de colores, buena comida y notitas musicales. El agua del río te baña los pies por la mañana, y por las noches, una cerveza Chang o un Samsong-Cola mitiga el frío. Para comer, recomiendo buscar Mama’s Place, atendido directamente por Mama, quien también da clases de masaje tailandés. Mama cocina con amor. Creo que el mejor curry de mi vida lo comí en su restaurante. Tiene unas manos mágicas. La segunda y última vez que la vi, me deseó la mejor de las suertes con un cálido abrazo.

Por la noche, la calle principal se cierra y se llena de puestecitos para comer: banana frita, arroz, noodles, salchichas asadas, bichos, té, café y un sinfín de cosas. Pai es un pueblo de souvenirs. Los hay de todo tipo y son simplemente bonitos y originales. La luz brillante de las galerías de recuerdos dan un toque colorido a la pequeña avenida y puedes ir de un extremo a otro sin aburrirte.

V. y yo pasamos las veladas en Edible Jazz, un bar que es a la vez, guesthouse. El dueño, Tomy, fue guía de trekking en su juventud, y ahora mantiene su refugio y aloja a extranjeros. Tanto los que vienen de paso, como los que deciden quedarse. De hecho, conocimos a una francesa que se enamoró de Pai, al grado que decidió mudarse allí. Vive en el Edible a cambio de su trabajo como camarera, guitarrista, y hostess de las noches de open microphone. Hasta que los ahorros o la suerte lo permitan.

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Creo que uno de los mejores hospedajes que hemos tenido ha sido en Pai, el Golden Hut. Tiene las tres B’s: Bueno, bonito y barato. El guesthouse, compuesto de chozas de bambú, se encuentra a la orilla del río. Además, tiene la pequeña terracita comunitaria. Ahí puedes cargar el teléfono y consultar Internet mientras te tomas un batido de sandía y escuchas al chico de la recepción tocar la guitarra.  Es fácil dejar Pai sólo si tu viaje es de ida. Si es a la vuelta, corres el riesgo (o la aventura) de que pasen los días y sigas allí.

Las setecientas y tantas vueltas que hay que hacer para bajar de la montaña nos pasan factura a algunos viajeros. El auto es un columpio perpetuo que te arroja a las náuseas. Mínimo. Hay gente que se desmaya durante el trayecto y, como el camino es tan angosto, no hay donde detenerse un momento.

Nos tomó unas seis horas llegar a Chiang Khong, el pueblo de la frontera. No tengo mucho que decir porque lo vi entre náusea y mareo en la minivan donde viajábamos con otras 10 personas. Cuando llegué al guesthouse de turno, me caía del sueño, me moría de frío y sentía ganas de vomitar.

Dormimos unas tres horas como mucho. A las seis nos esperaba la promesa de un río. Tras huir de varios intentos de estafa en Bangkok, V. y yo decidimos que no compraríamos más en una agencia turística. Así que nos apañamos mientras los demás viajeros hacían fila para su desayuno incluido. Al final, compramos el billete para el bote allí mismo en el guesthouse y nos ensartaron el desayuno por 50 bahts más. Pero aunque fue más caro de lo normal (por esa misma cantidad comes en un restaurante de Bangkok un pad thai con vegetales variados y tofu), nos cayó muy bien. Nos abastecimos de lo necesario en una tienda cercana: comida, agua, ron, tabaco, papel de vater. Estábamos listos para cambiar de país y de aires.

** Fotos de V. Bores y A. Oseguera
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