Balcones abiertos

Escolástica visita a mi vecina casi cada tarde. Ella y mi vecina pasan las horas vigilando desde su balcón. Mi vecina mantiene siempre una cortina sobre éste, aún sobre la reja, tapándolo por completo. Montones de plantas, flores y arbustillos impiden que se vean sus ancianos rostros por entre el enrejado. Se han creado una especie de escondite perfecto desde donde se escuchan canciones de flamenco viejo. Les gusta hacerlas sonar con un volumen muy alto, como el del reggae que ponen los franceses de la primera planta. Escolástica y mi vecina custiodan con canciones dolorosas la calle San Silvestre desde el balcón, como dos gárgolas jubiladas.

Esta tarde, escuché que las ancianas se quejaban a grito abierto acerca de unos perros. Mi vecina, que es la vocera de la supervisión, chillaba: “¡El perro, joder, el perro!”. Me asomé y alcancé a distinguir a Escolástica, quien permanecía en silencio, mirando la escena. El mentado perro, que yo personalmente no vi, parecía apenas un pretexto para una riña en el espejo. El reflejo eran dos jovencitas, con cuerpos que parecían tener unos 16 años, y que contratacabn los gruñidos del entresuelo desde la callecita. “¡Loca!”, “De qué coño hablas, vieja?” y “¡Loca!” otra vez. Las chicas revolvían el estómago de mi vecina, y continuaron su camino sin detener ni el paso ni el adjetivo, mientras mi vecina les seguía increpando lo del perro.

En ese momento, otro transeunte entró al acto. Nuestra calle es pequeñita y no ofrece ningún encanto aparente. Eso sólo lo tenemos al alcance quienes poseemos un balcón aquí. No tiene mucha luz, ni de farolas ni del sol, porque los dos edificios encarados crecen tan altos como vuelo de gaviota. Sin embargo, hay quienes deciden pasar por aquí para evitar la abarrotada avenida, transgrediendo así el aparente silencio de San Silvestre.  El joven, cuyo andar no delataría más de 30 años, se implicó en la escena gritando hacia el balcón donde asomaba la cabecita blanca de Escolástica, “¡No hagáis caso! Son unas niñatas”. “¿Cómo no hacemos caso?”, exclamó mi vecina, “¡Si nos están insultando!”. El chico contestó que no valía la pena, lo que impresionó a la señora: “¿Cómo no!?”. El muchacho decidió que lo que no le valía la pena era jugar el juego de mi vecina y lo abandonó callando, mientras la mujer seguía profiriendo adjetivos a la situación. Él dobló en la esquina y la calle lo perdió como ha perdido de la misma manera a cientos y cientos de personas.

A mi pareja no le caen bien los vecinos del entresuelo. Ella le parece una molestia, y a él lo encuentra pusilánime. Sugiero que quizá él esté sordo y por eso no se entera de las vociferaciones de su esposa. “Ve tú a saber cuántos años llevarán ya juntos”, le digo. Yo me topo por las mañanas con el barrigón del marido cuando voy al trabajo. Le ofrezco un cordial “buenas”, a lo que él nunca responde. No hay razón para que yo no le caiga bien. No somos tan ruidosos como los franceses, ni tan antipáticos como la pareja del ático. Por eso insisto, el señor debe estar sordo.

Mi pareja se encuentra con la vecina por las noches, cuando vuelve de trabajar. La Ley de Murphy se aplica y se tienen que mirar las caras, como un reloj, cada día a las 9 de la noche. La escena es prácticamente la misma: La puerta de entrada al edificio se abre. Escolástica va bajando las escaleras, pasito a pasito, escalón por escalón. Mi pareja la deja pasar y le dice “buenas noches”. Luego, el gruñido que viene del entresuelo: “¡Escolática! ¡No olvides cerrar bien!”. La anciana miniatura responde con una risilla tierna que le hace temblar su cuerpo redondito. Es cuando ell ha salido que mi pareja ha llegado al nivel de la vecina para encontrársela. Ella está verificando con su oído que la puerta efectivamente, se cierra. Se saludan, tras lo cual ella vuelve a su guarida. Creo que a la vecina del entresuelo tampoco le cae bien mi pareja.

Cuando finalmente llega a la segunda planta, le recibo con un beso que activa como por arte de magia la siguiente exclamación: “¡Escolástica!”, escuchamos. Sabemos que ya la vecina está asomada en el balcón, desde donde recomendará a grito abierto a su amiga que se cuide mucho y duerma bien. Nosotros salimos hacia nuestro balcón para recibir el aire de la noche y mirar la longevidad. Observamos con paciencia a Escolástica dar la vuelta en la esquina, suavemente, como si intentara no romperse, y la perdemos en la noche hasta un día siguiente, y otro, y otro, hasta que sea tiempo de cerrar el balcón.

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