✼ CRE(c)ER… o de cómo Dios es independiente a las creencias y la edad

Recuerdo el día que me pregunté si los aztecas y/o los griegos no tendrían razón adorando a todos esos dioses, uno para cada magia natural. ¿Porqué no muchos y sólo uno? Si los aztecas fueron en sus creencias exterminados, ¿porqué no pensar que quizá ellos tenían la razón? Es decir, nobody proved them wrong... Llovía y mi madre recordó cuando trasladaron la estatua de Tláloc al Museo de Antropología e Historia de la Cd. de México. También llovió aquel día, inesperadamente. Tláloc era el dios de la lluvia.

 

 

En un colegio de ultraderecha católica esta duda era definitivamente un motivo de charlas con las monjas, el sacerdote y algunas dosis de temor en versos teológicos. Yo en ese entonces tenía 10 años pero ya era prudente.

 

Hay una búsqueda espiritual en la que uno se embarca más o menos en la pubertad, y que en algunos casos, no termina nunca. Mi profesor de filosofía del bachillerato decía que con la apertura de la información, ahora en occidente éramos cafeteria catholics. Era 1999, año clave en el proceso de Revolución Tecnológica y la construcción de lo que hoy llamamos la autovía de la información. En este sentido, las creencias y la fe se nos presenta como un gran buffet y vamos eligiendo conforme a nuestra hambre y sed. Como diría Cerati, “Modelo para armar, pero nunca para desarmar”.

Reencarnación = sí

Virgen María = no

Jesucristo = sí

Infierno = un poquito

Shiva = quizá mañana

 

Y así, poco a poco, hasta quedarse con unas y hartarse de otras opciones.

 

Tenía 17 años cuando decidí que yo era una católica de cafetería no practicante, hereje, bruja y pagana.

 

Años antes nos llevaron de fin de semana a un retiro espiritual. Yo todavía estudiaba con las monjas. Aún conservo el cuaderno de actividades. Está en alguna caja en lo más recóndito de algún armario de casa de mis padres. Nos ordenaron que escribiéramos las 10 faltas por las cuales le pediríamos perdón a Dios. Yo sabía bien por qué tenía que pedirle disculpas, pero definitivamente, no iba a ponerlo en primer lugar.

 

En ese entonces era una estudiante modelo. Iba a los concursos de Matemáticas e Historia, así que no tenía problemas de calificaciones. En casa es donde había más fallos: alguna pelea con mi hermana, contestaciones irreverentes a mi padre, no ayudar a mi madre con la faena del hogar, etc. El pecado 1, 2 y 3 estaban completos. Seguí llenando la lista con faltas como “envidio el cabello perfecto de mi compañera fulana de tal” o “no me gusta la clase de deportes”, hasta que sólo me quedó el décimo lugar: la única y última oportunidad que tenía para pedir perdón a un dios que no me convencía. Al fondo de la página, rozando el vacío, aún puede leerse: “A veces me pregunto si Dios existe en verdad”.

 

Sorpresa. Había que llevar esa lista a la confesión antes de ir a misa.

 

Horror. Si uno está en pecado mortal no puede comulgar, por ende, si no comulgas, todo mundo se da cuenta de que estás en pecado mortal y que no lo has confesado. Ergo… ¡Mierda!

 

Yo tenía 11 años.

 

No sé si me ficharon a partir de entonces. Supongo que no. La prudencia se ha quedado conmigo hasta ahora. No así la religión. Ni el sacerdote, ni las monjas, ni Jesucristo pudieron convencerme de que la prueba de que Dios existía estaba ante mis ojos, en la naturaleza, en los milagros, en la Biblia. Eso no me probaba nada. “Creer en Dios es un acto de fe” me valía lo mismo que el “Porque lo digo yo”, de mi padre. Nada.

 

La religión Católica desde entonces, ha sido para mí un método más que un fin. Lo mismo que el Tai-Chi, el yoga, el Budismo, el Hare Krshna, la Química, las Matemáticas, la Wicca, el Ateísmo, el Existencialismo o el cinismo.

 

La semana que entra cumplo 28 años. Hace apenas un par de semanas, me preguntaron lo siguiente: ¿Eres de izquierdas o de derechas? Consideremos que, si me dedico al análisis sociopolítico en un medio de comunicación, y quien me hace la pregunta es militante de un partido político de la derecha católica que quiere intervenir en mis contenidos, las respuestas posibles se dividen en las siguientes categorías:

  1. la real
  2. la políticamente correcta
  3. la evasiva
  4. la políticamente incorrecta
  5. la conveniente
  6. la diplomática
  7. la que hay que evitar a toda costa
  8. todas las anteriores

 

La pregunta que me hizo este señor tras mi contestación fue: ¿Eres creyente? A lo que yo contesté afirmativamente con un escueto, sincero y profundo: “sí”. Como la canción: “A todos diles que sí, pero no les digas cuándo”. Como a las religiones…

 

Durante una rueda de prensa del mismo partido, estuve conversando con una señora que hacía labor social a través de la agrupación política. La reunión tenía como tema alguna cosa sobre la inmigración, por lo que el repertorio de asistentes era bastante colorido. Esta señora en cuestión, después de alabar mi labor periodística, me dijo que estaba contenta de recibir tanta inmigración latinoamericana en España. “Porque ustedes nos estan re-evangelizando”, dijo, “así como cuando fuimos nosotros allá. Nos están regresando el buen camino”. No comentaré mi respuesta ahora porque entra dentro de una categoría que me avergüenza: número 9. la cobarde.

 

Me gusta echarles la culpa de mi eventual paganismo a quienes me instruían para que éste me diera un infarto en mi sagrado corazón. Durante el último año que cursé en aquel colegio ultracatólico me negué a que me sacaran de clase de Geografía para darme tutoría espiritual, oí sin escuchar las charlas sobre los valores morales de una señorita-s(c)ierva-del-Señor, eliminé de mi rutina las confesiones quincenales sobre mis pensamientos impuros, dejé de cooperar para las misiones evangélicas a los pueblos más pobres de la región, y pedí mis documentos oficiales para inscribirme a otra escuela. Supongo que me dejaron en paz porque mi familia no era de la alta sociedad y nuestra ayuda a la Iglesia sólo era en calidad de mano de obra gratuita. La misma razón por la que nunca me eligieron para actuar en las obras de teatro de Navidad en nueve años.

 

El hecho definitivo sucedió una mañana de febrero. No hice los deberes… voluntariamente. No sé por qué. Ese día no me dejaron entrar a clase. Tras negociar mi castigo (no quería que llamaran a mis padres) con una mentira gigantesca based-on-true-facts, me invitaron a pasar a una oficina, y me entregaron un rotulador amarillo y un tocho de 100 páginas sobre los enemigos de la fe cristiana.

El texto partía del Halloween como una fiesta de rituales satanistas, y de allí se trasladaba a las antiguas creencias celtas, indias, indígenas y un gran vasto etcétera. Hablaba de rituales con velas, invocaciones a espíritus malignos, sacrificios humanos y animales, orgías, y festines de sangre. Condenaba rotundamente a todos aquellos que habían sustituido a Dios-nuestro-señor con un árbol, y mostraba fotos de personas desnudas bailando en un bosque con nada sobre ellos más que unas cuantas flores en la cabeza y un cuadro negro en sus partes íntimas. Yo tenía 14 años y los ojos muy brillantes.

 

Hice el resumen como me fue asignado -de hecho, creo que entregué cinco páginas en vez de tres-, y le pedí a la profesora que me dejara conservar el texto. Sigue allí, en una caja guardada en algún recóndito armario de casa de mis padres, junto con algunas velas, unos cuarzos, mi vestimenta para los rituales de Siddha Yoga, mi camiseta de I Tai-Chi, mi manual de religiones del mundo del bachillerato, mi calendario maya, mi certificado de iniciación al Reiki nivel 1, un rosario que compré en el Vaticano, y una estatuilla del dios Tláloc, mi favorito.

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