✼ Mi carta a Carmen Aristegui

Estimada Carmen Aristegui:

No puedo decir que yo sea su fan, porque hace muchos años que dejé de seguir su trayectoria en los medios de comunicación por una cuestión geográfica. Pero hasta cierto punto, aún me entero de sus andanzas y hazañas, las cuales, antes de calificar como positivas o negativas, beneficiosas o contraproducentes, me refiero a ellas como valientes e inspiradoras.

Por casualidades o causalidades de la vida, actualmente me dedico a una forma bastante mediocre de hacer periodismo. No investigo. Comento, desde mi poca perspectiva, la actualidad mundial, haciendo hincapié en ciertos temas y geografías. Me he, de alguna manera y por oficio, especializado en temas de política catalana, española y latinoamericana (con un énfasis marcado en la realidad de Colombia). He leído mucho, he entrevistado personajes, he investigado. Y expreso, lo más objetivamente posible y citando siempre las fuentes y los números, todo esto en un programa llamado La Voz del Pueblo, que se transmite diariamente en la ciudad de Barcelona y zona metropolitana a través de la frecuencia modulada. La audiencia de esta emisora es mayoritariamente inmigrante de países como Colombia, Perú, Bolivia, Ecuador, y la República Dominicana. Países cuyos nacionales conforman la generalidad del colectivo inmigrante “latino” de España.

El objetivo del programa, desde que lo dirijo yo, es facilitar la comprensión de la actualidad a los oyentes, que como se imaginará, en su mayoría tienen pocos estudios, y están en España soñando en volver algún día a sus tierras, donde han dejado a su familia, su pasado, sus recuerdos y su corazón.

Cuando se abren los periodos electorales en este país, la inmigración toma fuerza y protagonismo. A escasos meses de las elecciones municipales españolas, ciudades como L’Hospitalet de Llobregat, que tiene casi un 50% de población inmigrante, considera la inmigración como el “principal problema” de su comunidad . Se abren las preguntas. ¿Es la inmigración un problema?


He vivido en una sociedad multicultural durante los pasados 4 años. Sin preverlo. Cuando llegué a Barcelona pensé que mi principal reto sería hablar catalán para poder comprender a la población local. No me imaginé que desde la última vez que vine a Barcelona (1999) ahora aquí por las calles se hablaba francés, bangla, chino, español, castellano, catalán, italiano, urdu, inglés, alemán, checo, árabe, euskera, filipino y muchas otras lenguas que no alcanzo a reconocer. La “integración” se ha convertido en una de las prioridades de los gobiernos de turno, con diferentes matices dependiendo del partido que se encuentre en el poder.

Entiendo a la sociedad de acogida. Es decir, en mi caso específico, entiendo a los catalanes. Tienen una lengua minoritaria, y hace muchos años que se sienten abusados, sometidos e irrespetados. Me imagino cómo se sienten los mayas que quedan en México. Y entiendo a los colombianos y a los ecuatorianos cuando hablan de discriminación y racismo. Sobre todo, cuando vuelven a los pocos pedazos de Historia que conocen (sesgados por su misma educación y los gobiernos de turno, obviamente) y se quejan del abuso de los españoles hacia ellos “después de todo lo que nos robaron (cuando la Colonia), después de que los acogimos (cuando Franco), después de que hemos venido a hacer los trabajos que ellos no querían hacer (cuando antes de que estallara la burbuja inmobiliaria)”.

Y entonces, yo, a la mitad del camino. Trato de hacer que los inmigrantes “latinos” dentro de los cuales también entro yo, entiendan cómo funciona Catalunya, cómo funciona España, por qué se toman ciertas decisiones, cómo es que sus quejas pueden convertirse en propuestas, cómo su ghettoización puede terminar y convertirse en crecimiento y participación.

Así que desde mi programa de radio que de antemano, sé que no tiene los mayores índices de audiencia en un dial que emite chistes sexuales y machistas, reggetón y salsa 23 horas al día, intento entonces despertar conciencias. Y en días como hoy, me pregunto si no me iría mejor trabajando de camarera en horario nocturno, ganando un sueldo de al menos 1000 euros  al mes y olvidándome de todo cuando salgo de mi lugar de trabajo. Porque cuando tocamos el tema de la inmigración, pero de otra inmigración como la árabe o la rumana (que dicho sea de paso, estos últimos tienen derechos de europeos, no de “extracomunitarios”), recibo llamadas y me encuentro que los colombianos y ecuatorianos están discriminando a otros colectivos y pidiendo para aquellos lo que los “españoles” piden para los “latinos”. Pienso: ¿Qué carajos hago yo aquí? ¿De qué sirve mi trabajo?

Hoy hablábamos de la ciudad de Salt. Al parecer, un grupo de jóvenes en su mayoría marroquíes (recalco “en su mayoría”) han causado algunos disturbios en protestas violentas: quema de coches, motos y contenedores de basura. Mi línea telefónica siempre está abierta porque si no, me negaría a utilizar el nombre “La Voz del Pueblo” como título. Así que recibí un par de llamadas: “Nosotros no debemos protestar en un país que no es el nuestro, debemos protestar allá en nuestra tierra”. ¿Qué? “Para participar mejor hacerlo en otro país. Que lo de aquí, que lo decidan los de aquí”. Y yo, desde el pasado 1 de diciembre me uní mediáticamente a la campaña de promoción del voto inmigrante.

España ha firmado convenios de reciprocidad con diferentes países logrando así que ciertos ciudadanos puedan elegir a sus gobernantes municipales. Se abrió el periodo de inscripción en el censo electoral, se amplió el periodo de inscripción. Ya, que el proceso tampoco es fácil, pero existe la posibilidad. Yo no soy muy fan del voto, debo decirlo también, pero he votado en los comicios de mi país cada vez que me ha sido posible. Sé que un voto hace diferencia. Como analista, puedo ver que el voto inmigrante puede hacer diferencias en el color del gobierno español, en el tipo de políticas a implementar que se notan día a día. Porque aquí, cada año hay que toparse con las leyes de Extranjería que le hacen a uno la vida imposible. Y aún así, me encuentro hoy con “Que decidan otros”.

Quizá escribo esto porque necesito sacarme esta impotencia y esta frustración que siento desde que cerré el micrófono hoy a las 14hrs. (hora de España). Porque además de que mi audiencia me ha decepcionado en incontables ocasiones, también me enfrento a la censura; a que de repente, tengo que proteger los intereses de ciertos partidos políticos; a la autocensura (que es la peor) porque corro el riesgo de perder no sólo mi trabajo, sino también los papeles que hacen que la ley española no me aplique una orden de expulsión; al analfabetismo cultural de mi audiencia; a la compra del voto de esa audiencia ignorante e incapaz de discernir que se le está usando; a la inaudible voz del pueblo. Tal vez le refiero este texto porque sé que por lo que paso no es nada comparado con las persecuciones por las que debe haber pasado usted. Los niveles educativos de mi audiencia no se alejan mucho de los de un México gobernado por Televisa.

Admirada Carmen Aristegui, le escribo esto porque me gustaría saber si para usted ha valido la pena. Porque a mí, a veces, me gustaría mandarlos a todos a la mierda y recordarles que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Y que seguramente terminaran por deportarlos a todos a esa tierra por la cual sienten tanta nostalgia, pero que es la misma tierra que no les dio nada y que tuvieron que dejar para poder comer.

Todo este trabajo, ¿sirve para algo además de para pagar el alquiler a fin de mes?

Alejandra Oseguera

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