La mierda de la vida misma

Tengo la puerta del balcón abierta. Abajo, en la fría callecita el carrito de la limpieza está tratando de llevarse la mierda embarrada en las baldosas. Esos deshechos de perros, gatos y humanos que se untan en la calle con cada pisada.

¿Cuántas personas habrán pisado esa mierda hoy?, me pregunto. Digamos que el dueño del perro lo sacó a cagar despues de que volvió del trabajo, como a las seis de la tarde. De las seis a la una de la mañana… que es… ahora exactamente, habrán podido pasar por esta calle dos personas cada diez minutos en promedio (tomemos en cuenta las hordas de turistas que se pierden en las callejuelas de este barrio gótico). Esto hace un total de 12 personas por hora. En total hasta la una de la mañana, 84 personas. 

De toda esta gente, digamos que hubo una primera que piso la mierda a las 7 de la tarde, cuando ya no estaba tan fresca y calientita que incluso podía patearse, paff. Y a partir del primer pisotón, las probabilidades de embarrarte de mierda son cientas. Así que digamos que desde esa primera persona hasta el que lleva apenas un ínfimo vestigio de las croquetas de aquel perro, contarán unos 35, por decir algo. Prácticamente, la mitad de las personas que pasaron por esta calle desde las 7 de la tarde, llevan consigo la mierda de un mismo perro… como la vida misma.

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