CIRCO BABYLON – Parte I: Aterrizaje en Bangkok

Lo que más me ha asombrado de Tailandia, hasta ahora,
es lo mucho que se parece a México.

Llegué a Bangkok el 10 de enero y pase allí unos cuatro o cinco días. Creo que fueron demasiados. Es curioso como todos los turistas de Bangkok están pensando en la huída y no en disfrutar la ciudad. Será la locura, será el caos, el sentirte siempre estafado, observado, drogado. Aún cuando te alejes de la famosa Khao San Road -el ghetto de los turistas-, no es difícil separarse de ellos. Aunque escondas la cámara, aunque tu tono de piel sea más el de un tailandés que el de un holandés. Es igual, tu mirada lo delata. Vienes del otro lado del mundo, estas emocionado. Eres un turista.

Es la primera vez que vengo a Asia y lo hago sobre la tradicional ruta del sureste. Quizá esperando encontrar lo exótico, lo diferente, el punto donde pueda encontrarme a mí misma con el método del contraste.

Me fue imposible no pensar en México durante esos días en Bangkok. Ya me lo había advertido una amiga colombiana: Bangkok es como Bogotá, pero en asiático. Tailandia es como México. Lo único que hice fue acostumbrarme a que se conduce por la izquierda, como en Inglaterra, para cruzar las calles con facilidad. Pero de ahi en mas, ni los mercados, ni los autobuses públicos, ni el regateo, ni la estafa, ni la comida picante, las papayas o los batidos de frutas. Todo me era asombrosamente conocido. Lo absolutamente exótico para mí era la locura con la que el turismo se ha tomado Bangkok y lo ha convertido en un centro de recreo. Qué lejos han llegado las borracheras, el sexo alcoholizado, las drogas, Pitbull y el technobasura. Es el springbreak de Puerto Vallarta a la enésima potencia.

Le pregunté a un chico (Primera ley del backpacker: aunque viajes solo, nunca estás solo) si era posible ser o hacer algo diferente entre tantos turistas, especialmente cuando la gente local ve al extranjero con aburrimiento y sólo ganas de sacarle los dólares del bolsillo. ¿Que cómo se hace la diferencia? “Quedándose”, me respondió. Phill es canadiense y ahora está afincado en Bangkok. Vive de sus investigaciones en una universidad local. Habla tailandés con dificultad, pero lo suficiente como para hacer amigos de allí, y cuando hay oportunidad, hace de camarero sustituto en un barcito cerca de la calle Chao Fa, cuando la hija de los dueños no puede ir a trabajar. Gracias a esto, ha aprendido saber como se mueve el mundillo del negocio turístico: mafias, sobornos a la policía, sobrecostos en la cerveza, sueldos escasos, comida deliciosa, propinas y nuevos amigos de todo el mundo. Literalmente, de todo el mundo. Desde el chico de Birmania que atiende el bar de al lado, hasta el europeo de turno que ha venido de vacaciones con los amigos.

Así que, según los consejos, decidimos hacer lo que se “tiene” que hacer en la capital tailandesa: visitar el Grand Palace, el Wat Arun, conocer el Samsong-Cola, comer Pad Thai, ir al mercado Chatuchak, regatear por unas gafas de sol. Además de eso, Chinatown, paseo por los canales de Bangkok, colarse en una celebración budista en un templo a donde iba a ir la Reina (Gran Celebración), y ver un poco de teatro callejero (hubo suerte). ¿Clubs y discotecas? Seguro, las hay por montones. ¿Sexo espontáneo? Y tanto. Pero para ver extranjeros borrachos ya es suficiente con Barcelona.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Tras visitar varias agencias de viaje, V. -mi compañero de viaje, aventuras y vida- y yo nos decidimos por el norte. Yo soy más de playas que de montañas, tengo que decirlo, pero huir de las Ko (Ko Phi Phi, Ko Tao y Ko Phangan) y las full-moon-parties sonaba mucho más estimulante.

Así que, armados de la Lonely Planet y la bendición de Buda en una botellita de plástico, cogimos el bus nocturno hacia Chiang Mai.

Increíble que un bus tailandés supere tanto a los autobuses españoles. Habíamos ido por la noche de Barcelona a Madrid para coger el vuelo, y nunca hubo viaje más incómodo. Acá los asientos eran casi del todo reclinables, como camas, suficiente espacio para las piernas, mantita y película. Armados de patatas y frutas, emprendimos el viaje. No contamos con que el aire acondicionado fuera tan potente como el de una nevera para conservar carne de puerco. Nota mental: coger la chaqueta y el sleeping bag cada vez que se viaja en bus.

Supongo que cuando te enfrentas a lo desconocido, lo más fácil es empezar a conocerlo por el metodo de contraste y comparacion. Es un pueblo-ciudad bastante europeizado en una forma bohemia, pero no por eso menos silenciosa (sigue siendo Tailandia). Chiang Mai me recordo a Ajijic.

Chiang Mai sorprende por sus cafecitos llenos de plantas y flores, wine bars de escritores, librerias, la posibilidad de moverte en bicicleta con tranquilidad, el paseo arbolado al lado del río y sus galerías de arte. De hecho, tuvimos la oportunidad de hablar con un par de artistas locales que exhibian su obra en ese momento. Uno de ellos, un fotografo de admirable técnica, que retrataba elefantes y niños y monjes y la vida rural de las montañas en un blanco y negro que parecía trazado al carboncillo. Sutilmente geniales.

Esa primera noche, despues del ajetreo y la confusión (encontrar hospedaje es una odisea porque, básicamente, todo esta ocupado), decidimos ir a tomar algo. Yo me había hecho aficionada ya al Samsong con Coca Cola y V. a la popular cerveza Chang, y además, queríamos música y un poco de ajetreo. No fue difícil encontrarlo.

Viajando en pares no siempre el ánimo festivo es el tradicional ánimo festivo: borrachera, bailongo, charlas cantinflescas sobre el mundo que nos rodea. A dos, es fàcil divertirte sin necesidad del desmadre. A veces, las risas interminables suceden tras lavarte los dientes, dar la vuelta en la calle equivocada, o durante el desayuno. Así que nuestro plan divertido de esa noche consistía en jugar Damas Chinas amenizados con buena música.

Hay una esquina, en el centro amurallado de la ciudad, donde hay unos cinco bares que comparten el jardín-terraza. Los hay para todos los gustos: techno-trash, reggae, rock metalero, etc. Nos decidimos porque el nombre del grupo que amenizaba nos pareció genial: Chiangmaica.

V. es aficionado a los juegos, sobre todo a los que necesitan estrategias. Sobra decir que el que más le va es el ajedrez. Yo le regalé un tablero de Damas Chinas que traje de Mexico en diciembre y le encantó porque, al principio, era incapaz de ganarme. Miles de partidas me avalan y eso sonaba a reto. Esa noche, en Chiang Mai, volvimos a sacar las fichas, una tras otra partida y otra ronda de bebidas.

El Samsong me encanta. Nunca he sido muy fan de la cerveza, el sabor no me resulta amigable y con dos ya siento que voy a explotar. Los demás alcoholes y licores saben demasiado a alcohol. Pero el Samsong ni lo notas. Es un ron de sabor dulce, sutil, suave, que muchos confunden con whisky. Mezclado con Coca Cola y hielos, olvídate de que te estas alcoholizando. Paladar que no sabe, cerebro que no siente.

Durante la que ya sentíamos que sería la ultima partida (Chiangmaica comenzaba a sonar), un niño que vendía rosas se acerco a nuestra mesa. No nos ofreció las flores, simplemente se limitó a mirar. Y cuando tuvo una sugerencia, no se lo pensó, simplemente cogió la canica y la movió a donde consideró que serviría mejor a mi estrategia. Nice.

Tras el very good la confianza se abrió. Jugamos él y yo contra V. Luego, los dos chicos contra mí. Luego, decidió que ya podia emanciparse. El chavalín contra mí. Qué gran empate. El niño ganó la primera y yo la segunda. Seguimos jugando y el intercambio de estrategias crecía. El juego se hizo inmenso y entretenido. Entre tres todo es más divertido… a veces.

Me levanté a pedir otro Samsong mientras Vasek le explicaba al amiguito que el tablero había venido desde el otro lado del mundo. El niño le escuchaba con atención y le hacia preguntas a base de mímica y un muy buen inglés. Le pregunté al rasta de la barra qué pensaba si le regálabamos el juego al niño. V. lo había propuesto y yo lo tuve claro muy rápidamente. El del bar dijo que no lo veía problemático pero que le enseñáramos a jugar, porque si no, lo más probable es que vendería el juego o lo intercambiaría por algo menos divertido. Sin problema, el chavalín era un crack en las Damas Chinas, un talento natural.

De su nombre no me acuerdo, pero sí de su carita. No se creía que le estuviésemos regalando el juego. No era un gesto de sorpresa, sino de extrañeza. Supongo que no es la primera vez que un turista le regala algo, pero creo que es la primera vez que era algo que en verdad le podía gustar. Metí el tablero y las canicas en una bolsa de plástico y se la di. El chico agradeció con sus manitas juntas y una inclinación de cabeza, y se marchó, perdiéndose entre las mesas, y los extranjeros, y las luces de colores.

Toda la noche hicimos suposiciones e historias fantásticas acerca de lo que este momento puede o podrá significar para su vida: mucho, poco, nada. ¿Se acordará de nosotros cuando sea grande? ¿Le contará a sus amigos? ¿Seguirá jugando o se aburrira pronto? ¿Cómo va a explicarlo a sus padres? ¿Qué le dirán ellos? Quién sabe. Todos hemos tenido ocho años. A esa edad, un momento extraño puede resultar determinante. Para nosotros, esto había sido y será una gran experiencia, seguro. Nuestro viaje comenzaba a adquirir otra magia.

** Fotos de V. Bores y A. Oseguera
Anuncios

Un pensamiento en “CIRCO BABYLON – Parte I: Aterrizaje en Bangkok

  1. Pingback: ✼ Circo Babylon – Parte II | doble · aire

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s