CIRCO BABYLON – Parte III: El infinito sin mí

El sol hace resplandecer lo que alcanza la vista. El resto es un contraluz de miradas que no logran encontrar un punto fijo entre tanta belleza. Nos sentíamos perdidos, pero en algún sitio fuera de nosotros mismos y mucho más arriba, admirando como caen los árboles y se extiende el gris. Como en una historia de Michael Ende. Me di cuenta de que somos tantos y tantos en el planeta que ya no queda nada que conquistar ni proteger. El viajero busca el sitio auténtico, virgen, manchado de exotismo, pero la inseguridad le invade y le deja boquiabierto, dudoso, miedoso. El viajero edifica un McDonald’s para sentirse seguro. ¿Qué es lo auténtico en un mundo globalizado? ¿En un mundo donde todo es comprensible, alcanzable, comprable?

En aquella montaña selvática, bien al norte de Tailandia, me sentí tranquila, sin necesidad de pensar en el mañana, sólo en los colores del aquí y el ahora, el rojo de la tierra arcillosa, el verde obvio de las hojas de las palmeras, ese amarillo tristón de las espigas. Las montañas son altísimas, las que no podemos penetrar se alargan hacia el cielo sin nosotros, los turistas-conquistadores. El virus humano que trae consigo la basura, la destrucción, la supervivencia y la muerte.

Hasta ahora, Tailandia había sido un punto suspensivo, una promesa que no se había cumplido. Bangkok es un D.F., Chiang Mai un Ajijic, el balneario occidental en Asia, lo que seguramente fueron Acapulco y Playa del Carmen hace 50 años, una casa a kilómetros de casa. Sin embargo, una vez que me adentré en la naturaleza, me di cuenta de que el exotismo salía de la tierra, y que yo era exótica. Vino la selva, el paisaje desconocido y ese idioma tan inalcanzable, tan hermoso en la escritura, tan lleno de ches y ges y vocales alargadas. Me figuraba que era lo del “subdesarrollo” y la virginidad arrebatada lo que nos unía. ¿Cómo podemos parecernos tailandeses y mexicanos? El ritmo, las costumbres (buenas y malas), el picante, la hoja de platano, los batidos de frutas, los niños vendiendo rosas, el regateo, los colores. ¿Cómo? Me lo dijo un vendedor tailandés cuando le regatée con el argumento de mi pasaporte: “We are the same”, dijo, “Same same, but different”

Usé unas cuatro veces el argumento de mi nacionalidad en los mercados. En el único país donde no funcionó fue en Camboya. En todos los demás sitios me sonrieron.

Ellos: 200 bahts. (Una camiseta = 5 euros)

Yo: Oh no, no.

Ellos: Cheap, lady, cheap.

Yo (sonriendo en plan “te pillé”): Oh no, no, no. Look. Me? no Australian, no English, no American.

Ellos: Oooooh…

Yo: Mexico. Poor country. No money. Like Thailand.

Ellos (sonriendo en plan de “me pillaste”): Ha ha ha! Oh I know, I know. For you, lady, 100 bahts.

Y a partir del 50% comenzábamos a negociar. V. se quedaba boquiabierto. ¿Cómo era posible? Sentía que yo estaba robándole descaradamente a los pobres tailandeses, engañándoles, utilizando mi desventaja nacional para obtener un beneficio. ¡Qué ruin y qué malvado! Me empecé a reír cuando empecé a regatear cosas por él, ya que era malísimo. No daba una contraoferta, convertía inmediatamente en euros y como así sale regalado (ahorrarte 40 bahts es menos de 1 libra), estaba dispuesto a pagarlo. Entre Paul y yo tuvimos que explicarle que el regateo es una cuestión cultural. Si queríamos estar a la altura del tailandés y no del “guiri” era demostrando el “same same but different”. Con el plus de que ahorrarte 40 bahts significa comer un día.

V. tuvo un conflicto existencial. Acostumbrado a vivir en la Inglaterra cuadrada y en la Repúbica Checa de la transición -Europa al fin-, esto era algo para pensar. Para mí también. Hace más de cinco años que vivo en Barcelona, donde a los catalanes se les acusa de tacaños, aunque se les admira su sentido de comunidad -Europa al fin-. Todos los amigos que aquí mí me habían hablado de Tailandia, lo habían hecho en europeo, no en “tercermundista”. Tuve que subir a lo alto de la montaña para que mis ojos pudieran abrirse completamente y descubrir que, en grupo, los turistas somos los exóticos, los dioses que utilizan maquinaria alienígena (ipads, cámaras de fotos, smartphones), usando vestimentas transgresoras, hablando lenguas incoherenes. Aunque los latinoamericanos estemos de infiltrados, ésta es otra conquista.

Anne Marie lo había vivido. No dejaba de comparar Tailandia con Argentina, Tailandia con Chile. En su juventud había viajado por Sudamérica donde había conocido a uno de sus amores en la vida. Un argentino. Como era de esperarse, de los argentinos, Anne Marie tenía sólo quejas. Pero de la experiencia conservaba la energía y el espíritu aventurero, aunque no por eso le pasaba desapercibida su edad. Para el grupo del trekking Anne Marie era una guerrera, una de esas personas quiero-ser-como-ella-cuando-sea-grande (si es que llegamos). Pero a ella le parecía sospechoso que tuviésemos que caminar tanto para llegar al campamento, y su sorpresa fue mayor cuando, en la mañana del segundo día, se dio cuenta de que estaba en el lugar equivocado.

La agencia donde había comprado su tour en Chiang Mai le había vendido tres días en un refugio de elefantes donde aprendes a bañarlos, alimentarlos, entrenarlos. Hay unos elefantes a los que enseñan a pintar y puedes ver sus cuadros en las galerías de la ciudad. Pues nada de eso iba a tener la señora. Tras ponerle la queja a Dee, el guía, le quedaban claras sus opciones. 1: Volver a Chiang Mai y tratar de recuperar su dinero, 2: Continuar el trekking-tour con ayuda de un motociclista que la llevaría hasta lo alto de la montaña, el destino final del segundo día y donde pasaríamos la noche. Anne Marie optó por lo segundo. ¡Grande!

La mañana del segundo día, después del desayuno (pan tostado, mantequilla, mermelada, café y huevos duros que, denuncio, no probamos porque alguien -culpo al irlandés- se comió nuestra ración), comenzamos la caminata. Unas cuatro horas con descansos para el cigarrito mañanero, y tomar agua y aire. Primera parada: una pequeña cascada de rocas lisas y agua helada. Ahí coinciden otros grupos de trekking y lo pasas genial hablando con gente, deslizándote entre las rocas y tomando el sol. Tras la comida los grupos se modifican (¡bye bye, irlandés!), ya que mucha gente sólo hace tours de una noche, y de nuevo a la ruta.

La subida era cada vez más vertical, al grado de que parece que estás subiendo escaleras, yendo de piedra en piedra, ayudándote de lianas y troncos de bambú. El sudor es resultado del esfuerzo y el calor. Sentí cansancio pero era diferente. Sabía que tenía fuerzas para continuar y nada en realidad me dolía. Era sólo un deseo enorme de parar, sentarme en la sombra, respirar la quietud. Cuando al fin llegamos a la aldea, en el pico más alto, el sol todavía no se ponía. El aire se sentia punzante y entraba hasta lo más profundo del cuerpo, helando desde adentro, provocando sudor frío. Ahí sentí esa paz, la tranquilidad del silencio. Me abrumaba la belleza, la sensación de no ser nada, ni nadie. La posibilidad del infinito sin mí.

Aprovechamos los últimos rayos del sol para ducharnos, tanto para permanecer calientes como para monitorear a las arañas y los bichos de la ducha improvisada. Sobra decir que el agua estaba helada. La cena vino envuelta en hoja de plátano: noodles y verduras. Había arroz también, mucha salsa de soja, picante, agua y Coca-Cola. De pronto se acercaron un grupo de niños de la aldea y Dee, el guía, nos informó que habían preparado una canción para nosotros. Los niños exhibieron su ensayada coreografía hasta que uno de los más pequeños comenzó a llorar. Una de las niñas se la llevó a una esquina y los otros continuaron. Después de los aplausos, pasaron la botella para que pusiéramos unas monedas. Había algo incómodo en aquel gesto. No era la extrañeza. Mil veces en Barcelona había repartido céntimos entre malabaristas, guitarristas y percusionistas en los bares del centro. Sería el hecho de que eran niños (aunque en México, niños trabajando hay millones), de que nuestro comedor era el salón de la casa de una familia, de que nuestro dormitorio era parte de ese hogar, o todas estas opciones juntas. Algo nos hacía sentir culpables, y aunque nadie dijo nada, las miradas evasivas lo expresaban todo.

La aldea era prácticamente igual a las tantas que pasamos durante la caminata. Cada vez que llegábamos a una, había una invasión de cámaras y clics en todos los rincones. A mí me llamaban la atención los televisores y las antenas. A los demás, el exotismo del modus vivendi. Dee me explicó que muchos de los aldeanos son refugiados de Birmaia, y que el Rey tailandés es tan bueno que les deja este espacio maravilloso para poder vivir. “¿No les molestan los turistas?”, pregunté. “¡Qué va! Lo que pasa es que son tímidos”, me respondió, “A muchos lo que les gustaría es poder hablar inglés para comunicarse con ustedes”. Mmh…

Tras la cena el grupo se dividió en dos: francoparlantes y el resto, donde estábamos V. y yo, Paul, tres inglesitas de unos veintidós años, Dee el guía, su colega tailandés, y una pareja de ingleses artistas. Nuestra velada consistió en juegos para beber, bromas, chistes, lugares comunes sobre nacionalidades, ron, cerveza, algo para fumar y muchas risas. Esa noche, Paul, Dee y el colega tai intentaron, en vano, ligarse a las inglesas. ¡Cómo me reí al otro día con la explicación de Paul: “¡Qué rubias más huecas!” Típico comentario de ardilla. “Dales chance”, le dije, “Estas chicas no son como otras chicas británicas o australianas. Ellas no sólo han venido a Asia a beber y hacer la fiesta. Se han tomado el tiempo para hacer tres días de caminata, viendo la naturaleza como la hemos visto y conociendo la vida que hemos conocido. Algo va a cambiar en su visión del mundo a partir de ahora.” Yo tenía fe en esas chicas. La tengo.

El tercer día fue de bajada. Y aunque suena menos exhaustivo, es igual o más que la subida, ya que el esfuerzo en las rodillas es magnánimo. El tour cierra con rafting, a lo que Anne Marie se negó rotundamente. No contaba con la excelente labor de convencimiento de Paul y se subió con nosotros. ¡Qué gritos, qué delirio el de la señora! Qué sonrisa de satisfacción tenía cuando terminó el paseo. A V. y a mí nos gusta pensar que cuando vuelva a Francia, Anne Marie organizará una reunión de café au lait con sus amigas del pueblo y les presumirá orgullosa de su aventura en una lancha de bambú.

Al regreso hicimos un pequeño detour. Una pareja de franceses había contratado un pequeño extra: visitar a las mujeres cuello largo. La furgoneta aparcó al lado de un camión del cual se bajaron decenas de ingleses (o australianos) y los franceses les siguieron. “Dee, tú crees que estas mujeres son felices aquí?”. “Sí, me contestó, muy felices”. “No. En serio. ¿Tú crees que les molesta que la gente venga y les haga fotos todo el tiempo? A lo mejor ni les gusta llevar los anillos”, insistí. Se lo pensó apenas dos segundos, de verdad muy poco, y me contestó que quizá no. Esta no era en realidad su villa. Es como un pequeño mercado donde están ellas trabajando telas y vendiendo souvenirs para los turistas, pidiendo propina por la foto que les haces. La villa no es de acceso para el turista y ahí viven las familias, quienes les hacen ponerse los anillos al cuello para poder sacar una pasta. En su mayoría son refugiados de Birmania. Utilicé la frase human zoo con Dee, la que había leído tanto en blogs de viaje. Y él estuvo de acuerdo.

** Fotos de V. Bores y A. Oseguera
Anuncios

2 pensamientos en “CIRCO BABYLON – Parte III: El infinito sin mí

  1. Pingback: ✼ Circo Babylon – Parte IV: La aldea hippie | doble · aire

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s