Eres un misterio, un blanco y negro en alto contraste, un túnel de vigas rectas perfectas recorrido a gran velocidad, minimalismo, planos detalle, suprematismo. Eres una película de Aronofsky, una canción de Amon Tobin en un CD que recibí tres años atrás. Eres una fotografía sobreexpuesta en blanco y negro… y mi gota de color. Rojo.

Eres un vicio, una tortura, el síndrome de Estocolmo, una desviación de mi cabeza, placer… placer puro, del que no se cuenta, del que no se habla. Del que sólo se disfruta con una vela encendida y una mano entre las piernas. Eres una droga de la que he tenido tiempo y espacio de cuidarme, y a la que le he entrado intravenosamente… lento.

Tu cabeza me apasiona tanto que quise entrar en ella por un hueco que encontré en tu corazón. Pero nuestra historia apenas dio para un capítulo prescindible de serie de televisión. Era morbo… una adicción al placer, el egocéntrico voyeurismo de nosotros mismos en exposición. Ese deleite visceral… el ardor de la carne cuando se quema.

Eres hermosamente complejo. Tan perturbadoramente infinito como el “Blanco sobre blanco”, el motivo perfecto para seducir mi cabezota. Eres mi rincón más oscuro, mi yaga mental, una herida de abertura atemporal. Eres el hombre al que le haría el amor toda esta noche. Librar la batalla de la gran guerra del tú y yo, el colapso de nuestras humanidades. Alto contraste.

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