A puños cerrados

No es la primera chica con la que me acuesto y no será la última que pase a la historia como un número. Le hablo de mi pintura, le cuento de mis viajes, y en un momento estamos bajo un techo familiar. Casi todas las casas de estas chicas se parecen, no en la estructura, ni en los colores, pero en el aroma a un corazón palpitante guardado en una cajita. La beso, la cojo de las caderas, le acaricio los senos y la levanto para llevarla a la cama. Ahí nos tiramos los dos para ensayar la vieja danza del amor y la carne. Mis mecánicos movimientos me hacen pensar en un robot de acero inoxidable al que se le aprieta un botón para ahora estar arriba y empujar, ahora bajar la velocidad, cambiar de posición, cogerla del culo y de nuevo entrar, besarla, tumbarla de nuevo en la cama, rodear con sus piernas mi cuello, gritar y correrse. Es un ciclo que he dominado a base de método científico. Salvo por un pequeño detalle: Mis puños siempre permanecen apretados.

Los cierro a veces hasta lastimarme con mis propias uñas. Prefiero escuchar que truenan mis articulaciones, incluso a veces por encima de los gritos de la mujer de turno, antes de usar toda esa fuerza para apretarle sus brazos, que es lo que en verdad deseo. Esas extremidades infravaloradas desde donde se estira su hermosura como ramas poderosas. Esa piel a veces blanca, a veces morena, que siempre responde a un fuerte apretón justo por donde baja la vena.

Mi estrategia es prensar también los ojos. Es lo único que me logra recordar que no debo coger a esta mujer de los brazos, o acabaré por pintarle la piel de color morado-verdoso. Ya me ha pasado antes, y en cada ocasión, siempre termino solo en casa, tras una tremenda acusación de maltratador. Lo de cegarme es lo único que me ha servido para hacerme conciente de que no estoy solo y de que si sigo con ese ritmo y esa fuerza podría hacerle daño a ella.

No siempre ha sido así. Antes me gustaba follarme a una tía admirándola, viendo como poco a poco se le van formando caminos en la frente, por debajo de los ojos, en la nariz. Retrataba en stop motion el momento del orgasmo. Me quedaba frente a ella, admirándola, corriéndome por defecto, y embelesado con esa franqueza con la que una mujer se corre cuando se lo haces con amor. O le haces creer que es con amor. Yo descubrí que las amaba, que las amo a cada una de ellas. Porque ellas amaban a ese robot que las follaba a la perfección y les hablaba de cosas interesantes.

Hace mucho que cerré el album de retratos orgásmicos; desde que aquella chica me hizo llevarla al hospital para que le revisaran la marca del brazo. Ahora la rabia que desataba la concentro en mis ojos. Los cierro, no quiero ver nada ni a nadie, no quiero verme penentrando las vísceras de otro ser humano, tocando sus carnes, haciendo hervir su sangre. Los clausuro hasta incluso después de que eyaculo. Y cuando lo hago, me tiemblan los brazos que sostienen mi cuerpo entero. Me siento resbalar hacia afuera y sientro que me atraviesa un frío que entra por mi miembro inactivo. El escalofrío intenta salir por mis ojos, pero me esfuerzo. No quiero darle a esta chica una mirada fría. No quiero que descubra que la estoy utilizando, no quiero ver que su cara es como un Picasso recreado a base de gritos. Para mí ellas se han vuelto algo nefasto y estrambótico que a veces no me atrevo ni a plasmar en un lienzo.

Me acuesto al lado de la mujer de turno y siento una estocada, la última, la que hará que el dolor empuje mis párpados. Mis ojos se abren y yo siento la necesidad de huir de ahí, como un niño pequeño ante el monstruo del armario. Así que me levanto y hallo mi camino hacia el cuarto de baño. Ante el infaltable espejo descubro mi rostro, aún joven, aún hermoso. Y lloro. Apenas son unas cuantas gotas, pero son pesadas y profundas. Lloro. Y tras desbordar el sentimiento vuelvo a la cama y la abrazo como ella desea ser abrazada. La rodeo con mis brazos como un niño, con mi cabeza en su pecho para escuchar su corazón acercándose a la tranquilidad del sueño. Yo me quedo y me quedaré despierto antes de fugarme con el primer rayo de sol, sólo para admirar a la belleza de esta mujer, agradeciéndole en silencio que me haya hecho el amor.

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